Mejores medios

Estoy jugando con esta idea hace un tiempo: todo empezó con la constatación de que, salvo contadas excepciones, los medios masivos en el Perú son bazofia. Las últimas 24 horas con los principales medios obsesionados con pintas realizadas en la Plaza San Martín durante la marcha en contra de la violencia en Cajamarca (totalmente desproporcionada en comparación a la cobertura que se hizo de los 5 muertos en Cajamarca mismo la semana pasada) son una raya más al tigre. Hace un tiempo, con una preocupación similar en torno al grupo El Comercio, intenté esbozar algunas ideas respecto a cómo podía ejercerse algún tipo de presión más efectiva sobre este tipo de instituciones: apelando a su verdadera base de apoyo, los anunciantes y el directorio, antes que a sus lectores o compradores. Pero Damián Osta, fundador del periódico La Diaria de Uruguay, dejó un comentario que me dejó pensando: “¿y por qué no se juntan y crean un diario?”

Damián tiene toda la autoridad moral del mundo para hacer esta pregunta porque esto es justamente lo que él y un grupo de compañeros suyos hicieron: como no les gustaba la cobertura que hacían los principales diarios de su país de lo que consideraban los temas más importantes, se juntaron y crearon La Diaria, un periódico sostenido únicamente por sus suscriptores, con un enfoque alternativo a la cobertura tradicional. Y funcionó.

De modo que su experiencia y su pregunta eran una interpelación dura. Sí, pues, ¿por qué no hacerlo? La respuesta es, quizás, que no es mi interés personal dedicarme a eso como para comprometerme a ese tipo de proyecto – pero sí me interesa el tema, y la idea de crear mejores sistemas y circuitos que permitan un ecosistema mediático de mayor calidad, diversidad y solidez.

Así que esto es lo que estoy pensando hacer: un programa de incubación de medios. La idea es la siguiente: identificar grupos y proyectos que estén interesados en crear lo que llamaríamos un “media outlet”, algún tipo de canal mediático: un sitio web, un blog, un podcast, un webcast, una webzine, o lo que fuera, y que esté interesado en hacerlo utilizando medios digitales, y llevarlos a través de un proceso intensivo de incubación para convertirlos en emprendimientos sostenibles y de alto impacto. No se trata tampoco solamente de construir mejores megáfonos, sino de armar un proceso integral donde estos proyectos puedan entender mejor lo que quieren comunicar, para aportar a discusiones mejor informadas y estructuradas sobre las diferentes temáticas que les puedan interesar. Se trata de un programa que busca darles las herramientas y el espacio no sólo para diseñar y desarrollar un medio, sino también para formular estrategias de operación, de promoción, de contenido y especialmente de sostenibilidad: encontrar el modelo de negocios apropiado para que el medio pueda operar sostenidamente e incluso, con el tiempo, crecer.

A partir de una convocatoria inicial, se escogería un número reducido de proyectos – digamos, alrededor de diez – que pasarían por un proceso de entre seis y ocho semanas intensivas de desarrollo de competencias y formulación de herramientas. Esto incluye familiarización con herramientas estrictamente técnicas, como manejo de tecnologías, plataformas, redes sociales, y demás, hasta asesorías y evaluaciones de las diferentes estrategias que guiarían al medio. Todo cubriendo tres pilares fundamentales: conceptos teóricos esenciales, herramientas prácticas relevantes al proyecto y prácticas recomendadas y casos de estudio de otros medios similares para aprovechar experiencias previas.

El objetivo es que luego de 6-8 semanas, esos diez proyectos que estaban en etapa embrionaria tengan no sólo un prototipo validado, sino un modelo operativo, listo para empezar a producir contenido, y un equipo capacitado y alineado para empezar a funcionar. La idea es condensar el proceso de experimentación y aprendizaje por el cual podría pasar un proyecto de este tipo por mucho tiempo, en tan sólo unas pocas semanas, para poder ser más efectivos, más rápidamente. Mi expectativa es armar un pequeño equipo (quizás también con algo de apoyo de Apócriphos), que se encargará del diseño, la facilitación, las asesorías y los contenidos, y especialmente de reunir a una buena cantidad de invitados tanto nacionales como internacionales para que aporten sus propias experiencias y compartan sus errores y aciertos cuando pasaron por procesos similares.

Tenía la esperanza de que esto se pudiera realizar en estos meses, pero lamentablemente el tiempo me ha ganado y tengo que viajar ya en unas pocas semanas. Pero más que un problema, creo que eso podría fortalecer el programa, pues me permitirá también aportar mejores herramientas y además construir nuevas relaciones con invitados que puedan aportar experiencias. Quiero compartir la idea desde ya como para invitar a sugerencias, aportes, interesados y demás, como para empezar a diseñarlo en mayor detalle y empezar a buscar fechas y tiempo para poder hacerlo.

La idea de todo esto es que podemos tener mejores medios. Pero que eso no tiene por qué significar esperar que los medios que tenemos mejoren, ni pensar que esto sólo se puede hacer por medio de la regulación. Tenemos todos los recursos y las herramientas ahora para crear nuevos medios que funcionen, crezcan, sean sostenibles e introduzcan nuevas ideas en el discurso público, posicionen conceptos, adopten posturas y las defiendan clara y articuladamente. Creo que nos hace mucha falta un ecosistema más diverso y sólido, y un programa/proyecto de este tipo busca ser un esfuerzo para empezar a construirlo.

¿Tiene sentido?

Cómo criar a un pingüino

Recién terminé de leer The Penguin and the Leviathan: The Triumph of Cooperation Over Self-Interest. Es el más reciente libro de Yochai Benkler, profesor de la universidad de Harvard y miembro del Berkman Center for Internet and Society, y autor también del (a mi juicio) fundamental The Wealth of Networks.

Aunque es un muy buen libro, no me parece que sea tan contundente en su argumentación como el anterior. En The Wealth of Networks, Benkler parte de observar que una serie de cambios tecnológicos están haciendo posible que se desarrolle un nuevo espectro de actividades productivas que no se inscriben necesariamente ni en las acciones del mercado ni en las iniciativas del Estado. Para él, la tecnología está haciendo posible un nuevo modo de producción que antes no había podido desarrollarse significativamente: un segmento de actividades que podríamos llamar “sostenibles”, capaz de generar suficientes recursos como para mantenerse en funcionamiento, o de generar suficiente valor como para mantener a sus participantes involucrados. Y desarrolla contundentemente cómo funciona este nuevo modo de producción a través de más de quinientas páginas.

En The Penguin and the Leviathan, Benkler ya da por sentado que este modo de producción existe, y más bien trata de dar cuenta de algo diferente – o, más bien, dar cuenta de varias otras cosas. El libro es un examen de la cooperación entre individuos y de los sistemas cooperativos diversos que hemos construido en diferentes momentos y lugares, y busca destilar cuáles son los diferentes principios que intervienen al hacer posible que un sistema cooperativo funcione. Así, toma en consideración los diferentes incentivos, normas sociales, valores, códigos morales, factores culturales y demás variables que pueden intervenir en alguno de estos sistemas, intentando desde el principio cuestionar uno de los supuestos básicos del liberalismo político y sobre todo económico: el del individuo autónomo maximizador, que busca siempre satisfacer racionalmente sus propios intereses al mayor grado posible. Apoyándose en investigación neurológica, evolutiva, psicológica y social, Benkler busca quitar centralidad a la tesis aceptada del individuo maximizador para mostrar que no sólo no nos comportamos de manera egoísta todo el tiempo, sino que además sí cooperamos mutuamente con las personas a nuestro alrededor buena parte del tiempo. Así es que se vuelve posible que se formen y funcionen “pingüinos”, sistemas cooperativos como las comunidades del software libre que hicieron posible Linux, sin la necesidad de que surjan Leviatanes, sistemas de control, supervisión y castigo como los Estados modernos, destinados a limitar el egoísmo del individuo.

El problema, me parece, es que el libro intenta ser demasiadas cosas al mismo tiempo sin tenerlas todas completamente claras. Por un lado, intenta mostrar que la cooperación es posible, es frecuente y responde a una serie de principios y elementos; pero por momentos lleva esta argumentación demasiado lejos, insinuando o implicando que somos fundamentalmente cooperativos y no egoístas, para luego retroceder sobre la gravedad de estas implicaciones y devolverle un lugar en la naturaleza humana al egoísmo. Por otro lado, intenta explicar la manera como ciertos ejemplos de sistemas cooperativos funcionan o han funcionado, desde cooperativas campesinas que regulan el uso de una cuenca hasta Wikipedia; pero no llega a explorar la manera en la cual estos sistemas fueron posibles, o si es que representan algún tipo de singularidad que sea demasiado difícil, o quizás imposible, de replicar. Y por otro lado aún, busca catalogar o documentar los diferentes principios que deben tenerse en consideración al momento de diseñar sistemas cooperativos; pero presupone que tal diseño es posible, y no llega nunca a definir del todo si lo que está intentando hacer es observar sistemas cooperativos en su funcionamiento, o establecer un marco a partir del cual interpretar o diseñar dichos sistemas cooperativos.

No es que crea que un sólo libro no pueda abordar todas estas tensiones y navegarlas exitosamente. Es que me parece que el libro no plantea todas estas problemáticas explícitamente, sino que se va tropezando con unas y con otras en el camino de una manera un poco confusa que me parece no contribuye a la claridad de lo que, aún así, es un argumento sumamente interesante y que merece mucho examen. Más aún cuando uno lee TPATL a la luz de TWON.

Pero mi principal reparo con TPATL es que presupone muchas cosas de un calibre muy pesado. Presupone, por ejemplo, algo así como que los sistemas cooperativos, o los “pingüinos”, fueran no sólo un nuevo patrón, sino una nueva norma que lo cambia todo. Puede que esto sea así, pero no me parece que ofrezca suficiente evidencia para ello. De la misma manera que presupone que los mismos sistemas cooperativos, inspirados por Wikipedia, son ampliamente posibles si se presta atención a un conjunto de variables y principios, cuando en realidad una lectura histórica de estos sistemas fácilmente podría revelar sus propias complejidades internas y que, además, son quizás más los casos de fracaso que de éxito.

Entre estos presupuestos, el que más me resulta incómodo es el presupuesto de que este tipo de sistemas pueden diseñarse intencionalmente. Creo que esto es inconsistente con el tipo de individuo que describe Benkler, que no está plenamente en control de sus voliciones y de los factores ambientales que rigen sus deseos, intereses y acciones, y es donde también creo que habría venido bien una lectura histórica de sistemas cooperativos como los desarrolladores de Linux o los editores de Wikipedia: tal lectura evidenciaría cuanto lo que vemos realmente se ajusta a algún “diseño” o a las intenciones de algún “diseñador”. O si se trata, más bien, de sistemas que van evolucionando y sobreviven en la medida en que son capaces de adaptarse a los intereses multidimensionales de las comunidades que los mantienen y empujan. En ese sentido, no estoy convencido de que el “diseño de sistemas cooperativos” sea plenamente posible en el mismo sentido que uno diseña una silla, una campaña de comunicaciones y una aplicación web. Aunque puede tratarse de una nueva aproximación interesante al diseño de sistemas, éste es uno de los elementos que me parecieron menos consistentes y explicados del libro, y que al mismo tiempo tenía las implicancias más grandes.

Aún así, creo que se trata de un muy buen libro y lleno de temas interesantes como para dejar abiertas preguntas y líneas de trabajo para seguir desarrollando. Uno de sus puntos fuertes es que está fuertemente documentado con estudios empíricos tanto de laboratorio como del mundo real, que ayudan a establecer ideas que pueden sonar contraintuitivas o que corren en contra de creencias aceptadas hace largo tiempo. Ofrece, además, una importante cantidad de materia prima para varios de los puntos que he mencionado arriba, y en particular, creo que permite construir o reconstruir un marco explicativo o un framework para entender qué está en juego en el funcionamiento de sistemas cooperativos y diferentes tipos de comunidades, qué principios hacen posible que se formen y cuáles hacen posible que puedan seguir funcionando. Es, por eso mismo, una buena introducción al arte de la crianza de pingüinos.

Hacer cosas

Desde que estaba en la universidad viví fascinado con la idea de “hacer cosas”. Verán, es que los filósofos no hacen cosas. En todo caso, los filósofos piensan cosas, pero cuando esas cosas se hacen en general se les entiende como alejándose de la filosofía para entrar en… algo diferente. Esto es particularmente irónico, considerando que no conozco filósofo que no haya citado en algún momento – o en varios – la famosa hasta el cansancio undécima tesis de Marx sobre Feuerbach, “la filosofía se ha dedicado a interpretar el mundo, de lo que se trata es de transformarlo”. En la gran mayoría de los casos, sin embargo, los filósofos estamos más bien cómodos en un lugar neohegeliano de izquierda bajo la idea de que la transformación de la consciencia antecederá la transformación de la realidad y todo en paz.

Me es extraño, entonces, haber hecho mi carrera sobre la base de hacer cosas. Sobre todo porque no me sale fácil, e incluso cuatro años después de haber salido de la universidad me sigue costando muchísimo enganchar mi cerebro en modo “hacer cosas”. Pero ha sido uno de los mejores y más interesantes aprendizajes (además de, quizás, el más difícil) que he tenido en los últimos años. Cuando estuve en #edupunkarg, escuché a Mariana Massigoge hablando sobre la idea de “pensamiento proyectual”, una forma de trabajo que no es propiamente ni teoría ni práctica sino que se esfuerza por ser una combinación de ambas cosas: convertir las ideas en proyectos, en productos, y utilizar los productos como vehículo para la reflexión sobre lo que se está haciendo y sobre lo que está detrás. Un ir y venir constante, un proceso de diseño continuo.

Estoy leyendo ahora un libro de Scott Belsky, Making Ideas Happen, que gira un poco en torno a este tema. Es un libro sobre cómo llevar el proceso de formular ideas creativas y convertirlas en proyecto, hacerlas realidad, desafiando muchas de las reacciones instintivas cuando pensamos en sacar adelante proyectos. Para algunos esto es particularmente difícil, porque nuestro cerebro no está cableado para pensar en términos de “hacer cosas”, pero tampoco es que haya mayores misterios al respecto: es simplemente que no las hemos hecho nunca. Empezar a hacer cosas (y meter la pata varias veces) es quizás el mejor proceso de aprendizaje para entender la lógica de “hacer cosas”.

(Dicho sea de paso – apelando aquí a la apología del blog de EDLJ – mantener un blog es uno de los mejores ejercicios introductorios a “hacer cosas” que un humanista puede tener. Es un gran punto de partida, porque un blog es algo, se actualiza continuamente, tiene resultados, genera respuestas. No todos los posts en un blog serán buenos, unos serán mejores que otros, y uno encuentra resultados donde menos los esperaba, y del mismo proceso de llevar un blog empiezan a surgir otros proyectos periféricos, progresivamente más complejos.)

Todo esto venía a colación por un post de Caterina Fake, fundadora de Flickr, con una idea parecida, desde el punto de vista de todo lo que aún se puede hacer en la web: aún cuando el mercado de aplicaciones en la web está cada vez más saturado y la industria gira en torno a los fondos de inversión, plataformas de publicidad y demás – es decir, ¿juntamos a muchas de las mentes más brillantes del mundo y lo mejor que nos pueden dar es un mecanismo más eficiente para mostrarnos publicidad? – aún hay productos, plataformas y aplicaciones alucinantes, y muchísimo problemas esperando ser resueltos. Tiene mucho que ver con el problema que encontramos cuando intentamos pensar en emprendimientos intelectuales, que sería algo así como “hacer cosas” 2.0. Nos exige demasiado, como concepto, como lógica, simplemente porque no estamos acostumbrados y porque todo el contexto, el mercado parece decir algo completamente diferente. Pero está bien, creo, porque aún hay muchísimo espacio para prototipar y experimentar todo tipo de nuevas ideas, nuevos emprendimientos que pueden transformar por completo nuestro esquema de distribución de conocimiento. Eso es lo fascinante del asunto.

P.S.: Otro artículo interesante que me llevó por este camino, del blog de Penelope Trunk sobre por qué el futuro de tu carrera estará vinculado al diseño. (El tema del diseño es uno de los que más me interesan también últimamente.)

Un experimento noticioso

Se me ocurrió una idea el otro día, un experimento con noticias en la web.

La mayoría de experiencias, al menos que conozco, en torno al tratamiento de noticias en la web apuntan hacia el manejo de la complejidad, hacia su reducción. Hay demasiadas noticias que cubrir e información que procesar, de modo que los agregadores cumplen la función de permitirnos navegar tendencias en el contenido, rápidamente ver cuáles son los patrones y estar un poco informados de todos.

Quiero experimento con lo siguiente: quiero hacer lo contrario. No cubrir más noticias, sino cubrir menos. De hecho, cubrir sólo una. Quiero armar un sitio web donde solamente se trabaje una noticia cada día, a lo largo de todo el día.

Minutos antes de la medianoche, el equipo de trabajo escoge la noticia que se trabajará durante el día, y en lugar de intentar recorrer todo el espectro noticioso, todo el esfuerzo editorial durante el día cubrirá esa única noticia a profundidad. A lo largo del día se irán compilando y publicando todo tipo de complementos: enlaces a múltiples fuentes, artículos de Wikipedia relevantes, videos, tweets destacados, bibliografía recomendada. Todo tipo de elementos que permitan aportar profundidad a la lectura de una noticia, y sólo una noticia. La cobertura del tema escogido la brindan todos los miembros del equipo de trabajo que contribuyen piezas al rompecabezas a lo largo del día. Al final del día, cada uno abre una cerveza desde donde está y se escoge el tema para el día siguiente.

No tengo idea de si funcionará o si tiene mucho sentido, pero me da curiosidad ver cómo funcionaría. Para conseguir mayor tráfico y además tener acceso a una mayor cantidad de fuentes se me ocurrió que tendría sentido implementarlo primero en inglés, aunque un recurso bilingüe también podría funcionar. Así que dejo esto como una convocatoria a voluntarios interesados en implementar este esfuerzo y conformar el equipo de trabajo, que se dedicaría a cumplir con el proceso descrito arriba. Me gustaría saber qué piensan, así que procuren dejar sus comentarios (o su interés de participar) en los comentarios debajo.

Hackear la educación (Más notas preliminares)

Este viernes, luego de mi presentación en el Simposio de Estudiantes de Filosofía, estaré también participando del conversatorio interdisciplinario “Formación ciudadana y educación”, organizado por la Asociación para la Educación y el Desarrollo. El evento empieza mañana jueves a las 6pm, y la mesa en la que estaré participando es el viernes a las 6pm en el aula Z402 de la PUCP. En este caso estaré presentando la segunda parte del Ciclo Hacker, en torno a la relación entre educación y nuevas tecnologías, y como con la primera parte quiero ir adelantando algunas notas preliminares.

Educación como tecnología

Andaba pensando en cómo plantear el tema y el blog de Seth Godin me dio fortuitamente el contexto para empezar:

Our current system of teaching kids to sit in straight rows and obey instructions isn’t a coincidence–it was an investment in our economic future. The plan: trade short-term child labor wages for longer-term productivity by giving kids a head start in doing what they’re told.

Large-scale education was never about teaching kids or creating scholars. It was invented to churn out adults who worked well within the system.

El diseño de nuestras instituciones y procesos educativos está configurado por el industrialismo, y esto no es sorpresivo ni es una novedad. El modelo está diseñado para introducir contenidos en las cabezas de las personas de una maneras más o menos eficiente: una persona que sabe le cuenta a muchas personas que no saben aquello que no saben hasta que lo sepan, luego recibe un nuevo grupo y hace lo mismo, y así sucesivamente. La educación se ordena básicamente como una línea de producción de niveles escalonados, donde cada nivel sucesivo es más “sofisticado” que el anterior. En la medida en que nuestras necesidades sociales eran industriales o pseudo-industriales, y nuestras posibilidades tecnológicas hacían enormemente complicada la agregación de estas necesidades a escala global, el modelo más o menos cumplía con nuestras expectativas.

Nuestros modelos educativos son una forma de tecnología, que utilizamos para reproducir conocimientos, habilidades, creencias y actitudes a través de un grupo social. Lo pongo así muy abierto porque nuestras aproximaciones pueden ser muy diversas en torno a esto. Pero como forma de tecnología, nuestros modelos educativos han respondido casi siempre a la opacidad tecnológica que observó Marshall McLuhan: creer que la tecnología que usamos está disociada de lo que queremos hacer con ella, que la herramienta no configura nuestras intenciones y expectativas. Enseñar química o literatura francesa pueden hacerse igualmente con la misma estructura organizativa del salón de clases y la pizarra, pues el mecanismo de distribución del contenido no tendría, bajo este entendimiento, mayor relevancia.

McLuhan empieza a observar una serie de cambios. Primero, las tecnologías que usamos sí configuran aquello que queremos y esperamos al modificar nuestros patrones sensoriales. Segundo, a diferencia de épocas anteriores, ya no vivimos en un mundo en el cual, entre otras cosas, aprendemos. Sino que vivimos en un mundo donde estamos aprendiendo, continua y constantemente, todo el tiempo. Con la aparición de la tecnología electrónica, aprender se vuelve no sólo un modo de vida, sino un patrón de supervivencia: la incapacidad para procesar datos e información en tiempo real y actuar sobre ella se convierte en el riesgo de quedarse atrás, de quedarse afuera. Esto se puede comparar a la observación de Manuel Castells sobre la sociedad informacional: para Castells, cualquier sociedad puede ser descrita como una “sociedad de la información” porque en todas hay procesos, mecanismos e importancia al manejo adecuado de la información. Lo que distingue a nuestra época es que esa dimensión, antes subsumida a otras, cobra centralidad y se vuelve nuestra principal área de actividades, dando paso a una sociedad informacional.

Si aprender es algo que hacemos todo el tiempo, en cualquier lugar, ¿por qué seguimos explicando y entendiendo la educación como algo que ocurre acotadamente en el tiempo y el espacio? Pensamos en salones de clase, en currículas, en horarios, y en evaluaciones; pensamos en espacios, en títulos, en niveles educativos. Pero todo eso no refleja nuestras necesidades actuales, sino que refleja las necesidades del modelo industrial-productivo-educativo.

Hay dos transiciones que vale la pena señalar para ilustrar este proceso. La primera es la transición en el rol que cumple el individuo que utiliza estas tecnologías, de un rol de consumidor o espectador a un rol de participante o usuario. La segunda transición se desprende de la primera, y apunta más bien al cambio en nuestra actitud como ciudadanos: en una era altamente tecnologizada e informatizada, el ejercicio de la ciudadanía empieza a asemejarse a una forma de hackeo social o político, o por lo menos a heredar una serie de sus principios.

El alumno-hacker

Las tecnologías digitales, a diferencias de las tecnologías de la comunicación masiva, hacen posible el acceso a cantidades desbordantes de información y de comunicación distribuida y multidireccional: es pasar de la idea de “broadcast”, donde un sólo nodo reproduce información en una sola dirección para un amplio número de consumidores, a la idea de red, donde cualquiera de los nodos puede potencialmente transmitir información a cualquiera de los otros nodos. El modelo broadcast es muy bueno para sostener aparatos organizacionales y jerarquías académicas; el modelo de red, en cambio, no. La red es, a priori, “plana”: ninguno de sus nodos es automáticamente superior a los demás, sino que los nodos adquieren “autoridad” o “peso” en función al volumen de actividad que movilizan a través de la red. En otras palabras: en el modelo broadcast, el profesor, digamos, tiene ciertos títulos académicos que justifican que sea el profesor y tenga su lugar al frente de la clase; el alumno, en cambio, no los tiene, y por lo mismo, tiene su lugar del otro lado, como espectador. Pero en el modelo de red, empiezan a pasar cosas raras: un alumno puede estar en una clase con una laptop, o con un celular, y no solamente avanzar a su propio ritmo respecto al contenido que le están presentando, sino encontrar visiones alternativas e incluso conflictivas más rápido de lo que el profesor puede manejarlo. Las asimetrías fundamentales del modelo educativo se ven subvertidas, y en realidad no estamos, hasta ahora, debidamente equipados para responder a eso. Nuestra actitud natural sigue siendo la de “censurar” la “insolencia” del alumno, pero no estamos reconociendo plenamente el hecho de que nuevas tecnologías modifican las expectativas tanto del alumno como del profesor hacia el proceso de aprendizaje.

La disponibilidad permanente de información detallada a través de recursos como Google o Wikipedia, y la posibilidad permanente de comunicar esta información a grupos masivos de personas usando redes como Twitter o Facebook, introducen legítimamente en el alumno la pregunta de por qué necesita realmente pasar por el proceso educativo. Y aunque uno puede esbozar muchas respuestas (que la experiencia con los compañeros, que las discusiones en la clase, etc.), en realidad estas respuestas no apuntan al hecho de que muchas de nuestras instituciones educativas enfrentan efectivamente la obsolescencia cuando su monopolio sobre la información y el conocimiento se ven desarticulados. Hoy día uno puede acceder a clases de las mejores universidades del mundo, gratuitamente, a través de su conexión a la web, y ver las clases en video, leer las mismas lecturas, incluso desarrollar las mismas asignaciones aunque no reciban calificación. Si esto se compara con la actividad promedio del estudiante en una universidad local: ir a clases casi siempre, escuchar la lección sin hacer preguntas o entablar discusiones, leer algunas de las lecturas, ¿cuál es la gran diferencia? ¿Qué es lo que tanto se quiere preservar? Si las tecnologías que usamos le dan al alumno la posibilidad de dejar de ser “alumno” como tal y de tomar un rol activo en su propio proceso de formación, y luego los procesos educativos formales a los que se enfrentan buscan, sistemáticamente, despojarlo de ese rol activo porque no encaja con la lógica de la producción industrial, ¿qué resultado positivo podría devenir de eso?

McLuhan tenía una imagen para describir la educación bajo la tecnología electrónica, en la que hablaba de la “ciudad como salón de clases”. La idea es simple: antes, uno iba a un lugar, aprendía durante cierto tiempo, y luego salía de ese lugar y de ese modo de aprendizaje. Ahora, ese retirarse no es posible, pues toda experiencia mediática es una experiencia de aprendizaje. Esto es algo que más recientemente ha sido descrito como aprendizajes invisibles o aprendizajes informales. Uno está aprendiendo todo el tiempo, en cualquier lugar, y la educación “formal” es apenas un componente más, aunque pesado, dentro de la dieta mediática e informacional de una persona. Para McLuhan, lo esencial en bajo este escenario no es tanto qué aprenda la persona, porque la información finalmente sobre cualquier cosa siempre estará disponible. Lo más importante es desarrollar y afinar la habilidad para encontrar patrones dentro de la masividad de información: saber distinguir tendencias, discriminar fuentes, trazar conexiones y a dónde dedicar o no su atención. Es darle al individuo las herramientas para poder configurar su propio proceso de aprendizaje.

La idea de que el alumno puede ser un hacker viene de una misma motivación. No se trata solamente de aprender habilidades técnicas (aunque indudablemente en el contexto actual, las habilidades técnicas son fundamentales). Se trata, más bien, de un adiestramiento en los principios de la ética y la cultura hacker: la idea de que los problemas a su alrededor pueden ser resueltos por él mismo, de que toda estructura o proceso es susceptible a crítica y análisis, que toda dimensión o actividad es afectable. La clave de una educación post-industrial es formar individuos y grupos con la capacidad para reinventarse continuamente, adaptarse a situaciones cambiantes y diseñar e implementar sus propias ideas e iniciativas. Esto es, en gran medida, lo esencial de la aproximación hacker a los problemas: identificarlos, analizarlos, entenderlos, y luego hackearlos en un proceso iterativo de ensayo y error, colaborando con otras personas que comparten el mismo interés.

El ciudadano-hacker

Lo más importante que quizás aprende el alumno-hacker es que la realidad en la que está inmerso y con la que está relacionado es susceptible de ser transformada por su propia iniciativa. Esto es lo que hace la idea de hackear la educación tan interesante pero al mismo tiempo tan peligrosa.

La habilidades que se pueden aprender en un proceso educativo post-industrial son habilidades fácilmente movilizables para múltiples propósitos – encontrar patrones, diseñar y desarrollar solucionar, coordinar su implementación, etc. – y que, por lo mismo, empiezan a construir habilidades latentes que son políticamente significativas. Las mismas habilidades que uno aprende en el proceso educativo son las habilidades que uno necesita para el efectivo ejercicio de su ciudadanía: la idea de que las instituciones son esencialmente transparentes y pueden ser exploradas y analizadas, la idea de que los procesos pueden ser mejorados y de que uno puede ejercer influencia sobre su diseño. No, por sí mismo esto no quiere decir que si empiezo a formar a generaciones de hackers eso por sí mismo generará una cultura política más involucrada y participativa. Lo que quiere decir es que genera la base, la infraestructura a partir de la cual puedo luego movilizar a una población para participar e involucrarse activamente.

Todo esto tiene múltiples consecuencias. La primera es que, por lo mismo, un modelo así concebido tiene todos los contraincentivos institucionales como para ser experimentado o implementado. Es difícil imaginar un escenario, a menos que sea uno muy feliz, donde una política que apunte a incrementar la participación y fiscalización por parte de un público informado sea aprobada sin modificaciones sustantivas. Pero en realidad, siguiendo el mismo modelo hacker, la validación institucional es secundaria a lo que podría volverse una práctica efectiva en múltiples modelos y líneas para-institucionales.

Pero hay, creo, tres consecuencias más importantes. La primera de éstas es que, para todos aquellos involucrados o interesados en un proceso de este tipo, se vuelve imperativo aprender a hackear. Y aprender todo lo que eso significa: desde habilidades técnicas en el manejo de la tecnología, hasta habilidades culturales, logísticas, y etc. Hay que adquirir una disposición hacia la libre experimentación con estructuras e instituciones, al prototipado rápido y la iteración constante. Suena más fácil de lo que es, pero en la práctica implica abandonar prácticas y conceptos que tenemos profundamente instaurados como producto de una educación industrial.

Lo segundo es desarrollar la habilidad para identificar patrones – para aprender más allá del entorno de aprendizaje, y hacerlo productivamente. Es necesario abandonar el paradigma de que el aprendizaje ocurre sólo en salones dentro de colegios o universidades, y empezar a ver cómo fluye a través de televisores, teléfonos celulares, sitios web, blogs, redes sociales, portadas de periódicos, sistemas de transporte público, ferias de gastronomía, y demás. El aprendizaje es una red continua que vamos modificando permanentemente, y vincularse con esa red implica la capacidad de vincularse con cualquiera de sus nodos.

Sobre la tercera consecuencia intento siempre hacer un particular énfasis. Y es que todo esto suena muy bien, cuando uno lo lee en una computadora y tiene acceso a ciertas tecnologías que hacen todo esto comprensible. Pero mucha gente no tiene este acceso, y si empezamos a contemplar que cada vez más la participación social y política pasa por algún tipo de mediación tecnológica, esto quiere decir que grandes segmentos de población terminan siendo dejados atrás. Y eso no es bueno, porque reintroduce distinciones fácticas entre ciudadanos de primera y segunda clase que deberíamos esforzarnos por eliminar. De modo que, en la medida en que contemplamos la necesidad e importancia de resideñar procesos educativos, tenemos que pensar siempre en que los resultados deben estar diseñados para la inclusión y para la accesibilidad: modelos que estructuralmente no contribuyan a agrandar la brecha tecnológica, sino a achicarla.

El Ciclo Hacker: Presentaciones en Lima, 9 y 12 de setiembre

La próxima semana estaré por unos días en Lima y ha coincidido con la oportunidad de realizar una serie de presentaciones en varios contextos, en las que estoy mashupeando ideas que vengo trabajando y presentando en las últimas semanas aquí en Argentina. Pero estas presentaciones también me dan la oportunidad de ampliar y puntualizar un poco más estas ideas.

Lo interesante del asunto es que ha coincidido también con que la temática de los eventos es más o menos próxima. Así que estoy intentando formular la temática de las tres como un sólo arco continuo, abordando temas de la cultura hacker y el lenguaje y la cultura de los nuevos medios desde varios puntos de vista. De modo que en tres presentaciones estaré elaborando el Ciclo Hacker: una exploración filosófica de la idea de hackear (en una lectura amplia del término) y sus ramificaciones culturales y políticas.

¡Espero verlos por ahí!

La ética hacker y el espíritu del post-capitalismo: Filosofía para épocas de apocalipsis financiero.
Viernes 9 de setiembre, 3:45pm, Auditorio de Humanidades de la PUCP.

Estaré de regreso en el VII Simposio de Estudiantes de Filosofía de la PUCP, lo cual me encanta porque es volver a un evento en el que he podido presentarme casi todos los años recientes, desde que estaba estudiando en el pregrado. El título de la presentación es obviamente una alusión a Weber, pero ésta no es una presentación sobre Weber. Es, más bien, una exploración de los conceptos que subyacen a la ética hacker (articulados en algunos de sus textos fundacionales). Y lo que quiero hacer con esto es ver cómo algunos de estos principios están manifestándose en las tecnologías que usamos y convirtiéndose en patrones de comportamiento y culturales cada vez más difundidos. Al mismo tiempo, como se están convirtiendo en la base de una re-concepción económica (a su vez posibilitada por nuevas tecnologías) que se está traduciendo en la implementación de nuevas estructuras de interacción económica.

Hackear la educación: Alfabetización tecnológica y ciudadanía informacional.
Viernes 9 de setiembre, 6pm, Salón 402 del Pabellón Z de la PUCP.

La Asociación para la Educación y el Desarrollo, un grupo de estudiantes de psicología educacional, está organizando un evento bajo el título “Formación Ciudadana y Educación“, y me han invitado a formar parte de la mesa sobre “Ciencia, tecnología y formación ciudadana”. Siguiendo en la línea del cambio del modelo de producción de sociedades industriales al de sociedades informacionales, nuestras necesidades en términos de educación y aprendizaje deben ser también significativamente diferentes. ¿Qué, cuándo, dónde, y cómo aprendemos en un mundo altamente hiperconectado? Cuando la escuela, como lugar, deja de ser el eje articulador de nuestro procesamiento de información y conocimiento, ¿cómo respondemos? Hackear la educación quiere decir que en estas condiciones, las sociedades contemporáneas no necesitan formar primordialmente trabajadores que llenen las líneas de producción, sino que necesitan formas ciudadanos capaces de participar mediática y tecnológicamente: necesitan, en esencia, de hackers, en todas las áreas del conocimiento.

Hackers, trolls y memes: El lenguaje de los nuevos medios.
Lunes 12 de setiembre, 7pm, Auditorio de la Fundación Telefónica.

Esto es en el marco del Simposio Internacional: Interpretando los Medios, una de las actividades en Lima vinculadas a la celebración del centenario de Marshall McLuhan. En este caso, quiero explorar un poco los elementos que configuran el lenguaje propio de los nuevos medios y de la comunicación digital, y elaborar algunos de sus efectos sociales y políticos. Esto, claro, en la línea de Marshall McLuhan y la idea de ecosistemas mediáticos (o “media ecology”). El punto de partida es el meme, como el mecanismo de reproducción y circulación de información entre comunidades digitales (y no digitales, también). Así como la capacidad de modificar y producir memes libremente es un rasgo distintivo de la cultura digital, también lo son figuras complementarias que se construyen sobre esta libertad: el troll como subversivo comunicacional y “culture jammer” con efectos diversos; y el hacker como patrón ético de una cultura de remixeo y reinterpretación, donde el código de las gramáticas sociales y técnicas está abierto a su modificación continua y constante. ¿Cuál es, entonces, el valor y el potencial significado político de los memes, los trolls y los hackers?

El lenguaje de los nuevos medios: Presentación en la Cátedra Datos de la UBA

Los últimos días he estado sufriendo de un bloqueo terrible para escribir. Doblemente frustrante porque tenía muchísimos textos que preparar y las ideas simplemente no salían. Muy frustrante. La cosa felizmente ha ido mejorando poco a poco y hoy por fin puedo actualizar el blog después de demasiados días no de abandono, sino simplemente de bloqueo.

Esta semana me dio la excusa perfecta. La Cátedra de Procesamiento de Datos de la Universidad de Buenos Aires me invitó a realizar una presentación en una de sus clases teóricas, en la que también presentó Pablo Mancini. Esta vez presenté una versión ampliada y mejorada de las ideas que había presentado antes en las Jornadas Edupunk en Rosario, hace unas semanas. En el blog de la cátedra hay un resumen de la presentación cortesía de Germán Staricco, junto con las diapositivas que utilicé.

Pero claro, en una presentación nunca alcanza el tiempo para elaborar todos los conflictos o responder a todas las preguntas. Y hay una serie de preguntas y objeciones que han ido surgiendo en los comentarios en el blog de la Cátedra que me dan pie a elaborar algunas ideas y agregar algunos recursos adicionales.

Carlos Sanabria comentó:

Ahora me pregunto, el hackeo más grande a uno de los lugares más importantes del planeta, Wiki Leaks, ¿no perdio todo su sentido al ser brindada esa información a El País, Le Monde, The Guardian, Der Spiegel y The New York Times, 5 medios hegemónicos de europa, que son propiedad de grandes grupos económicos?

Estoy de acuerdo contigo. De hecho, aunque Wikileaks es un buen ejemplo de fenómeno emergente, como organización o movimiento me genera muchísimo – es un aparato que está demasiado centrado alrededor de un personaje problemático como es Julian Assange. Es cierto que Assange ha sido victimizado y perseguido de manera injusta, pero el tipo tampoco termina de convencer: las declaraciones de los periodistas que negociaron con él la publicación de los Wikileaks (y por los cuales tuvieron que pagar muchísimo dinero, además) han dado múltiples versiones de cómo todo esto es más sobre él que sobre los temas de fondo. Wikileaks es un buen ejemplo, pero no es el mejor ni el más interesante: es apenas uno de los primeros.

Carlos Gómez hizo la referencia al documental RIP! A Remix Manifesto y agregó:

“Lxs consumidorxs son creadorxs del arte popular del futuro. Lxs propietarixs de la cultura que remezclamos representan el pasado.
Para asegurar el libre intercambio de ideas y el futuro del arte y de la cultura se redacto este manifiesto:
1 – La cultura siempre se construyó basada en el pasado.
2 – El pasado siempre intenta controlar al futuro.
3 – Nuestro futuro se está volviendo menos libre.
4 – Para construir sociedades libres es necesario limitar el control del pasado.”

RIP!, es un peliculón y lo recomiendo totalmente. Sobre todo la música de Girl Talk. Lamentablemente no nos dio el tiempo para retroceder mucho en antecedentes históricos, pero cuando metes la lectura del “hacker” en la cultura, puedes retroceder y encontrar que casi todas las actividades culturales han consistido siempre en alguna forma de hackeo. Esto es aún más cierto mientras más te acercas a la oralidad, donde cada re-interpretación de una historia es siempre una nueva versión. La idea de que la cultura debe ser “cerrada” y limitada sólo a “los que saben”, aunque también es una constante histórica, sólo se vuelve un patrón industrial predominante en los últimos 300-400 años.

Valentina Stacco comentó:

En nuestra clase se armo un mini debate porque habia compañeros que habian notado una actitud demasiado inclinada hacia los intereses economicos, el debate fue interesante porque lo comparamos con lo expuesto por Eduardo (quien hablo de lo importante del software libre, etc)

Esta es una discusión que da para largo, muy largo, y es un tema que ha surgido en varios de los comentarios. Es cierto que nuevas tecnologías abren el espacio para la participación ciudadana, pero siguen siendo espacios mediados comercialmente y con dueño – por mucho que parezca lo contrario, Facebook no es un espacio público, y Twitter tampoco, pero nuestras actividades públicas/políticas tienen cada vez más preponderancia allí. Al mismo tiempo no son completamente privados, pues el margen de los propietarios/administradores para hacer cambios está restringido por las preferencias de los usuarios. Al mismo tiempo, estas plataformas están posibilitando un nuevo espacio económico a través del abaratamiento de costos: uno puede llegar a un público “masivo” usando estas redes con un mínimo de inversión, y tener el mismo grado de exposición que una marca trasnacional. De modo que estas plataformas también tienen un poder equilibrante de productores más chicos frente a productores más grandes que hace unos años los habrían absorbido o eclipsado. Lo importante por ahora me parece reconocer que todo esto es conflictivo, y que el mundo digital no es un mundo armónico de paz y felicidad, sino que muchas tensiones políticas y económicas recién están empezando a manifestarse.

Mariel Tellechea comentó:

Pero, por otra parte, algunas de las cosas que se dijeron me parecieron obviedades, unas y generalizaciones, otras. En los perfiles de FB o TW, así como en las interacciones en diferentes lugares y con diferentes personas, nadie muestra todas sus facetas. El hecho de tener identidades virtuales en estos medios no implica que busquemos todo el tiempo la aprobación de los otros, pongamos la mejor música o según cómo respondan nuestros “contactos/seguidores” dejemos de poner o no algo que nos interesa.

Hablar de buscar la “aprobación de los otros” puede ser ambivalente y quizás poco claro. Quizás una mejor manera de formularlo sea de buscar la validación de los otros, que tiene menos de la carga psicológica o de autoestima. Lo más importante es que este proceso, que ocurre tanto online como offline, es algo que opera a un nivel inconsciente y casi automáticamente como capacidad adquirida evolutivamente: nuestra capacidad para leer indicadores en los demás respecto a cómo es recibida nuestra propia conducta es una capacidad fundamental para nuestra vida en sociedad. Esto no quiere decir que nuestro entorno determine indefectiblemente nuestra conducta y las cosas que hacemos, pero sí que en ningún caso presentamos nuestra identidad (como lo formuló Erving Goffman) de manera aislada a un contexto social (como, más bien, lo consideraban las utopías liberales de la modernidad). De la misma manera las conductas en estos nuevos medios, cuyas gramáticas aún se encuentran mayormente en formación, se están moldeando poco a poco a partir de las reacciones y validaciones de las comunidades participantes.

Juan comentó:

Personalmente considero que la forma Broadcast de los medios no va a desaparecer, y esta versión demagógicamente democrática 2.0 será complementaria. Creo que las tres transformaciones de las que se habla al principio son muy relativas. Implican un grado de alfabetización digital que no es tal, al mismo modo que desconoce los usos reales de las tecnologías. Incluso nativos informáticos se quedan atrás.

Coincido en que la forma broadcast no desaparece, pero no en la complementariedad de lo digital. La comunicación broadcast no se mantiene tal cual una vez que aparece la tecnología digital, sino que se ve inevitablemente transformada en sus usos, significados y posibilidades: esto es lo que Henry Jenkins llama la lógica de la convergencia, donde las nuevas tecnologías reconfiguran el significado de las viejas tecnologías. De modo que lo digital tampoco puede ser reducido al lugar del mero complemeto. Respecto a las tres transformaciones, sí, pueden verse como relativas, pero eso no las hace menos interesantes ni menos significativas. El hecho de que estos patrones culturales se puedan empezar a identificar en cada vez más ámbitos de las actividades humanas sugiere, justamente, que hay un cambio de conceptos subyacentes al que hay que prestar atención. Eso hace que el tema de la alfabetización digital sea tanto más importante, justamente porque hay gente que se queda atrás. No es que esto no sea un “uso real de la tecnología” – el problema es lo contrario, que es un uso completamente real del cual muchos no pueden participar por problemas estructurales de acceso a la información. Y ése es un problema que hay que resolver.

Florencia Marano hizo mi pregunta favorita:

Otra cosa, realmente hay que hackear todo? Creo que se pueden hallar caminos alternativos dentro de un medio sin necesidad de hackear. Ni el medio me come ni yo lo como a él, creo que pueden verse posiciones de mediación dentro del mismo.

No, no creo que haya que ir por ahí hackeándolo todo o pensando que todo tiene que hackearse. Creo que es más bien la idea de que todo puede ser hackeado, todo refleja un “código” y una estructura que uno puede influenciar y, de ser necesario, transformar. Es importante resaltar que hablar de “hackear” no tiene que ser algo confrontacional o destructivo, como la interpretación popular de los hackers podría sugerir. La ética hacker, más bien, se centra en el hecho de que el mundo está lleno de problemas interesantes, y uno puede dedicarse a resolverlos – en un proceso que siempre involucra aprendizaje y colaboración. Puesto de otra manera, es una lectura tecnologizada de la idea de democracia participativa, y de creer que las estructuras de la sociedad no son “algo” allá afuera, lejos de mi influencia, sino reconocer que uno puede intervenir significativamente en los procesos sociales en los que está inmerso.

Laura Moreno comentó:

En relación a la primera parte de la clase, el hecho de que todo sea hackeable como lo planteó Eduardo Marisca puede abrirnos interrogantes. En nuestra clase práctica surgió un debate sobre cuál es el lugar que le queda a los periodistas o comunicadores dentro de este cambio de paradigma.

Es un tema abierto y que sí, justamente requiere de mucho debate. Lo importante para rescatar es que el rol de los periodistas y comunicadores ha pasado a un momento de renegociación social: si antes su lugar cumplía una función sostenida sobre una escasez de información y lo complicado de su acceso, cuando esas condiciones de escasez cambian por extensión deberíamos suponer también que ese rol y esa función cambian. La discusión se vuelve estéril y poco interesante cuando se formula desde el punto de vista de que el periodismo debería preservarse porque ha cumplido una cierta función valiosa en el pasado que no deberíamos querer perder. Aunque eso puede ser cierto, la idea de preservarlo como existe porque respondía a necesidades del pasado no es muy interesante ni tampoco muy realista: es casi una cuestión museográfica. De modo que, al menos a mí personalmente, me resultan mucho más interesantes los experimentos que están surgiendo en la periferia y en las fronteras de la actividades, que están diseñando y experimentando con nuevos modelos y reinterpretaciones de la profesión que podrían volverse predominantes en el futuro.

En fin, esto es sólo un recorrido por algunos de los comentarios que encontré y que me parecía valía la pena agregar algunas notas. Agradezco a la Cátedra de Procesamiento de Datos por la invitación a lo que fue al final una discusión bastante interesante, y que obviamente ha tenido su extensión transmediática y ha continuado aún después de la clase.

#azoteahacker

El otro día se armó una buena discusión en Twitter bajo el hashtag #azoteahacker, cuyo resumen pueden encontrar en el blog del Morsa.

El concepto estaba bueno. Estábamos conversando sobre los espacio de hackeo, de experimentación libre y de aprendizaje colaborativo. Espacios donde uno aprende a fallar, y a resintetizar los fracasos y convertirlos en materia prima de nuevos experimentos. Es lo que en la cultura anglosajona es el garaje: la banda de garaje, el taller en el garaje, incluso la mítica empresa que empieza en el garaje y, como Hewlett-Packard, se termina convirtiendo en una gigantesca corporación.

El garaje es lo que en nuestro contexto cumplió hasta cierto punto la azotea. De entrada, porque en la azotea era donde estaban las cosas que sobraban: no necesariamente basura, porque no se botaba, pero que no tenía una utilidad específica. Para un niño es un espacio ideal, porque uno puede reutilizar lo que allí hay libremente: si se arruina nadie lo extraña, si se pierde nadie lo busca. Uno tiene campo libre para jugar con esas piezas, convertirlas en un refugio, juntarlas, romperlas, separarlas, desarmarlas. Eso, aprender rompiendo, es uno de los principios básicos de la ética hacker.

Pensábamos en laboratorios colectivos que han seguido un poco este modelo, como por ejemplo Escuelab: espacios de aprendizaje sin currícula y sin títulos, llenos de herramientas de gente más y menos experimentada, diversa, de la que uno puede aprender. Estos espacios tienen una gran cantidad de ventajas: empezando porque sirven como semillero para que jóvenes aprendan competencias profesionales/laborales del mundo digital sin necesariamente tener que pasar por una educación formal. Es, por ejemplo, el modelo de Electrocooperativa, en Brasil, donde los jóvenes adquieren habilidades digitales aprendiendo a mezclar música, grabar y editar videos, comunicarse online, y pueden luego utilizar esas habilidades laboralmente.

Lo que empieza a ocurrir es que en estos espacios empiezan a formarse grupos, equipos, y empiezan a surgir todo tipo de proyectos. Algunos de estos proyectos tienen potencial económico, generan innovaciones interesantes, y se convierten en vehículos de desarrollo económico para grupos de jóvenes que muchas veces no tendrían acceso, de otra manera, a un sector altamente calificado del mercado laboral. Es testimonio, además, de que la universidad y la educación superior no es necesariamente el único o el mejor canal para adquirir las competencias y el conocimiento que se requieren en la economía digital. Estos laboratorios, azoteas donde jóvenes y no-tan-jóvenes acceden a recursos y contexto para aprender a “hackear”, se convierten entonces también en incubadoras de todo tipo de proyectos e iniciativas.

Lo más interesante es que estas habilidades empiezan a construir también una ciudadanía más involucrada y comprometida. La azotea-hacker se vuelve también un laboratorio donde uno aprende a apropiarse del espacio público, aprende que uno está rodeado de sistemas complejos que tienen reglas que pueden ser descubiertas e influidas; que uno puede hackear y mejorar esos sistemas. Cuando esas habilidades empiezan a traducirse a lo público, lo que resulta es una ciudadanía activa, un ciudadano-hacker.

A partir de allí hay muchas cosas que podríamos empezar a especular o imaginar. Así como existe Escuelab, todo niño y todo joven debería tener un espacio similar, una azotea hacker, a la vuelta de su casa, a unas cuadras, donde poder juntarse con otras personas, con mentores, con amigos, y simplemente hackear. Lo mejor es que los techos que podrían aprovecharse como azoteas-hacker están ahí, probablemente desaprovechados actualmente: piensen, por ejemplo, en los techos de edificios públicos, municipalidades, colegios, en los cuales simplemente se dejan cosas tiradas para siempre. Todo lo que podríamos hacer con esos espacios: todo lo que un grupo de jóvenes podría vincularse con su barrio, con su comunidad, si empezara a asistir a talleres y a aprender cosas hackeando en el techo de su municipalidad, todo lo que podrían desarrollarse microeconomías locales, mercados de productos y servicios en torno a actividades digitales.

Si empezáramos a cultivar estos semilleros, estas incubadoras, serían la infraestructura que necesitamos para que a mediano plazo se empiece a construir una industria de alta tecnología adecuada para la economía del conocimiento. Estos esfuerzos surgen, de esta manera, “desde abajo”, y se impregnan mejor en la cultural local que otros esfuerzos más bien artificiales, grandes políticas “desde arriba” que no necesariamente logran siempre cuajar debidamente.

P.D.: Una pena que este libro no esté en edición Kindle: Hanging Out, Messing Around, and Geeking Out: Kids Living and Learning with New Media.

#edupunkarg

El fin de semana estuve en Rosario, Argentina, para la III Jornada Intercátedras Digicom/Datos, excelentemente titulada “Aprendiendo en tiempos de bárbaros, zombies y post-humanos”. Conocí a Alejandro Piscitelli, quien dirige una de las cátedras involucradas, en el McLuhan Galaxy Barcelona 2011, y por él pude participar de este encuentro de no-docentes y no-alumnos dedicados a “hackear la educación” (además de a los cuchillos, los pandas, los canguros, y discusiones particularmente largas sobre las mejores estrategias para sobrevivir a una invasión zombie. Hardcore-geek-style, en otras palabras). Si quieren ver un poco el tipo y volumen de actividad que adquirieron las jornadas pueden pasear por el hashtag #edupunkarg en Twitter. Fue una excelente jornada, la verdad, con muchísimo que comentar y aún más para procesar.

Hice una presentación durante la sesión inicial de la jornada. Intenté volver sobre ideas que he ido explorando hace tiempo aquí en el blog, en otros textos y presentaciones. intentando explorar la manera como nuestra cultura, o al menos la cultura más próxima y cercana al cambio tecnológico, está progresivamente desplazándose de una concepción que podríamos llamar “ingenua” de la tecnología, hacia una cultura permeada por la ética hacker y articulada en torno a varios de sus principios (ética hacker que, por cierto, no es autónoma, sino que en una medida considerable se articula ella misma alrededor de lo que las tecnologías digitales nos permiten). Hay algo que está pasando, algo que amerita mayor análisis, cuando en una época empezamos a ver que nuestros referentes culturales de certeza y estabilidad empiezan a derrumbarse o cuestionarse.

Creo que se puede hablar aquí de tres “desplazamientos”. El primero es el desplazamiento de un entendimiento de la tecnología como una herramienta, al de la tecnología como lenguaje: siguiendo a McLuhan, entender la tecnología como una forma de lenguaje o gramática implica quitar el énfasis en el objeto o el soporte tecnológico, y empezar a observar con mayor atención las relaciones sociales y los protocolos que construimos en torno y a partir de la introducción de una tecnología. Cuando McLuhan señala que “el medio es el mensaje”, el mensaje del medio es su impacto sensorial y social y sus efectos sobre nuestra conducta como cultura, los cuales se nos vuelven completamente transparentes cuando pensamos que las tecnologías son sólo vehículos para nuestras ideas y nuestra voluntad.

El segundo desplazamiento va en la misma dirección: el paso de los espectadores a los usuarios. La lógica y el lenguaje de los nuevos medios es de espacios de co-creación, o mejor dicho, espacios abiertos donde nadie tiene que pedir permiso para ensayar y exploras nuevos tipos de expresiones. Esto no es posible en el modelo de los medios tradicionales, donde para comunicarse masivamente uno tiene que pedir permiso; esa necesidad de pedir permiso y de recibirlo quiere decir que la comunicación aparecía como si tuviera algún tipo de garantía. Alguien, por alguna razón, tiene que haber aprobado esto. Pero, como vemos en casos como el de Rupert Murdoch y News of the World, toda esa garantía es meramente aparente, una ilusión producto de la escasez de canales: el nuevo ecosistema mediático diluye esa ilusión en la medida que le permite a cualquier persona tener un canal. Cuando el espectador se vuelve usuario, cuando deviene prosumidor, es imbuido con un conjunto de superpoderes que evidencian que, en verdad, no tienen nada particularmente especial: cualquiera puede comunicar mensajes masivamente, sin tener que pedirle permiso a nadie, pero por lo mismo, sin ofrecer ningún tipo de garantía. En este ecosistema se vuelve clave desarrollar las habilidades para navegar un flujo de información sobre el cual, a priori, no podemos formular ningún juicio.

El tercer desplazamiento es consecuencia de los dos anteriores: el paso de los consumidores, a los hackers. O, lo que es más o menos lo mismo, el paso de consumidores a ciudadanos, en la medida en que la ciudadanía empieza a redefinirse en términos hackerísticos. Prometedor, pero también peligroso. La ciudadanía así concebida implica entender la realidad que nos rodea como un gran libro abierto, reinterpretable, hackeable. En lugar de ver instituciones que se consumen, a las cuales uno se adapta, el hacker ve problemas, instituciones perfectibles, procesos mejorables. De esta manera es como el ciudadano empieza a apropiarse del espacio, de lo público, de la cultura. Se vuelve de esta manera en el núcleo de una ciudadanía activa, abierta y transparente.

Pero esto es también peligroso, y es un gran desafío, y se desprenden de eso tres preocupaciones sobre las cuales debemos preocuparnos en los siguientes meses/años, si es que no lo hemos hecho ya. La primera es que, si la lógica y la ética hacker empiezan a volverse tan impregnadas en nuestros procesos sociales/culturales, entonces se vuelve pertinente aprender a hackear (y entender cómo se aprende a hackear). Como proceso cultural, o como habilidad técnica, o en realidad como ambos, ya no es algo que se puede dejar simplemente a “otros”, sino que se vuelve una responsabilidad personal también.

La segunda preocupación es que tenemos que desarrollar la habilidad para identificar patrones rápida y efectivamente. Como ya lo señalaba McLuhan, la habilidad para identificar patrones en la cultura será la marca del futuro: las personas que consigan afinar esta habilidad tendrán una ventaja considerable sobre todos los demás. Esto es claro, por ejemplo, en focos de innovación como Silicon Valley, donde la diferencia entre identificar patrones o de crearlos se diluye casi completamente. Identificar los patrones a tiempo, darles nombre, significarlos, tematizarlos, es básicamente crearlos. Aprender a hacer esto a nivel cotidiano se convierte en una habilidad básica para nuestra adaptación a nuevos modelos culturales.

La tercera preocupación, quizás la más preocupante, es que a medida que más y más procesos se mediatizan digitalmente o adquieren al menos mayor significación digital, el tema de la brecha tecnológica se vuelve infinitamente más importante. Si la ciudadanía requiere cada vez más de aprender a hackear, y aprender a identificar patrones y actuar sobre ellos rápidamente, entonces ese segmento enorme de la población que ya de por sí se está quedando atrás en lo tecnológico, se empieza a convertir en una ciudadanía de segunda categoría. Y para los que más nos interesa explorar estas transformaciones y sus posibilidades, y que además podemos corroborar cómo estos espacios o no-espacios virtuales y comunitarios se enriquecen y vuelven más interesantes mientras más gente participe, se nos impone la responsabilidad de hacer algo al respecto. Empezando por tematizarlo, y por discutirlo, pero sobre todo, aprendiendo lo que significa diseñar tecnologías y protocolos para la inclusión.

Éste es un poco el resumen de lo que presenté en #edupunkarg. Aquí también están las diapositivas de la presentación:

La jornada misma merece un comentario aparte. Las sesiones del primer día fueron, digamos, más teóricas o exploratorias, y revisando varias experiencias concretas de hackeo de la educación, de la evaluación, de lo contenidos y demás. Hackear la educación fue el tema recurrente de toda la jornada, visto desde el punto de vista de investigadores, de alumnos, de docentes, de profesionales, o más bien, visto sobre todo desde no-lugares: no intentando definir perspectivas a partir de profesiones o trabajos, sino ver cómo todas se conjugaban entre sí en colaboratorios.

Surgieron muchas preguntas y muchas propuestas. ¿Cómo actualizar, por ejemplo, lo que es la evaluación en un salón de clase para que deje de ser simplemente un “cumplir con el sistema” y se vuelva una herramienta realmente útil para el alumno? Podemos repensar por completo la evaluación cuando podemos empezar a capturar, procesar y sistematizar datos casi en tiempo real. Aníbal Rossi de la Universidad Nacional de Rosario presentó una experiencia en la que el algoritmo de Google sirvió como modelo para procesar las autoevaluaciones de los alumnos de un curso: en lugar de analizar cómo los alumnos evaluaban entre sí, evaluar cómo los mejor evaluados evaluaban a los demás. Si empezamos a llevar este modelo a niveles más complejos podemos incluir más fuentes de datos, procesamientos más complejos, e incluso cursos que terminan evaluándose y corrigiéndose a sí mismos y brindando información sobre el grupo y sobre cada individuo en cualquier momento, en tiempo real.

Personalmente me tocó participar en muchas de las discusiones que involucraban el uso de los videojuegos como herramientas educativas, algo que me interesa particularmente por mi experiencia con el Laboratorio de Videojuegos de Lima. En sesiones temáticas grupales, el segundo día de la jornada consistió básicamente en una experiencia de diseño: primero explorando un problema y desarmándolo en sus elementos componentes, y a partir de ellos buscando posibilidades de acción y de impacto. El resto del día fue una oportunidad para diseñar colectivamente recursos y productos para, en este caso, la integración de los videojuegos en el proceso educativo, trabajando por un lado con docentes, por otro lado con jugadores. Salieron buenas ideas, que con suerte serán reunidas pronto en un primer prototipo y eventualmente en un producto que podamos mostrar al público. Lo increíble es lo rápido que un grupo de gente puede hackear este proceso: en menos de un día teníamos un contexto, una serie de ideas, diversas posibilidades para un producto, e incluso los principios de un prototipo. Quizás con un poco más de tiempo habríamos podido cerrar la jornada con un prototipo funcional terminado, analizado, y con feedback capturado.

En fin. Fue una sesión sumamente interesante, que a mí particularmente me sirvió para entender mucho mejor lo que está sucediendo en Argentina en términos de estudios de medios y tecnología y cómo se están leyendo y sobre todo aplicando diversas ideas. Mucha gente muy creativa, muy bien informada, con muchos fundamentos, y con muchísimas buenas ideas para explorar y desarrollar. Así que tengo muy buenas expectativas de ver los resultados que saldrán de esto en las próximas semanas.

Más sobre la “extinción de la filosofía”

Algunas notas complementarias a las pregunta del otro día sobre si la filosofía está en peligro de extinción cuando se pone en juego su apoyo institucional universitario (hay, además, buenos comentarios que han llegado al post original).

1. Slavoj Zizek da una buena entrevista al diario El País de España, del cual saco un pequeño fragmento relevante:

Ahora mismo estoy en Londres y tenemos una huelga masiva en la educación superior. El Plan Bolonia es una catástrofe. La derecha quiere suprimir las humanidades. En vez de pensadores, quieren convertirnos en expertos que cumplan los encargos que las élites plantean. Me parece importante defender que los grandes problemas nos conciernen a todos. La derecha debería estar en contra del Plan Bolonia. Convertir la Universidad en una empresa es mucho más peligroso para Europa que el fundamentalismo islámico.

Lamentablemente no entra aquí en más detalle. El Plan Bolonia es un convenio de la Unión Europea para homologar títulos y programas educativos a través de sus realidades nacionales, y fomentar el proceso de una serie de reformas universitarias comunes y alineadas. El proceso ha atraído múltiples críticas particularmente por considerar que elitiza la educación superior y que se concentra en formar trabajadores, en lugar de profesionales.

2. En otras noticias, un artículo del Harvard Business Review señala que para conseguir ideas innovadoras las empresas deben contratar gente de las humanidades, en lugar de sus canteras acostumbradas. Aunque he comentado antes sobre esta relación, es algo muy diferente que lo diga yo a que lo diga el Harvard Business Review, sobre todo porque el HBR lo leen directamente empresarios y funcionarios que efectivamente pueden hacer algo al respecto. Señala el HBR:

This is because our educational systems focus on teaching science and business students to control, predict, verify, guarantee, and test data. It doesn’t teach how to navigate “what if” questions or unknown futures. As Amos Shapira, the CEO of Cellcom, the leading cell phone provider in Israel, put it: “The knowledge I use as CEO can be acquired in two weeks…The main thing a student needs to be taught is how to study and analyze things (including) history and philosophy.”

People trained in the humanities who study Shakespeare’s poetry, or Cezanne’s paintings, say, have learned to play with big concepts, and to apply new ways of thinking to difficult problems that can’t be analyzed in conventional ways.

No deja de haber un toque de ingenuidad en esto, como si uno pudiera tomar a un humanista recién formado, ponerlo en un entorno corporativo y ver cómo suceden milagros inesperados. Hay una serie de capas intermedias y aprendizajes que explorar y promover para que algo así pueda pasar. Y hay, también, muchísimos prejuicios que reconsiderar que vienen de ambos lados del espectro.

3. Vivek Wadhwa publicó para TechCrunch hace unos días un artículo contraponiendo necesidades educativas desde los puntos de vista de Bill Gates y de Steve Jobs. Para Wadhwa la posición de Gates se ve reflejada no sólo en sus esfuerzos por repotenciar la educación en matemática, ciencia y tecnología en EEUU, sino por extensión en sus productos poco elegantes, poco amigables y con el tiempo cada vez menos populares. En cambio, Steve Jobs ha hablado públicamente sobre cómo el diseño de los productos de Apple son una combinación entre un enfoque de ingeniería y de las humanidades (“liberal arts”) que hace que sus productos sean mucho más inteligentemente diseñados y, en los últimos años, han hecho de Apple quizás la compañía tecnológica más importante del mundo. El mercado, parecería, le está dando más la razón a Jobs que a Gates.

Because I am a professor at the Pratt School of Engineering at Duke University, and given all the positive things I say about U.S. engineering education, The Times assumed that I would side with Bill Gates; that I would write a piece that endorsed his views. But, even though I believe that engineering is one of the most important professions, I have learned that the liberal arts are equally important. It takes artists, musicians, and psychologists working side by side with engineers to build products as elegant as the iPad.  And anyone—with education in any field—can achieve success in Silicon Valley.

En resumen: la crisis de las humanidades en las universidades contemporáneas es trágica, pero real y creciente. Eso es en sí mismo un problema. Pero también empiezan a aparecer espacios de problemas interesantes donde los filósofos y los humanistas pueden encontrar oportunidades para desarrollarse, asumiendo, claro, disposición de ambos lados del espectro.

De todos modos, creo que aquí vemos que se apunta a algo mayor. Hay, claramente, valor en estas ideas, en estos conocimientos y en estos procesos mentales (valor que se puede definir de múltiples maneras). Y hay un espacio que tiene problemas graves para definir su identidad, como es la universidad. De modo que hay, también, una gran oportunidad y mucho potencial para redefinir o recrear espacios de pensamiento, de reflexión, de crítica, que no necesariamente sean académicos o universitarios, que sí exhiban múltiples formas de valor, donde los filósofos puedan hacer lo que más les gusta de múltiples maneras.

No es que sepa cuáles son ni que tenga la respuesta, pero sí empiezo a notar cómo empiezan a aparecer una serie de piezas del rompecabezas.

Zizek, el Plan Bolonia, el Harvard Business Review, Bill Gates, Steve Jobs. Un buen sábado por la tarde.