En defensa del comic como medio expresivo

No soy un fan religioso de los comics, pero trato de leerlos y seguirlos siempre que puedo, especialmente en aquellos casos donde creo que hay algún tipo de relevancia cultural especial. Pero hoy leí un artículo en el blog Comics.21 de Perú21 sobre el “fin de la inocencia” de los comics que me parecía ameritaba un mayor comentario.

Dicho simplemente, es un artículo particularmente paupérrimo y que, a simple vista, no amerita mayor análisis. Pero tanto formal como materialmente menosprecia tanto el comic como medio que tiene a pesar de ello que ser comentado, porque el aparato conceptual que usa para describir el propio medio que dice celebrar puede aplicarse con las mismas nefastas consecuencias a otras formas que podríamos llamar “emergentes”. El comic ha existido y se ha desarrollado por muchísimas décadas pero para muchos es aún una forma infantilizada, un medio estructuralmente incapaz de alcanzar la madurez conceptual, y es precisamente esa perspectiva la que se explaya en este artículo: la misma que se utiliza, con variaciones sutiles, para decir cosas como que los videojuegos no pueden ser arte o que las interacciones en línea son menos reales que las interacciones físicas.

En términos materiales, el argumento es insostenible: en resumen, el artículo busca implicar que porque en los últimos años las temáticas de los comics han venido a complicarse moralmente al introducir diferentes dimensiones de la sexualidad de sus personajes o sus implicaciones culturales y políticas, o escenas e historias mucho más cargadas de formas de violencia, esto representa algún tipo de “pérdida de la inocencia” del medio. Y, sin intentar velar mucho la condena, pretende dar a entender que esto ha llevado a una suerte de empobrecimiento del medio al volverlo “menos universal” por introducir temas que, desde su punto de vista, deberían limitarse a públicos adultos y no encajan dentro de la naturaleza más bien joven que ha distinguido a los comics.

De entrada eso es un argumento estrecho e históricamente insostenible. Nada determina que un medio, en este caso el comic, deba ceñirse a una sola línea temática o a un solo tipo de contenidos y no explorar otras dimensiones desde su propia propuesta estética. Siempre que he intentado explicar este tema, he vuelto sobre Watchmen, el comic de Alan Moore y Dave Gibbon publicado en 1987, donde me parece que se cristaliza un giro en la complejidad narrativa del comic que se venía construyendo desde muchos años antes. Lo singular de Watchmen es que utiliza al personaje arquetípico del comic, el superhéroe, para diluir la distancia que existe entre el lector y el personaje en términos de autoridad moral respecto a los acontecimientos que desarrolla: el superhéroe no es de ninguna manera mejor o superior al individuo lector, y su participación de los acontecimientos que experimenta no es más que una total contingencia histórica. Por lo mismo, los superhéroes no son de ninguna manera moralmente superiores, y nada legitima a Superman para defender a Metrópolis ni a Batman para utilizar su inmensa fortuna para permitirse salir a cazar criminales por las calles de Ciudad Gótica. En su misma concepción originaria, los superhéroes inevitablemente cuestionan el monopolio de la violencia del Leviatán y la capacidad del Estado moderno para efectiva y legítimamente defender a sus ciudadanos frente a amenazas cada vez más inconmensurables (p.ej. al observar a Iron Man como el crecimiento desmesurado del complejo militar-industrial). Lo importante de Watchmen no es que introduzca por primera vez superhéroes moralmente complejos y ambiguos, sino que al hacerlo revela que aquella lectura que vio a los héroes del pasado como paradigmas morales era simplemente ingenua. En otras palabras, Watchmen no es tanto el fin de la edad de la inocencia como la revelación de que nunca hubo tal inocencia, sino simplemente un muy complejo autoengaño.

Creo que el meollo homofóbico y conservador del argumento del artículo de Comics.21 no amerita mayor comentario: presupone que la sexualidad y, particularmente, la homosexualidad son “temáticas adultas” que no deberían ser presentadas a públicos más jóvenes, lo cual me parece ridículo. En primer lugar porque no hay mayor sustento a por qué serían “temáticas adultas” más allá del presuponer que lo son, ni mucho menos dep por qué presuponer que no deberían ser temas compartidos y discutidos con niños y jóvenes, cualquiera que sea el medio para hacerlo. Más allá de eso, no sólo el comic no es “inocente”, sino que no tiene por qué serlo, y creer que lo ha venido siendo es partir de una definición esencialista y moralista de lo que el comic es o debería ser que no tiene por qué condecirse con la realidad.

Pero en considerarlo como tal se revelan también las falencias formales de este tipo de análisis. Primero, al partir de asignarle al comic algún tipo de lugar inferior en algún tipo de ordenamiento jerárquico de las formas expresivas. La infantilización del comic toma la forma de afirmar que porque ha sido un medio tradicionalmente orientado hacia jóvenes, sus temáticas deberían mantenerse moralmente neutras – algo que es insultante tanto para los comics como para los jóvenes, al negárseles a priori la capacidad de comprensión, exploración y discusión de cualquier tipo de temática. ¿Por qué estaría mal que un comic exprese una historia particularmente violenta? Cierto, uno podría objetar respecto a la calidad o al tratamiento que hace de esa violencia y su justificación dentro de la narrativa, pero no me parece legítimo cuestionar el hecho mismo de utilizarla, como si la realidad nos viniera edulcorada porque quisiéramos que fuera de otra manera, o como si al querer expresarnos a través de comics tuviéramos forzosamente que edulcorarla como autores o como lectores. Esto es sólo un empobrecimiento voluntario de las múltiples potencialidades que ofrece un medio, y singularmente, de la capacidad de involucramiento del lector, y del juego con el espacio y el tiempo que ofrece el comic, como señala Scott McCloud en su clásico, Understanding Comics: The Invisible Art.

Quizás lo que más me llamó la atención fue la ausencia total de alguna forma de conciencia histórica, que no quiere decir un conocimiento de los elementos históricos de un medio. Más aún, me quedó clarísimo que el conocimiento de la historia misma de un medio no se traduce automáticamente en la capacidad de análisis y explicación del mismo: aunque mi capacidad para analizar y entender comics en su contexto y significado cultural se enriquecerá progresivamente mientras más comics leo, lo inverso no es automáticamente cierto: de solamente leer y conocer más comics, no se sigue una capacidad para posicionarlos en el espacio y el tiempo para asignarles una comprensión cultural significativa. Por ponerlo de manera más formal y esquemática: ¿Hay eruditos del comic que son también grandes comentaristas del comic como medio? Por supuesto. ¿Pero todos los eruditos del comic son también grandes comentaristas del comic como medio? De ninguna manera.

Y eso se refleja en la incapacidad (o la indisposición) a entender la manera como un medio evoluciona con el tiempo, con sus autores y con sus espectadores. El teatro griego no es el teatro de Shakespeare que no es el teatro del siglo XXI. La pintura medieval no es la pintura renacentista que no es el cubismo de Picasso. Nuestros medios expresivos responden a diferentes patrones y momentos y necesidades culturales, y los adscribimos dentro de una tradición porque guardan suficientes “aires de familia”, como diría Wittgenstein, con las manifestaciones que las antecedieron, que tiene sentido asumir que hay entre ellas una continuidad de algún tipo. El comic sexual, el comic violento, el comic adulto, no son menos comic que ninguno anterior. Eso no quiere decir que estén exentos de crítica o valoración, pero sí quiere decir que su valoración no puede partir de afirmar que “no son como los anteriores”. Eso es negarle a un medio la capacidad para evolucionar y explorar nuevas extensiones a su lenguaje.

Este tipo de lenguaje conservador y esencialista se usa para describir todo tipo de expresiones mediáticas. Cuando decimos que un videojuegos es principalmente un juego, más cerca del juguete que de la película o de la novela, nos estamos cerrando a toda una nueva oportunidad de experimentar una innovación expresiva frente a nosotros. Cuando decimos que un comic no debería tratar temáticas moralmente arriesgadas o claramente definidas, estamos básicamente diciendo que no creemos que el comic sea un medio que debiera permitirnos la reflexión y la discusión. Y por extensión, que quienes consumen y producen esos medios no deberían, por alguna razón, tener acceso a esa reflexión y discusión a través de ese lenguaje en el cual se sienten cómodos y cuya gramática saben manejar. No me parece que sea un argumento sostenible, sino que es un argumento que, primero, presupone su propia conclusión (parte de decir que ciertos temas no deberían tocarse para decir que ciertos temas no deberían tocarse), y segundo, infantiliza un medio sin tener ningún tipo de conciencia histórica sobre su propia complejidad, evolución y potencial.

Borrón y cuenta nueva: ¿Debemos reiniciar nuestro social graph?

El viernes Facebook salió al mercado en una oferta pública inicial en el NASDAQ, con una valuación que fluctuó alrededor de los $115 mil millones. Son muchos millones. Hay quienes piensan que una compañía como Facebook no debería valer tanto, y otros dicen que la oferta pública inicial ha sido un fracaso o, por lo menos, una decepción, pues la acción cerró prácticamente al mismo valor al que abrió, desinflando las expectativas de millones de personas que esperaban una farra financiera.

Es interesante volver sobre la historia de cómo llegamos hasta aquí, en años recientes. Cuando empezamos a utilizar las redes sociales online, en realidad no teníamos idea de lo que hacíamos. Primero Friendster, luego Myspace, en algunos casos también Hi5 (¿recuerdan los “testimonials”?). Eventualmente Facebook abrió sus puertas y dejó que todo el mundo entre a jugar a su jardín amurallado, y nos adaptamos como mejor pudimos. La manera como utilizamos Facebook ha ido cambiando con el tiempo, de la misma manera que el producto mismo ha ido evolucionando, ampliándose y brindando nuevas posibilidades.

El conflicto es, quizás, que nunca hemos aprendido a ser muy diligentes respecto a nuestro rastro digital: el conjunto de perfiles, objetos y contenidos que hemos ido creando y publicando en la web a través de los años, y que hemos ido dejando atrás sin ningún tipo de mantenimiento, curaduría o consideración. Incluso dentro del mismo Facebook uno puede hacer este ejercicio de auto-arqueología continuamente: cada cierto tiempo verás el anuncio de que es el cumpleaños de alguien que quizás te importa poco, quizás no entiendes por qué lo saludarías o quizás simplemente no entiendes por qué rayos es tu amigo en Facebook.

Si recuerdan, al principio cuando estábamos construyendo nuestro “social graph”, nuestra red de conexiones en línea, no intentamos ser particularmente prolijos. En un esfuerzo por tener más “amigos” y ampliar nuestras redes, muchas veces aceptamos a cualquier persona, organización, objeto o ente como amigo en Facebook sin pensarlo mucho. Más aún, nunca nos detuvimos demasiado tampoco en limpiar eso posteriormente, eliminando personas o entes a los que quizás no queríamos darle acceso privilegiado a toda nuestra información personal (a medida que fuimos volcando más y más de ella en nuestros muros, perfiles y ahora, biografías).

Ahora, espero, somos un poco más conscientes de esas cosas, pero en muchos casos el daño a nuestro social graph ya está hecho. A medida que más y más aplicaciones se construyen utilizando ese social graph, esos primero “errores” o aprendizajes terminan afectando la información que recibimos y utilizamos: si los resultados de búsqueda en Google, por ejemplo, utilizan mi social graph para darme resultados más interesantes, ¿cómo aporta a esa relevancia la presencia de una persona que estuvo en mi colegio un año y no volví a ver más en la vida? Además, el costo de transacción de hacer limpieza es alto: no solamente consume tiempo, sino que eliminar gente de nuestra lista de amigos es una decisión complicada. ¿Estoy mandando un mensaje a esta persona? ¿Se enterará? ¿Se ofenderá? Todo lo cual hace que sea mejor no hacer nada que hacer algo.

Steven Levy escribía el año pasado que Facebook debería darnos la opción de empezar de nuevo. No perder nuestro contenido, no tener que crear un nuevo perfil, pero reiniciar nuestras lista de amigos para poder volver a empezar con mucha más consciencia de las consecuencias y las implicaciones. Michael Arrington fue un paso más allá al decir que esto podría convertirse en un talón de Aquiles a largo plazo para Facebook, cuando los usuarios empiecen a preferir opciones sociales online mucho más personalizadas y donde los “mundos no colisionen” continuamente.

No creo que pase ni lo uno ni lo otro, pero igual tenemos que empezar a observar y hacer algo respecto a las consecuencias de todo esto. Finalmente, no estamos realmente acostumbrados a cargar con toda nuestra historia social, todo el tiempo: pre-Facebook, era relativamente fácil dejar cosas atrás. Ya no. Ahora quedan marcadas como eventos en nuestra biografía, y cuando empezamos a marcarlas nunca pensamos que quizás, tiempo después, tendríamos que retroceder para hacer un poco de housekeeping.

Hackear la educación (Más notas preliminares)

Este viernes, luego de mi presentación en el Simposio de Estudiantes de Filosofía, estaré también participando del conversatorio interdisciplinario “Formación ciudadana y educación”, organizado por la Asociación para la Educación y el Desarrollo. El evento empieza mañana jueves a las 6pm, y la mesa en la que estaré participando es el viernes a las 6pm en el aula Z402 de la PUCP. En este caso estaré presentando la segunda parte del Ciclo Hacker, en torno a la relación entre educación y nuevas tecnologías, y como con la primera parte quiero ir adelantando algunas notas preliminares.

Educación como tecnología

Andaba pensando en cómo plantear el tema y el blog de Seth Godin me dio fortuitamente el contexto para empezar:

Our current system of teaching kids to sit in straight rows and obey instructions isn’t a coincidence–it was an investment in our economic future. The plan: trade short-term child labor wages for longer-term productivity by giving kids a head start in doing what they’re told.

Large-scale education was never about teaching kids or creating scholars. It was invented to churn out adults who worked well within the system.

El diseño de nuestras instituciones y procesos educativos está configurado por el industrialismo, y esto no es sorpresivo ni es una novedad. El modelo está diseñado para introducir contenidos en las cabezas de las personas de una maneras más o menos eficiente: una persona que sabe le cuenta a muchas personas que no saben aquello que no saben hasta que lo sepan, luego recibe un nuevo grupo y hace lo mismo, y así sucesivamente. La educación se ordena básicamente como una línea de producción de niveles escalonados, donde cada nivel sucesivo es más “sofisticado” que el anterior. En la medida en que nuestras necesidades sociales eran industriales o pseudo-industriales, y nuestras posibilidades tecnológicas hacían enormemente complicada la agregación de estas necesidades a escala global, el modelo más o menos cumplía con nuestras expectativas.

Nuestros modelos educativos son una forma de tecnología, que utilizamos para reproducir conocimientos, habilidades, creencias y actitudes a través de un grupo social. Lo pongo así muy abierto porque nuestras aproximaciones pueden ser muy diversas en torno a esto. Pero como forma de tecnología, nuestros modelos educativos han respondido casi siempre a la opacidad tecnológica que observó Marshall McLuhan: creer que la tecnología que usamos está disociada de lo que queremos hacer con ella, que la herramienta no configura nuestras intenciones y expectativas. Enseñar química o literatura francesa pueden hacerse igualmente con la misma estructura organizativa del salón de clases y la pizarra, pues el mecanismo de distribución del contenido no tendría, bajo este entendimiento, mayor relevancia.

McLuhan empieza a observar una serie de cambios. Primero, las tecnologías que usamos sí configuran aquello que queremos y esperamos al modificar nuestros patrones sensoriales. Segundo, a diferencia de épocas anteriores, ya no vivimos en un mundo en el cual, entre otras cosas, aprendemos. Sino que vivimos en un mundo donde estamos aprendiendo, continua y constantemente, todo el tiempo. Con la aparición de la tecnología electrónica, aprender se vuelve no sólo un modo de vida, sino un patrón de supervivencia: la incapacidad para procesar datos e información en tiempo real y actuar sobre ella se convierte en el riesgo de quedarse atrás, de quedarse afuera. Esto se puede comparar a la observación de Manuel Castells sobre la sociedad informacional: para Castells, cualquier sociedad puede ser descrita como una “sociedad de la información” porque en todas hay procesos, mecanismos e importancia al manejo adecuado de la información. Lo que distingue a nuestra época es que esa dimensión, antes subsumida a otras, cobra centralidad y se vuelve nuestra principal área de actividades, dando paso a una sociedad informacional.

Si aprender es algo que hacemos todo el tiempo, en cualquier lugar, ¿por qué seguimos explicando y entendiendo la educación como algo que ocurre acotadamente en el tiempo y el espacio? Pensamos en salones de clase, en currículas, en horarios, y en evaluaciones; pensamos en espacios, en títulos, en niveles educativos. Pero todo eso no refleja nuestras necesidades actuales, sino que refleja las necesidades del modelo industrial-productivo-educativo.

Hay dos transiciones que vale la pena señalar para ilustrar este proceso. La primera es la transición en el rol que cumple el individuo que utiliza estas tecnologías, de un rol de consumidor o espectador a un rol de participante o usuario. La segunda transición se desprende de la primera, y apunta más bien al cambio en nuestra actitud como ciudadanos: en una era altamente tecnologizada e informatizada, el ejercicio de la ciudadanía empieza a asemejarse a una forma de hackeo social o político, o por lo menos a heredar una serie de sus principios.

El alumno-hacker

Las tecnologías digitales, a diferencias de las tecnologías de la comunicación masiva, hacen posible el acceso a cantidades desbordantes de información y de comunicación distribuida y multidireccional: es pasar de la idea de “broadcast”, donde un sólo nodo reproduce información en una sola dirección para un amplio número de consumidores, a la idea de red, donde cualquiera de los nodos puede potencialmente transmitir información a cualquiera de los otros nodos. El modelo broadcast es muy bueno para sostener aparatos organizacionales y jerarquías académicas; el modelo de red, en cambio, no. La red es, a priori, “plana”: ninguno de sus nodos es automáticamente superior a los demás, sino que los nodos adquieren “autoridad” o “peso” en función al volumen de actividad que movilizan a través de la red. En otras palabras: en el modelo broadcast, el profesor, digamos, tiene ciertos títulos académicos que justifican que sea el profesor y tenga su lugar al frente de la clase; el alumno, en cambio, no los tiene, y por lo mismo, tiene su lugar del otro lado, como espectador. Pero en el modelo de red, empiezan a pasar cosas raras: un alumno puede estar en una clase con una laptop, o con un celular, y no solamente avanzar a su propio ritmo respecto al contenido que le están presentando, sino encontrar visiones alternativas e incluso conflictivas más rápido de lo que el profesor puede manejarlo. Las asimetrías fundamentales del modelo educativo se ven subvertidas, y en realidad no estamos, hasta ahora, debidamente equipados para responder a eso. Nuestra actitud natural sigue siendo la de “censurar” la “insolencia” del alumno, pero no estamos reconociendo plenamente el hecho de que nuevas tecnologías modifican las expectativas tanto del alumno como del profesor hacia el proceso de aprendizaje.

La disponibilidad permanente de información detallada a través de recursos como Google o Wikipedia, y la posibilidad permanente de comunicar esta información a grupos masivos de personas usando redes como Twitter o Facebook, introducen legítimamente en el alumno la pregunta de por qué necesita realmente pasar por el proceso educativo. Y aunque uno puede esbozar muchas respuestas (que la experiencia con los compañeros, que las discusiones en la clase, etc.), en realidad estas respuestas no apuntan al hecho de que muchas de nuestras instituciones educativas enfrentan efectivamente la obsolescencia cuando su monopolio sobre la información y el conocimiento se ven desarticulados. Hoy día uno puede acceder a clases de las mejores universidades del mundo, gratuitamente, a través de su conexión a la web, y ver las clases en video, leer las mismas lecturas, incluso desarrollar las mismas asignaciones aunque no reciban calificación. Si esto se compara con la actividad promedio del estudiante en una universidad local: ir a clases casi siempre, escuchar la lección sin hacer preguntas o entablar discusiones, leer algunas de las lecturas, ¿cuál es la gran diferencia? ¿Qué es lo que tanto se quiere preservar? Si las tecnologías que usamos le dan al alumno la posibilidad de dejar de ser “alumno” como tal y de tomar un rol activo en su propio proceso de formación, y luego los procesos educativos formales a los que se enfrentan buscan, sistemáticamente, despojarlo de ese rol activo porque no encaja con la lógica de la producción industrial, ¿qué resultado positivo podría devenir de eso?

McLuhan tenía una imagen para describir la educación bajo la tecnología electrónica, en la que hablaba de la “ciudad como salón de clases”. La idea es simple: antes, uno iba a un lugar, aprendía durante cierto tiempo, y luego salía de ese lugar y de ese modo de aprendizaje. Ahora, ese retirarse no es posible, pues toda experiencia mediática es una experiencia de aprendizaje. Esto es algo que más recientemente ha sido descrito como aprendizajes invisibles o aprendizajes informales. Uno está aprendiendo todo el tiempo, en cualquier lugar, y la educación “formal” es apenas un componente más, aunque pesado, dentro de la dieta mediática e informacional de una persona. Para McLuhan, lo esencial en bajo este escenario no es tanto qué aprenda la persona, porque la información finalmente sobre cualquier cosa siempre estará disponible. Lo más importante es desarrollar y afinar la habilidad para encontrar patrones dentro de la masividad de información: saber distinguir tendencias, discriminar fuentes, trazar conexiones y a dónde dedicar o no su atención. Es darle al individuo las herramientas para poder configurar su propio proceso de aprendizaje.

La idea de que el alumno puede ser un hacker viene de una misma motivación. No se trata solamente de aprender habilidades técnicas (aunque indudablemente en el contexto actual, las habilidades técnicas son fundamentales). Se trata, más bien, de un adiestramiento en los principios de la ética y la cultura hacker: la idea de que los problemas a su alrededor pueden ser resueltos por él mismo, de que toda estructura o proceso es susceptible a crítica y análisis, que toda dimensión o actividad es afectable. La clave de una educación post-industrial es formar individuos y grupos con la capacidad para reinventarse continuamente, adaptarse a situaciones cambiantes y diseñar e implementar sus propias ideas e iniciativas. Esto es, en gran medida, lo esencial de la aproximación hacker a los problemas: identificarlos, analizarlos, entenderlos, y luego hackearlos en un proceso iterativo de ensayo y error, colaborando con otras personas que comparten el mismo interés.

El ciudadano-hacker

Lo más importante que quizás aprende el alumno-hacker es que la realidad en la que está inmerso y con la que está relacionado es susceptible de ser transformada por su propia iniciativa. Esto es lo que hace la idea de hackear la educación tan interesante pero al mismo tiempo tan peligrosa.

La habilidades que se pueden aprender en un proceso educativo post-industrial son habilidades fácilmente movilizables para múltiples propósitos – encontrar patrones, diseñar y desarrollar solucionar, coordinar su implementación, etc. – y que, por lo mismo, empiezan a construir habilidades latentes que son políticamente significativas. Las mismas habilidades que uno aprende en el proceso educativo son las habilidades que uno necesita para el efectivo ejercicio de su ciudadanía: la idea de que las instituciones son esencialmente transparentes y pueden ser exploradas y analizadas, la idea de que los procesos pueden ser mejorados y de que uno puede ejercer influencia sobre su diseño. No, por sí mismo esto no quiere decir que si empiezo a formar a generaciones de hackers eso por sí mismo generará una cultura política más involucrada y participativa. Lo que quiere decir es que genera la base, la infraestructura a partir de la cual puedo luego movilizar a una población para participar e involucrarse activamente.

Todo esto tiene múltiples consecuencias. La primera es que, por lo mismo, un modelo así concebido tiene todos los contraincentivos institucionales como para ser experimentado o implementado. Es difícil imaginar un escenario, a menos que sea uno muy feliz, donde una política que apunte a incrementar la participación y fiscalización por parte de un público informado sea aprobada sin modificaciones sustantivas. Pero en realidad, siguiendo el mismo modelo hacker, la validación institucional es secundaria a lo que podría volverse una práctica efectiva en múltiples modelos y líneas para-institucionales.

Pero hay, creo, tres consecuencias más importantes. La primera de éstas es que, para todos aquellos involucrados o interesados en un proceso de este tipo, se vuelve imperativo aprender a hackear. Y aprender todo lo que eso significa: desde habilidades técnicas en el manejo de la tecnología, hasta habilidades culturales, logísticas, y etc. Hay que adquirir una disposición hacia la libre experimentación con estructuras e instituciones, al prototipado rápido y la iteración constante. Suena más fácil de lo que es, pero en la práctica implica abandonar prácticas y conceptos que tenemos profundamente instaurados como producto de una educación industrial.

Lo segundo es desarrollar la habilidad para identificar patrones – para aprender más allá del entorno de aprendizaje, y hacerlo productivamente. Es necesario abandonar el paradigma de que el aprendizaje ocurre sólo en salones dentro de colegios o universidades, y empezar a ver cómo fluye a través de televisores, teléfonos celulares, sitios web, blogs, redes sociales, portadas de periódicos, sistemas de transporte público, ferias de gastronomía, y demás. El aprendizaje es una red continua que vamos modificando permanentemente, y vincularse con esa red implica la capacidad de vincularse con cualquiera de sus nodos.

Sobre la tercera consecuencia intento siempre hacer un particular énfasis. Y es que todo esto suena muy bien, cuando uno lo lee en una computadora y tiene acceso a ciertas tecnologías que hacen todo esto comprensible. Pero mucha gente no tiene este acceso, y si empezamos a contemplar que cada vez más la participación social y política pasa por algún tipo de mediación tecnológica, esto quiere decir que grandes segmentos de población terminan siendo dejados atrás. Y eso no es bueno, porque reintroduce distinciones fácticas entre ciudadanos de primera y segunda clase que deberíamos esforzarnos por eliminar. De modo que, en la medida en que contemplamos la necesidad e importancia de resideñar procesos educativos, tenemos que pensar siempre en que los resultados deben estar diseñados para la inclusión y para la accesibilidad: modelos que estructuralmente no contribuyan a agrandar la brecha tecnológica, sino a achicarla.

La ética hacker y el espíritu del post-capitalismo (Notas preliminares)

Este viernes estaré haciendo una presentación en el VII Simposio de Estudiantes de Filosofía en la PUCP, a las 3:45pm en el Auditorio de Humanidades, como la primera parte de lo que he llamado el Ciclo Hacker. Como punto de partida del ciclo, he decidido dar un paso atrás para entender un poco mejor la idea del “hacker” desde un punto de vista filosófico – en particular, quiero intentar articular la noción de una ética hacker y esbozar sus principios, para luego ver la manera en la que esta ética está teniendo efectos que trascienden o extienden su propia comunidad.

El fin de la historia

El punto de partida evidente desde el título es el paralelo con Max Weber. En La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Weber argumenta que hay una correlación entre el surgimiento del capitalismo y la formación de las iglesias protestantes en la temprana Modernidad en Europa: el mayor recogimiento y disposición al trabajo de los protestantes implicó mayor esfuerzo con menor gasto, lo cual llevó a la acumulación de ahorros. Esos excedentes de ahorros se vuelven capital en tanto son vueltos a poner en trabajo a través de la inversión, y de esa manera los protestantes se convierten en los primeros capitalistas.

Indudablemente, el capitalismo entendido en las dimensiones de la ética protestante dista mucho del aparato tecno-económico-industrial del cual participamos hoy día. Marx hizo una lectura aguda del sistema capitalista en el siglo XIX para encontrar una desviación fundamental: si bien todo el intercambio económico se da, originalmente, a partir de las relaciones de mutua necesidad (en el mercado uno satisface sus necesidades por tales y cuales productos), el crecimiento del capital eventualmente lo pone a su propio servicio en lo que Marx llama el “fetichismo de la mercancía”: la economía no se mueve para satisfacer necesidades, sino que se mueve porque es necesario que se mueva. Las relaciones entre personas y cosas se convierten en relaciones entre cosas y cosas cuando su valor de cambio absorbe su valor de uso. Aún así, en la ecuación de Marx aún hay cosas: la economía de los siglos XX y XXI han introducido la posibilidad de intercambiar en el mercado no solamente valores intangibles, sino también no-valores de no-cosas. Las sociedades informacionales, como las entiende Manuel Castells, son actividades que se distinguen porque su producción se vuelve primordialmente simbólica o intelectual y forman economías de conocimiento (no dejan de necesitar cosas, objetos, pero no son aquello que deriva el mayor valor). Pero el capitalismo en su versión más financiera ha empezado a “innovar” con la creación de productos (los populares “derivados”) que no pueden tener valor de uso porque no son cosas, sino que son abstracciones de abstracciones: los bonos hipotecarios tóxicos, por ejemplo, agrupan una cartera de deudas de alto riesgo de hipotecas por propiedades inmobiliarias. Los Credit Default Swaps aseguran y respaldan a los bonos tóxicos contra el riesgo de no-pago. Y así sucesivamente. Si Marx observó como las cosas dejaron estar al servicio de las necesidades para pasar a estar al servicio de sí mismas, hoy podemos observar cómo el capital deja de estar al servicio de las cosas para pasar a estar al servicio de sí mismo.

Todo esto me sirve tan sólo para delinear el contexto. Si faltaba alguna dimensión donde aún no habían sido desmantelados los metarrelatos (y ojo, digo desmantelados, no destruidos, porque no han desaparecido), era quizás el sector financiero, quienes en un escenario donde permeaba la incertidumbre aún representaban un bastión de confianza: alguien debe saber y entender lo que pasa, y deben ser ellos, ya que están haciendo toda la plata. Con la crisis financiera que seguimos viviendo se perforó esa ilusión: en realidad, ellos tampoco saben. ¿Y ahora quién podrá defendernos?

La respuesta desesperanzadora es que nadie podrá defendernos. Pero la respuesta esperanzadora es que nadie tiene por qué defendernos ni tenemos por qué esperar que nadie lo haga.

La ética hacker

Allí es donde aparece la ética hacker como un modelo interesante. La imagen popular del hacker y la del noticiero de las 11 que sale a decir que un grupo de hackers se robó millones de números de tarjetas de crédito, o tomaron un sitio web del gobierno, o cosas así. Pero la percepción pública del hacker está sumamente desinformada y configurada por una malcomprensión fundamental de cómo funciona la tecnología: la tecnología como caja negra impenetrable cuyos procesos me son completamente opacos. Aquellos que consiguen penetrarla (los hackers) pueden, por eso mismo hacer(me) cosas malas.

Pero el núcleo básico de la ética hacker es que no hay cajas negras – o que si las hay, que pueden ser abiertas, exploradas, entendidas y modificadas. La ética hacker se construye sobre la idea de que la cultura no es de “sólo lectura”, sino de que es “lectura/escritura”, y esto viene de su origen tecnológico: la cultura hacker surge en los talleres y laboratorios que diseñaron las tecnologías digitales que utilizamos hoy. Para los hackers tempranos, la tecnología era algo modificable según sus necesidades, y esta misma actitud se tradujo tanto en sus diseños como en sus productos culturales: el movimiento del software libre y del código abierto es una realización de la ética hacker, donde cualquiera puede tomar un producto tecnológico y transformarlo a voluntad. Y esta misma actitud, además, se ve también traducida y transportada no sólo a la producción de herramientas tecnológicas, sino que como ética hacker puede rastrearse y encontrarse en todo tipo de actividades humanas: “hackear” se puede disociar así del objeto o tipo de actividad, y puede pasar a entenderse más bien desde la actitud hacia los problemas.

Eric S. Raymond, un hacker ampliamente reconocido y un importante contribuyente al movimiento del software libre, esbozó la figura del hacker en un texto de 1996, How To Become a Hacker (que he comentado previamente junto con otros textos similares). En este texto, Raymond resume la actitud hacker en cinco principios:

1. The world is full of fascinating problems waiting to be solved.
2. No problem should ever have to be solved twice.
3. Boredom and drudgery are evil.
4. Freedom is good.
5. Attitude is no substitute for competence.

Notablemente, ninguno de estos principios tiene una relación necesaria con el desarrollo de tecnologías. Pero quizás el más interesante es el primero de estos principios: que el mundo está lleno de problemas fascinantes esperando ser resueltos. La ética hacker sí hereda muchas concepciones que se pueden explicar mejor en función a la tecnología: no sólo el hardware y el software, sino la realidad misma, los objetos, los procesos sociales, todos están compuestos por alguna forma de “código”. Todos encierran un conjunto de elementos vinculados entres sí por un conjunto de reglas, que juntos formulan una serie de operaciones válidas (y ya saben que voy a decirlo: juntos configuran una “gramática”), desde la manera como se deben ver las pinturas en un museo hasta el proceso de comprar un auto usado, pasando por cualquier otra cosa. Como también lo argumenta Lawrence Lessig, una de las consecuencias de cibernetizar el espacio es que podemos pasar a entender todo como manifestaciones de código – y si todo es código, entonces todos estos conjuntos de reglas y elementos pueden ser hackeables si tan sólo sus reglas pueden ser descifradas. Para hacer esto, además, uno no tiene necesidad de pedirle permiso a nadie: en la medida en que participo e interactúo con estas dimensiones de la realidad, me es imposible no captar la lógica de su funcionamiento, y percibir sus vacíos y sus posibilidades.

Costos de transacción

Hay, por supuesto, también una variación tecnológica que hace que todo esto sea posible, y que se pueda hablar de una “ética hacker” y una “cultura hacker”. La relativa independencia y autonomía (por no llamarlo anarquía) de los hackers individuales y sus grupos para poder modificar procesos tecnológicos o sociales y compartirlos con comunidades más amplias, articulando gruesamente un “movimiento” de alcance global, es algo tan sólo posible porque la tecnología misma ha modificado los costos de transacción de la acción colectiva, reduciendo enormemente la valla de participación.

La naturaleza de la corporación moderna tiene quizás su anclaje en un artículo de Ronald Coase de 1937, donde describe la “naturaleza de la firma” como un mecanismo para reducir los costos de transacción entre todas las partes involucradas en un proceso de producción. Siguiendo el clásico ejemplo de Adam Smith, si yo quiero vender tornillos, hay toda una línea de producción y un proceso de mercadeo para convertir metal en tornillos disponibles en el mercado. Según Coase, la manera más efectiva (en 1937) de hacer esto es creando una compañía que junte todos esos elementos, reduciendo los costos para que un departamento se comunique con el otro. Allí donde las ganancias superan a los costos de mantener a la compañía en operación, la iniciativa tiene sentido económico y la compañía sobrevive. Más aún, las compañías mejor organizadas serán las que más reduzcan sus costos de transacción y, por lo mismo, sobrevivan en el proceso darwinista del mercado.

Al dinamizar las comunicaciones interpersonales, las tecnologías digitales han llevado los costos de transacción para la acción colectiva casi a ser negativos, o al menos a ser extremadamente bajos. Coordinar un proyecto o un grupo de trabajo, un movimiento, un grupo de amigos, o cualquier otra iniciativa que agrupe a múltiples individuos, se ha vuelto algo extremadamente sencillo en comparación con el pasado de Coase. Clay Shirky ha observado que esto está haciendo posible que surjan muchísimas nuevas organizaciones y no-organizaciones con una capacidad de adaptación mucho mayor a las firmas de Coase: allí donde a una compañía grande le resulta sumamente caro reorganizarse para incorporar nuevas tecnologías, procesos o tendencias del mercado, para un grupo pequeño de gente esto es muchísimo más fácil. Esta es una de las razones por las cuales las nuevas corporaciones tecnológicas han podido crecer tanto en el mercado, al punto de eclipsar a muchísimas de las corporaciones tradicionales del mundo industrial (evidenciado por la rapidez del recambio en los valores que componen el índice Dow Jones a lo largo de los últimos 20 años vs. todos los años anteriores).

Pero aún más interesante que eso, es lo que estas tecnologías están permitiendo a una escala infinitamente menor. Chris Anderon ha argumentado que la reducción en los costos de producción, distribución y acceso por el efecto de las tecnologías digitales configuran una “larga cola” de producción económica que aunque siempre existió, en el pasado representaba el fracaso. Hoy en día, sin embargo, la posibilidad de operar a un costo mucho menor y de agregar mercados antes inaccesibles hacen que operar desde la larga cola sea completamente viable y rentable. Pero es, también, más interesante y gratificante: en el mundo de la larga cola, donde las oportunidades e satisfacer mercados radicalmente más específicos se vuelven justificables económicamente (algo imposible en tiempos de Coase), uno puede dedicarse a proyectos mucho más afines a sus intereses personales y aún así encontrar un mercado viable. Las expectativas de retorno son infinitamente menores, pero también generan que hay espacio para una diversidad mucho mayor de actores y participantes.

El espíritu del post-capitalismo (en donde trato de enlazarlo todo)

Si enlazamos las tres cosas, vamos a ver que hay líneas comunes que enlazan todos estos fenómenos. La ética hacker no sólo está haciendo posible, en cierta medida, la creación de tecnologías que reducen costos de transacción e inauguran mercados antes inexistentes; sino que, al mismo tiempo, sirven como el aparato conceptual que dinamiza y alimenta las iniciativas que pueden empezar a poblar estos nuevos mercados. La idea de que “el mundo está lleno de problemas esperando ser resueltos” es una invitación al hackeo, en cualquier espacio o actividad: podemos hackear tecnología como podemos hackear la educación, el arte, el transporte público, el periodismo, la arquitectura, la gastronomía, las publicaciones, la economía, la filosofía. Todo está a la espera de ser hackeado. Así como lo es el supuesto de que no hay necesidad de legitimación de una instancia superior para poder hacer cualquiera de estas cosas. En el contexto de la ética hacker, es mejor pedir perdón que pedir permiso. Y más aún, el valor de las contribuciones que uno hace a su comunidad se determina por su calidad y por sus contribuciones anteriores; no están determinadas a priori por cartones, títulos, o ninguna otra cuestión externa. Cada comunidad establece sus propias meritocracias dentro de las cuales los participantes adquieren reconocimiento en función a sus contribuciones.

Entonces, si el espíritu del capitalismo terminó por entenderse en términos de agregación – como lo describiría Coase, agregación de funciones para reducir costos y ampliar márgenes, o bajo el capitalismo financiero, agregación de productos y capitales para apalancar productos y capitales – el espíritu del post-capitalismo se entiende más bien en términos de des-agregación. Las comunidades y economías que surgen en el espíritu del post-capitalismo son infinitamente menores en tamaño, pero iguales o mayores en términos de alcance. La idea de “localidad” se ve desarticulada por el hecho de que uno puede establecer vínculos locales con gente que no se encuentra localmente, pero con quienes desarrolla mayores vínculos de afinidad personal. La idea de “comunidad” se puede ver así disociada de su componente geográfico, aunque cómo y en qué medidas es aún una cuestión abierta y ciertamente problemática.

Lo que sí parece más o menos claro es que la tecnología que ha surgido de la mano de la ética hacker en los últimos 40 años, está lentamente configurándose una economía y una serie de relaciones sociales a su imagen y semejanza. El apocalipsis financiero de los últimos años, aunque seguramente pasará y muchas de las operaciones del capitalismo financiero volverán a su operación normal con el tiempo, está sirviendo como incentivo (por interés o necesidad) para que muchas personas y organizaciones exploren nuevos modelos de operación y nuevas expectativas de retorno, que tienden más hacia la sostenibilidad y el crecimiento controlado que hacia el crecimiento explosivo y el máximo retorno posible. Esto se ve evidenciado en tendencias que muestran preferencias cada vez mayores hacia el trabajo independiente o el trabajo flexible, o la aparición de infraestructura elástica que permite operaciones que fluctúan en volumen e intensidad con el tiempo. En otras palabras: en muchos lugares y sectores, es cada vez más frecuente que las persona escojan flexibilidad y conveniencia antes que retorno material directo, allí donde tienen la opción.

El espíritu del post-capitalismo no es propiamente comunismo, ni socialismo, aunque ciertamente tiene tendencias que podrían describirse como tales. En realidad, termina apareciéndose mucho más hegeliano de lo que podría ser marxista: el vuelco post-capitalista se parece mucho a la esfera de la eticidad como es descrita por Hegel, como una esfera de realización colectiva donde el individuo se identifica y participa con la comunidad con la que establece vínculos.

Muchos de lo que están generando estos movimientos podrían fácilmente ser identificados como hackers, aún cuando explícita o conscientemente no conozcan o se identifiquen con los principios de la ética hacker. Pero en la medida en que descifran el código de sus respectivas actividades y encuentran la oportunidad para reformularlo en maneras creativas y de ampliar sus posibilidades, están poniendo en práctica principios de la actitud hacker hacia los problemas: que no hay cajas negras, que no tendría por qué haberlas, y que todo puede en alguna medida ser explorado, entendido y transformado. De esa simple noción se están extendiendo nuevas posibilidades económicas, y toda una nueva revolución industrial.

El lenguaje de los nuevos medios: Presentación en la Cátedra Datos de la UBA

Los últimos días he estado sufriendo de un bloqueo terrible para escribir. Doblemente frustrante porque tenía muchísimos textos que preparar y las ideas simplemente no salían. Muy frustrante. La cosa felizmente ha ido mejorando poco a poco y hoy por fin puedo actualizar el blog después de demasiados días no de abandono, sino simplemente de bloqueo.

Esta semana me dio la excusa perfecta. La Cátedra de Procesamiento de Datos de la Universidad de Buenos Aires me invitó a realizar una presentación en una de sus clases teóricas, en la que también presentó Pablo Mancini. Esta vez presenté una versión ampliada y mejorada de las ideas que había presentado antes en las Jornadas Edupunk en Rosario, hace unas semanas. En el blog de la cátedra hay un resumen de la presentación cortesía de Germán Staricco, junto con las diapositivas que utilicé.

Pero claro, en una presentación nunca alcanza el tiempo para elaborar todos los conflictos o responder a todas las preguntas. Y hay una serie de preguntas y objeciones que han ido surgiendo en los comentarios en el blog de la Cátedra que me dan pie a elaborar algunas ideas y agregar algunos recursos adicionales.

Carlos Sanabria comentó:

Ahora me pregunto, el hackeo más grande a uno de los lugares más importantes del planeta, Wiki Leaks, ¿no perdio todo su sentido al ser brindada esa información a El País, Le Monde, The Guardian, Der Spiegel y The New York Times, 5 medios hegemónicos de europa, que son propiedad de grandes grupos económicos?

Estoy de acuerdo contigo. De hecho, aunque Wikileaks es un buen ejemplo de fenómeno emergente, como organización o movimiento me genera muchísimo – es un aparato que está demasiado centrado alrededor de un personaje problemático como es Julian Assange. Es cierto que Assange ha sido victimizado y perseguido de manera injusta, pero el tipo tampoco termina de convencer: las declaraciones de los periodistas que negociaron con él la publicación de los Wikileaks (y por los cuales tuvieron que pagar muchísimo dinero, además) han dado múltiples versiones de cómo todo esto es más sobre él que sobre los temas de fondo. Wikileaks es un buen ejemplo, pero no es el mejor ni el más interesante: es apenas uno de los primeros.

Carlos Gómez hizo la referencia al documental RIP! A Remix Manifesto y agregó:

“Lxs consumidorxs son creadorxs del arte popular del futuro. Lxs propietarixs de la cultura que remezclamos representan el pasado.
Para asegurar el libre intercambio de ideas y el futuro del arte y de la cultura se redacto este manifiesto:
1 – La cultura siempre se construyó basada en el pasado.
2 – El pasado siempre intenta controlar al futuro.
3 – Nuestro futuro se está volviendo menos libre.
4 – Para construir sociedades libres es necesario limitar el control del pasado.”

RIP!, es un peliculón y lo recomiendo totalmente. Sobre todo la música de Girl Talk. Lamentablemente no nos dio el tiempo para retroceder mucho en antecedentes históricos, pero cuando metes la lectura del “hacker” en la cultura, puedes retroceder y encontrar que casi todas las actividades culturales han consistido siempre en alguna forma de hackeo. Esto es aún más cierto mientras más te acercas a la oralidad, donde cada re-interpretación de una historia es siempre una nueva versión. La idea de que la cultura debe ser “cerrada” y limitada sólo a “los que saben”, aunque también es una constante histórica, sólo se vuelve un patrón industrial predominante en los últimos 300-400 años.

Valentina Stacco comentó:

En nuestra clase se armo un mini debate porque habia compañeros que habian notado una actitud demasiado inclinada hacia los intereses economicos, el debate fue interesante porque lo comparamos con lo expuesto por Eduardo (quien hablo de lo importante del software libre, etc)

Esta es una discusión que da para largo, muy largo, y es un tema que ha surgido en varios de los comentarios. Es cierto que nuevas tecnologías abren el espacio para la participación ciudadana, pero siguen siendo espacios mediados comercialmente y con dueño – por mucho que parezca lo contrario, Facebook no es un espacio público, y Twitter tampoco, pero nuestras actividades públicas/políticas tienen cada vez más preponderancia allí. Al mismo tiempo no son completamente privados, pues el margen de los propietarios/administradores para hacer cambios está restringido por las preferencias de los usuarios. Al mismo tiempo, estas plataformas están posibilitando un nuevo espacio económico a través del abaratamiento de costos: uno puede llegar a un público “masivo” usando estas redes con un mínimo de inversión, y tener el mismo grado de exposición que una marca trasnacional. De modo que estas plataformas también tienen un poder equilibrante de productores más chicos frente a productores más grandes que hace unos años los habrían absorbido o eclipsado. Lo importante por ahora me parece reconocer que todo esto es conflictivo, y que el mundo digital no es un mundo armónico de paz y felicidad, sino que muchas tensiones políticas y económicas recién están empezando a manifestarse.

Mariel Tellechea comentó:

Pero, por otra parte, algunas de las cosas que se dijeron me parecieron obviedades, unas y generalizaciones, otras. En los perfiles de FB o TW, así como en las interacciones en diferentes lugares y con diferentes personas, nadie muestra todas sus facetas. El hecho de tener identidades virtuales en estos medios no implica que busquemos todo el tiempo la aprobación de los otros, pongamos la mejor música o según cómo respondan nuestros “contactos/seguidores” dejemos de poner o no algo que nos interesa.

Hablar de buscar la “aprobación de los otros” puede ser ambivalente y quizás poco claro. Quizás una mejor manera de formularlo sea de buscar la validación de los otros, que tiene menos de la carga psicológica o de autoestima. Lo más importante es que este proceso, que ocurre tanto online como offline, es algo que opera a un nivel inconsciente y casi automáticamente como capacidad adquirida evolutivamente: nuestra capacidad para leer indicadores en los demás respecto a cómo es recibida nuestra propia conducta es una capacidad fundamental para nuestra vida en sociedad. Esto no quiere decir que nuestro entorno determine indefectiblemente nuestra conducta y las cosas que hacemos, pero sí que en ningún caso presentamos nuestra identidad (como lo formuló Erving Goffman) de manera aislada a un contexto social (como, más bien, lo consideraban las utopías liberales de la modernidad). De la misma manera las conductas en estos nuevos medios, cuyas gramáticas aún se encuentran mayormente en formación, se están moldeando poco a poco a partir de las reacciones y validaciones de las comunidades participantes.

Juan comentó:

Personalmente considero que la forma Broadcast de los medios no va a desaparecer, y esta versión demagógicamente democrática 2.0 será complementaria. Creo que las tres transformaciones de las que se habla al principio son muy relativas. Implican un grado de alfabetización digital que no es tal, al mismo modo que desconoce los usos reales de las tecnologías. Incluso nativos informáticos se quedan atrás.

Coincido en que la forma broadcast no desaparece, pero no en la complementariedad de lo digital. La comunicación broadcast no se mantiene tal cual una vez que aparece la tecnología digital, sino que se ve inevitablemente transformada en sus usos, significados y posibilidades: esto es lo que Henry Jenkins llama la lógica de la convergencia, donde las nuevas tecnologías reconfiguran el significado de las viejas tecnologías. De modo que lo digital tampoco puede ser reducido al lugar del mero complemeto. Respecto a las tres transformaciones, sí, pueden verse como relativas, pero eso no las hace menos interesantes ni menos significativas. El hecho de que estos patrones culturales se puedan empezar a identificar en cada vez más ámbitos de las actividades humanas sugiere, justamente, que hay un cambio de conceptos subyacentes al que hay que prestar atención. Eso hace que el tema de la alfabetización digital sea tanto más importante, justamente porque hay gente que se queda atrás. No es que esto no sea un “uso real de la tecnología” – el problema es lo contrario, que es un uso completamente real del cual muchos no pueden participar por problemas estructurales de acceso a la información. Y ése es un problema que hay que resolver.

Florencia Marano hizo mi pregunta favorita:

Otra cosa, realmente hay que hackear todo? Creo que se pueden hallar caminos alternativos dentro de un medio sin necesidad de hackear. Ni el medio me come ni yo lo como a él, creo que pueden verse posiciones de mediación dentro del mismo.

No, no creo que haya que ir por ahí hackeándolo todo o pensando que todo tiene que hackearse. Creo que es más bien la idea de que todo puede ser hackeado, todo refleja un “código” y una estructura que uno puede influenciar y, de ser necesario, transformar. Es importante resaltar que hablar de “hackear” no tiene que ser algo confrontacional o destructivo, como la interpretación popular de los hackers podría sugerir. La ética hacker, más bien, se centra en el hecho de que el mundo está lleno de problemas interesantes, y uno puede dedicarse a resolverlos – en un proceso que siempre involucra aprendizaje y colaboración. Puesto de otra manera, es una lectura tecnologizada de la idea de democracia participativa, y de creer que las estructuras de la sociedad no son “algo” allá afuera, lejos de mi influencia, sino reconocer que uno puede intervenir significativamente en los procesos sociales en los que está inmerso.

Laura Moreno comentó:

En relación a la primera parte de la clase, el hecho de que todo sea hackeable como lo planteó Eduardo Marisca puede abrirnos interrogantes. En nuestra clase práctica surgió un debate sobre cuál es el lugar que le queda a los periodistas o comunicadores dentro de este cambio de paradigma.

Es un tema abierto y que sí, justamente requiere de mucho debate. Lo importante para rescatar es que el rol de los periodistas y comunicadores ha pasado a un momento de renegociación social: si antes su lugar cumplía una función sostenida sobre una escasez de información y lo complicado de su acceso, cuando esas condiciones de escasez cambian por extensión deberíamos suponer también que ese rol y esa función cambian. La discusión se vuelve estéril y poco interesante cuando se formula desde el punto de vista de que el periodismo debería preservarse porque ha cumplido una cierta función valiosa en el pasado que no deberíamos querer perder. Aunque eso puede ser cierto, la idea de preservarlo como existe porque respondía a necesidades del pasado no es muy interesante ni tampoco muy realista: es casi una cuestión museográfica. De modo que, al menos a mí personalmente, me resultan mucho más interesantes los experimentos que están surgiendo en la periferia y en las fronteras de la actividades, que están diseñando y experimentando con nuevos modelos y reinterpretaciones de la profesión que podrían volverse predominantes en el futuro.

En fin, esto es sólo un recorrido por algunos de los comentarios que encontré y que me parecía valía la pena agregar algunas notas. Agradezco a la Cátedra de Procesamiento de Datos por la invitación a lo que fue al final una discusión bastante interesante, y que obviamente ha tenido su extensión transmediática y ha continuado aún después de la clase.

#edupunkarg

El fin de semana estuve en Rosario, Argentina, para la III Jornada Intercátedras Digicom/Datos, excelentemente titulada “Aprendiendo en tiempos de bárbaros, zombies y post-humanos”. Conocí a Alejandro Piscitelli, quien dirige una de las cátedras involucradas, en el McLuhan Galaxy Barcelona 2011, y por él pude participar de este encuentro de no-docentes y no-alumnos dedicados a “hackear la educación” (además de a los cuchillos, los pandas, los canguros, y discusiones particularmente largas sobre las mejores estrategias para sobrevivir a una invasión zombie. Hardcore-geek-style, en otras palabras). Si quieren ver un poco el tipo y volumen de actividad que adquirieron las jornadas pueden pasear por el hashtag #edupunkarg en Twitter. Fue una excelente jornada, la verdad, con muchísimo que comentar y aún más para procesar.

Hice una presentación durante la sesión inicial de la jornada. Intenté volver sobre ideas que he ido explorando hace tiempo aquí en el blog, en otros textos y presentaciones. intentando explorar la manera como nuestra cultura, o al menos la cultura más próxima y cercana al cambio tecnológico, está progresivamente desplazándose de una concepción que podríamos llamar “ingenua” de la tecnología, hacia una cultura permeada por la ética hacker y articulada en torno a varios de sus principios (ética hacker que, por cierto, no es autónoma, sino que en una medida considerable se articula ella misma alrededor de lo que las tecnologías digitales nos permiten). Hay algo que está pasando, algo que amerita mayor análisis, cuando en una época empezamos a ver que nuestros referentes culturales de certeza y estabilidad empiezan a derrumbarse o cuestionarse.

Creo que se puede hablar aquí de tres “desplazamientos”. El primero es el desplazamiento de un entendimiento de la tecnología como una herramienta, al de la tecnología como lenguaje: siguiendo a McLuhan, entender la tecnología como una forma de lenguaje o gramática implica quitar el énfasis en el objeto o el soporte tecnológico, y empezar a observar con mayor atención las relaciones sociales y los protocolos que construimos en torno y a partir de la introducción de una tecnología. Cuando McLuhan señala que “el medio es el mensaje”, el mensaje del medio es su impacto sensorial y social y sus efectos sobre nuestra conducta como cultura, los cuales se nos vuelven completamente transparentes cuando pensamos que las tecnologías son sólo vehículos para nuestras ideas y nuestra voluntad.

El segundo desplazamiento va en la misma dirección: el paso de los espectadores a los usuarios. La lógica y el lenguaje de los nuevos medios es de espacios de co-creación, o mejor dicho, espacios abiertos donde nadie tiene que pedir permiso para ensayar y exploras nuevos tipos de expresiones. Esto no es posible en el modelo de los medios tradicionales, donde para comunicarse masivamente uno tiene que pedir permiso; esa necesidad de pedir permiso y de recibirlo quiere decir que la comunicación aparecía como si tuviera algún tipo de garantía. Alguien, por alguna razón, tiene que haber aprobado esto. Pero, como vemos en casos como el de Rupert Murdoch y News of the World, toda esa garantía es meramente aparente, una ilusión producto de la escasez de canales: el nuevo ecosistema mediático diluye esa ilusión en la medida que le permite a cualquier persona tener un canal. Cuando el espectador se vuelve usuario, cuando deviene prosumidor, es imbuido con un conjunto de superpoderes que evidencian que, en verdad, no tienen nada particularmente especial: cualquiera puede comunicar mensajes masivamente, sin tener que pedirle permiso a nadie, pero por lo mismo, sin ofrecer ningún tipo de garantía. En este ecosistema se vuelve clave desarrollar las habilidades para navegar un flujo de información sobre el cual, a priori, no podemos formular ningún juicio.

El tercer desplazamiento es consecuencia de los dos anteriores: el paso de los consumidores, a los hackers. O, lo que es más o menos lo mismo, el paso de consumidores a ciudadanos, en la medida en que la ciudadanía empieza a redefinirse en términos hackerísticos. Prometedor, pero también peligroso. La ciudadanía así concebida implica entender la realidad que nos rodea como un gran libro abierto, reinterpretable, hackeable. En lugar de ver instituciones que se consumen, a las cuales uno se adapta, el hacker ve problemas, instituciones perfectibles, procesos mejorables. De esta manera es como el ciudadano empieza a apropiarse del espacio, de lo público, de la cultura. Se vuelve de esta manera en el núcleo de una ciudadanía activa, abierta y transparente.

Pero esto es también peligroso, y es un gran desafío, y se desprenden de eso tres preocupaciones sobre las cuales debemos preocuparnos en los siguientes meses/años, si es que no lo hemos hecho ya. La primera es que, si la lógica y la ética hacker empiezan a volverse tan impregnadas en nuestros procesos sociales/culturales, entonces se vuelve pertinente aprender a hackear (y entender cómo se aprende a hackear). Como proceso cultural, o como habilidad técnica, o en realidad como ambos, ya no es algo que se puede dejar simplemente a “otros”, sino que se vuelve una responsabilidad personal también.

La segunda preocupación es que tenemos que desarrollar la habilidad para identificar patrones rápida y efectivamente. Como ya lo señalaba McLuhan, la habilidad para identificar patrones en la cultura será la marca del futuro: las personas que consigan afinar esta habilidad tendrán una ventaja considerable sobre todos los demás. Esto es claro, por ejemplo, en focos de innovación como Silicon Valley, donde la diferencia entre identificar patrones o de crearlos se diluye casi completamente. Identificar los patrones a tiempo, darles nombre, significarlos, tematizarlos, es básicamente crearlos. Aprender a hacer esto a nivel cotidiano se convierte en una habilidad básica para nuestra adaptación a nuevos modelos culturales.

La tercera preocupación, quizás la más preocupante, es que a medida que más y más procesos se mediatizan digitalmente o adquieren al menos mayor significación digital, el tema de la brecha tecnológica se vuelve infinitamente más importante. Si la ciudadanía requiere cada vez más de aprender a hackear, y aprender a identificar patrones y actuar sobre ellos rápidamente, entonces ese segmento enorme de la población que ya de por sí se está quedando atrás en lo tecnológico, se empieza a convertir en una ciudadanía de segunda categoría. Y para los que más nos interesa explorar estas transformaciones y sus posibilidades, y que además podemos corroborar cómo estos espacios o no-espacios virtuales y comunitarios se enriquecen y vuelven más interesantes mientras más gente participe, se nos impone la responsabilidad de hacer algo al respecto. Empezando por tematizarlo, y por discutirlo, pero sobre todo, aprendiendo lo que significa diseñar tecnologías y protocolos para la inclusión.

Éste es un poco el resumen de lo que presenté en #edupunkarg. Aquí también están las diapositivas de la presentación:

La jornada misma merece un comentario aparte. Las sesiones del primer día fueron, digamos, más teóricas o exploratorias, y revisando varias experiencias concretas de hackeo de la educación, de la evaluación, de lo contenidos y demás. Hackear la educación fue el tema recurrente de toda la jornada, visto desde el punto de vista de investigadores, de alumnos, de docentes, de profesionales, o más bien, visto sobre todo desde no-lugares: no intentando definir perspectivas a partir de profesiones o trabajos, sino ver cómo todas se conjugaban entre sí en colaboratorios.

Surgieron muchas preguntas y muchas propuestas. ¿Cómo actualizar, por ejemplo, lo que es la evaluación en un salón de clase para que deje de ser simplemente un “cumplir con el sistema” y se vuelva una herramienta realmente útil para el alumno? Podemos repensar por completo la evaluación cuando podemos empezar a capturar, procesar y sistematizar datos casi en tiempo real. Aníbal Rossi de la Universidad Nacional de Rosario presentó una experiencia en la que el algoritmo de Google sirvió como modelo para procesar las autoevaluaciones de los alumnos de un curso: en lugar de analizar cómo los alumnos evaluaban entre sí, evaluar cómo los mejor evaluados evaluaban a los demás. Si empezamos a llevar este modelo a niveles más complejos podemos incluir más fuentes de datos, procesamientos más complejos, e incluso cursos que terminan evaluándose y corrigiéndose a sí mismos y brindando información sobre el grupo y sobre cada individuo en cualquier momento, en tiempo real.

Personalmente me tocó participar en muchas de las discusiones que involucraban el uso de los videojuegos como herramientas educativas, algo que me interesa particularmente por mi experiencia con el Laboratorio de Videojuegos de Lima. En sesiones temáticas grupales, el segundo día de la jornada consistió básicamente en una experiencia de diseño: primero explorando un problema y desarmándolo en sus elementos componentes, y a partir de ellos buscando posibilidades de acción y de impacto. El resto del día fue una oportunidad para diseñar colectivamente recursos y productos para, en este caso, la integración de los videojuegos en el proceso educativo, trabajando por un lado con docentes, por otro lado con jugadores. Salieron buenas ideas, que con suerte serán reunidas pronto en un primer prototipo y eventualmente en un producto que podamos mostrar al público. Lo increíble es lo rápido que un grupo de gente puede hackear este proceso: en menos de un día teníamos un contexto, una serie de ideas, diversas posibilidades para un producto, e incluso los principios de un prototipo. Quizás con un poco más de tiempo habríamos podido cerrar la jornada con un prototipo funcional terminado, analizado, y con feedback capturado.

En fin. Fue una sesión sumamente interesante, que a mí particularmente me sirvió para entender mucho mejor lo que está sucediendo en Argentina en términos de estudios de medios y tecnología y cómo se están leyendo y sobre todo aplicando diversas ideas. Mucha gente muy creativa, muy bien informada, con muchos fundamentos, y con muchísimas buenas ideas para explorar y desarrollar. Así que tengo muy buenas expectativas de ver los resultados que saldrán de esto en las próximas semanas.

Viviendo en el ecosistema Kindle

Creo que hay que empezar por aquí:

Soy un bibliófilo. Compro infinitamente más libros de los que puedo leer, incluso más de los que puedo cómodamente almacenar. Reconozco que tengo un problema, y que no tengo ninguna intención de hacer algo para solucionarlo (bueno, quizás instalar más repisas).

Hace tiempo venía considerando la posibilidad de conseguirme un Kindle por las múltiples ventajas ofrecidas por los libros electrónicos. Finalmente, terminé consiguiéndome un iPad, para el cual existe una aplicación de Kindle que permite comprar, descargar y leer todo el catálogo disponible para el Kindle en el tablet de Apple. Y quería compartir algunas notas de la experiencia.

  • Leo muchísimo más. No se trata simplemente de “leer en el iPad”. Como dice el título del post, el Kindle genera un ecosistema. Cuando estoy en casa puedo avanzar la lectura en cualquier momento donde la dejé en el iPad. Pero cuando salgo a la calle, puedo sincronizar mi lectura con la nube en el iPod antes de salir (también hay una aplicacón Kindle para iPhone/iPod), y seguir desde donde me quedé mientras viajo en el transporte público. Leer en el iPod no es ideal, pero es suficientemente cómodo como para avanzar un rato en el colectivo.
  • Compro aún más libros. La “fricción” de ir a la librería desaparece – puedo comprar los libros que quiera en cualquier momento. Esto es genial y es terrible. Si leo una recomendación de un libro, puedo entrar a Amazon, buscar el libro, comprarlo con un click, y ya lo tengo en el tablet listo para leer. Maravilloso. Pero uno encuentra estas recomendaciones todo el tiempo, así que termina haciéndolo mucho más seguido. De hecho, el otro día me encontré a mí mismo comprando libros en Amazon mientras estaba en una librería (un libro te recuerda a otro que no tienen, lo buscas, lo encuentras, lo compras). A Amazon le encanta esta idea, pero a mi cuenta bancaria no tanto.
  • Precios y disponibilidad. Para mí esto es lo mejor, sobre todo participando de este ecosistema desde América Latina. Porque por este canal, puedo acceder a los libros más recientes en sus ediciones originales, sin tener que esperar que lleguen al sur o incluso a que se hagan traducciones. Las ediciones de Kindle deberían ser más baratas que, por ejemplo, las ediciones en paperback, es cierto. Pero aún al precio al que están son más baratas que el típico libro importado/traducido que uno encuentra en la librería: un libro de US$15 es, por ejemplo, un libro de unos S/.45 o AR$60, que en realidad, no es caro para un libro. Pero uno tiene acceso seguro a la edición antes de que llegue al país, si es que llega, y probablemente llegaría más caro.
  • Extraño el objeto físico. Es inevitable, termino extrañando el libro mismo. Verlos acumulados en pilas de colores y demás. Hay una plasticidad que se pierde inevitablemente en la relación con el libro.
  • Segmento mi lectura. Esto está relacionado con lo anterior. Por lo mismo que añoro el objeto físico del libro, encuentro que termino usando más el ecosistema Kindle para leer más de libros que son, de alguna manera, menos significativos para mí. Más utilitarios. Encuentro difícil apegarme a un libro sobre negocios o sobre programación de la misma manera como me apego a mi novela favorita, o un texto con el que trabajo continuamente y tengo todo marcado. De modo que se me produce una suerte de segmentación natural. Lo cual está incentivando, además, que lea muchísimo más sobre temas que no exploraba antes y, por lo mismo, esté aprendiendo muchísimas cosas nuevas.
  • Esto recién comienza. Utilizando estas herramientas rápidamente uno se va dando cuenta que aún hay mucho más por explorar. Cuando estas herramientas recién aparecían me preguntaba cómo transformarían la experiencia de la lectura (irónicamente, me quejaba también del iPad). La descripción la tienen en los puntos anteriores, pero creo que falta mucho por explorar. Por lo que he visto, las ediciones electrónica siguen siendo la última rueda del coche en su cuidado y calidad, a pesar de los incrementos enormes en ventas en los últimos meses. Por otro lado, hay integraciones que uno espera como naturales que aún no se han dado – seleccionar un pasaje y enviarlo al blog para poder comentarlo directamente, o compartirlo a través de redes sociales. La integración social de la lectura apenas si ha sido explorada, quizás porque choca de cara con la interpretación típica de la lectura como experiencia individual, aislada, casi solipsista.

Estoy muy interesado en este segmento y siguiendo los desarrollos con atención. Con Daniel Luna estamos en proceso de investigación y de organización para armar un proyecto de “editorial electrónica”, aprovechando los recursos que hoy hay disponibles. Repensando la publicación y la función de la editorial para el contexto presente, y el sentido mismo de los “textos”, y cómo eso transforma el mercado. Así que seguramente seguiré comentando el tema continuamente.

Tecnología como lenguaje

Hoy día tuve una presentación en el McLuhan Galaxy Barcelona 2011, una conferencia que va desde hoy lunes hasta el miércoles bajo el título “Understanding Media, Today”: una relectura contemporánea de la obra de Marshall McLuhan en el año del centenario de su nacimiento.

El título de mi presentación fue “Technology as a Form of Language: The Folklore of Electronic Man” (sí, la presentación está en inglés). En ella intenté elaborar la noción latente de “gramática” que se puede encontrar en McLuhan como el conjunto de protocolos sociales que norman el uso socialmente apropiado de una u otra plataforma tecnológica (e incluso la propiedad de optar por una o por otra plataforma).

Para ello también recurrí al buen Ludwig Wittgenstein y su concepto de juegos del lenguaje para describir cómo funcionan estas gramáticas internamente y cómo es que las aprendemos (es decir, cómo aprendemos a utilizar la tecnología), y Walter Benjamin para entender cómo la capacidad para ampliar los límites de las expresiones aceptadas se está ampliando con la aparición de nuevas tecnologías, así como el significado político y cultural de esta ampliación. Responder a esta ampliación requiere, entre otras cosas, que cambiemos nuestras nociones sobre lo que significa educar en el uso de nuevas tecnologías.

Si están interesados en el tema, pueden descargar el texto de la presentación aquí, que está disponible también en las actas de la conferencia que incluyen todas las demás presentaciones que se harán en estos tres días. Este texto, junto con todos los demás, están bajo una licencia Creative Commons que permite su reproducción y redistribución.

La presentación que usé esta tarde pueden encontrarla también aquí debajo (aunque por sí solas no sé cuán útiles sean):

Cualquier comentario es siempre bienvenido. Espero también compartir luego más noticias del McLuhan Galaxy Barcelona 2011, que pueden seguir en Twitter bajo el hashtag #mcluhanBCN11.

¿Quieres enterarte más de las ideas de McLuhan? Te recomiendo el e-book que compilé hace poco con algunas ideas sobre sus ideas.

¿Y ahora quién podrá defendernos? (v2.0)

Hace como año y medio, el Shin Bunka Yugo Club me invitó a realizar una presentación sobre Death Note desde una aproximación filosófica, en la cual hablé sobre cómo Death Note planteaba problemas éticos y existenciales propios de un mundo marcado por la “muerte de Dios” nietzscheana, donde no podemos propiamente confiar en que siempre habrá alguien que se encargue de protegernos, de resolver nuestros problemas o incluso de salvaguardar el orden moral.

Hace poco me invitaron a repetir el mismo evento ante un nuevo público, así que eso me dio oportunidad para mejorar y pulir algunas de las ideas que se presentaron en esa ocasión. Mi presentación proyectada anoche en el centro Peruano-Japonés pueden encontrarla debajo:

El principal problema de no hacer estas presentaciones en vivo es que me pierdo de las preguntas y el diálogo que se generan. De modo que si tuvieran cualquier duda, pregunta o comentario, por favor no duden en hacerlo debajo.

Observaciones porteñas, 6

Microcomercio

Buenos Aires encierra la paradoja de que para ser una ciudad enorme, aún mantiene un alto nivel de vida de barrio. Y eso se ve reflejado claramente en su estructura de comercio: en Buenos Aires el microcomercio no solamente resiste, sino que empuja hacia atrás al gran capital, por ponerlo de alguna manera.

No es una ciudad de grandes centros comerciales: los hay, y están llenos de gente, pero no están por todos lados, ni en los lugares más céntrico ni son tan centrales a la vida comercial de la ciudad. Son, más bien, las tiendas pequeñas las que siguen con vida más allá de las predicciones. Las bodegas y minimarkets a pesar de que hay abundantes supermercados por todas partes, las ferreterías de barrio a pesar de grandes home centers que aglomeran enormes variedades de productos.

Y no es que las grandes tiendas no tengan movimiento: de hecho lo tienen, y siempre están llenas de gente. Pero aún así existen en todos los barrios carnicerías, heladerías, panaderías, tiendas de pasta artesanal, que son decisivamente operaciones de pequeña escala cuyo relevancia en el mundo contemporáneo ha sido muchas veces descartada, ante el argumento de que mayores concentraciones de productos, aprovechando economías de escala, serían capaces de eliminar a estos pequeños comerciantes por su ventaja en precios.

Pero no sucede.

Lo que termina sucediendo es que el microcomercio cumple un papel clave dentro de la vida de la ciudad, y consigue brindar una oferta diferenciada. En una ciudad sumamente grande y densa, sin una larga tradición de grandes tiendas, es complicado por el valor de los terrenos que enormes complejos comerciales abran en zonas muy céntricas. De modo que las distancias, tiempos y accesos a estos son más complicados, lo cual es un factor que juega a favor de las pequeñas tiendas, que están más cerca, a menudo a pocas cuadras.

Las tiendas pequeñas son capaces de ofrecer una doble diferenciación. Por un lado, son capaces de brindar un servicio mucho más personalizado, sumamente personalizado. Son, efectivamente, tiendas de barrio. Pero también, por alguna razón, son también capaces de ofrecer mejores productos que las grandes tiendas. Las fruterías y verdulerías tienen mejores productos que los supermercados, más frescos, así como también las carnicerías. La pasta fresca que uno consigue también es mejor, y así sucesivamente. De modo que el microcomercio se defiende no sólo en la calidad del servicio sino también en la calidad del producto. Incluso, en algunos casos, consigue defenderse hasta en el precio.

Es una variante interesante la del capitalismo porteño, conformado por operaciones más pequeñas y personalizadas. Por lo mismo, operaciones mucho más cargadas de significado, articuladas dentro de sus realidades locales inmediatas. Y que a pesar del crecimiento visible de operaciones a gran escala, no sólo no ceden terreno sino que se mantienen como la norma más que la excepción. A diferencia de otras ciudades (por ejemplo Lima), el comercio e incluso la producción a pequeña escala no están desapareciendo sino que están plenamente integrados en el tejido de la ciudad.