Organizaciones virtuales

Uno de mis puntos recurrentes es que hacer cosas es hoy mucho más fácil que nunca, y esta posibilidad abre la puerta para todo tipo de nuevos emprendimientos. La base de esta posible nueva economía viene del abaratamiento de costos de transacción que hace posible la aparición de nuevas formas de organización para la acción colectiva, un punto inteligentemente desarrollado por Clay Shirky (sobre todo en su libro, Here Comes Everybody):

Hace tan sólo unos años, para emprender cualquier tipo de iniciativa se necesitaba de una cantidad significativa de recursos. La capacidad de convocar y reunir un equipo de trabajo y brindarles el acceso a los recursos y la información que necesitan para poder sacar adelante un proyecto tenían una valla de entrada mucho más alta: si las opciones de comunicación son limitadas, entonces tengo que reunir al equipo en un mismo espacio físico donde poder reunirse, que además esté habilitado para trabajar. El costo de adquisición de información era también más alto: para acceder a ella debo invertir en libros, en suscripciones a revistas, en cursos o seminarios, lo cual eleva el costo de mantener al equipo informado. Si, además, el propósito es comunicar ideas al público, eso tiene otro costo adicional: si la oferta mediática es limitada (pensemos en los medios impresos, la televisión y la radio), acceder a su capacidad limitada de transmisión es sumamente costoso – una de las principales razones por las cuales la profesión del relacionista público pasó a ser tan importante. Si quiero imprimir un libro con ideas, debo también llevar ese libro al mercado, distribuirlo, promocionarlo, y el costo de todo ese proceso será directamente proporcional al alcance que quiero que tenga mi mensaje.

La sumatoria de todos estos costos elevados se traduce en que hay un enorme desincentivo para hacer cosas por simple interés propio. Emprender un proyecto quiere decir poder asumir estos costos, lo cual a menudo se traduce en requerir de inversiones externas de capital que usualmente se darán sólo bajo la condición de ofrecer un cierto retorno sobre la inversión. Las organizaciones que mejor se posicionen para reducir sus costos de operación y brindar el mejor retorno posible se convierten en aquellas que son más capaces de recibir estas inversiones, y con ellas asumir los costos que tienen sus iniciativas.

Esto hoy ha cambiado por completo. Pero a pesar de que los costos para organizarse para un proyecto se han reducido enormemente, la percepción pública se mantiene en gran medida dentro de los viejos parámetros (hay gente, incluso, que piensa que uno tiene que pedir permiso o enviar una solicitud para hacer algo como crear un #hashtag en Twitter). Lo cual hace que la valla percibida que tiene el hacer cosas sea bastante mayor de lo que es realmente.

Ensamblar una operación virtual, de hecho, es relativamente fácil, incluso de una manera que sirve para empezar a comunicar ideas al público. Es muy rápido, y además gratuito, inaugurar una presencia web creando un blog en una plataforma como WordPress, a través de la cual, además, por unos US$17 anuales se puede registrar un dominio .com, .org o .net que le da una apariencia mucho más “profesional” al blog (lo mágico de este es que, para muchas personas, tener tu propio dominio .com es entendido incorrectamente como algo reservado para organizaciones o empresas “grandes”, no como algo al acceso de potencialmente cualquier persona, lo cual eleva aún más el valor percibido de una acción simple como ésta).

Una vez que tienes el dominio, hay un beneficio adicional que puedes conseguir para tu proyecto: Google ofrece una versión gratuita de Google Apps para grupos de trabajo de hasta 10 usuarios. Es decir que, si tienes menos de 10 personas participando del proyecto puedes acceder a la colección de herramientas profesionales de Google que incluyen, especialmente, cuentas de correo electrónico que funcionan con tu propio dominio (otro valor importante en términos de comunicación con el público), la posibilidad de crear y editar documentos colaborativamente a través de Google Docs, y de manejar calendarios compartidos utilizando Google Calendar.

Cuando lanzamos el Laboratorio de Videojuegos de Lima hace alrededor de dos años y medio, teníamos poco más que esta infraestructura, y no necesitábamos mucho más tampoco. Con esto nos era posible circular ideas entre el equipo de trabajo y comunicarnos con otras personas manteniendo una imagen integrada (todos con el mismo dominio), coordinar eventos y actividades entre nosotros, y publicar artículos, ideas y comentarios utilizando nuestro blog. Incluso hoy, es poco más que esto lo que tenemos o necesitamos. Funcionamos como una organización totalmente virtual, sin una base fija de operaciones (de hecho, coordinamos ideas y actividades entre Lima y Buenos Aires), sin un espacio físico, teniendo reuniones por Skype y comunicando ideas con un blog. Pero incluso este mínimo de infraestructura tiene un importante valor psicológico cuando presentamos la iniciativa: la percepción de que hay todo un aparato complejo y articulado detrás, una inversión de recursos propia de grandes estructuras. No es que nos presentemos como tal, pues no lo hacemos: es simplemente un hecho inductivo, de asumir por asociación que esta apariencia de complejidad debe requerir una cierta infraestructura a su vez compleja. Pero la realidad es que las herramientas a nuestra disposición nos permiten una infraestructura mucho más versátil y mecanismos organizativos mucho más dinámicos.

En realidad, es poco más lo que se necesita para empezar un proyecto. Ese valor psicológico externo sirve también internamente: el otro día, me quejaba en Twitter de que mi solución a cualquier problema es crear un sitio web, aún cuando no necesariamente venga al caso. Es mi mecanismo de entrada para empezar a pensar en cómo hacer algo, cómo movilizar un proyecto (cómo “hacer cosas”): establecer este tipo de presencia virtual es también decirse a uno mismo, y a un equipo de trabajo, que un proyecto va en serio. Es una forma de hacerlo público, lanzarlo al mundo: una especie de acto fundacional. Como poner la primera piedra. Esta primera piedra, además, sirve como eje de articulación para todas las actividades del proyecto.

Es también relativamente fácil complementar esta infraestructura básica con otros canales de comunicación y de articulación de una comunidad: crear una página en Facebook o una cuenta en Twitter ayudan, también, a difundir públicamente actividades e ideas, son relativamente fáciles de mantener y aportan colectivamente a la idea de que hay un esfuerzo articulado y planificado detrás del proyecto.

No estoy intentando decir que haciendo todas estas cosas, uno ya haya hecho todo lo que tiene que hacer. Ése no es el punto. El punto es que uno puede hacer estas cosas, relativamente fáciles, y estar en excelentes condiciones para la operación de un proyecto, sin tener que esperar (o utilizar como excusa) a contar con herramientas más sofisticadas o infraestructura más compleja para poder empezar a implementar ideas. Hoy tenemos más flexibilidad que nunca para iniciar proyectos, pero solemos utilizar las herramientas como excusa para no sacarlos adelante; o un apego demasiado fuerte hacia manera tradicionales de hacer las cosas como razón para no experimentar con nuevos modelos organizacionales y formas de trabajo. De hecho, tenemos mucho más que ganar experimentando con nuevos modelos y herramientas. Y aunque también es cierto que la facilidad para implementar ideas nos introduce a un contexto donde, también, serán más las ideas que fracasen, esto nos da también la posibilidad de fallar a un costo muy bajo que nos permita reformular, reevaluar y reconsiderar ideas y proyectos antes de que nuestro costo hundido sea demasiado significativo. Aquí es, más bien, nuestro soporte cultural el que no se está viendo actualizado suficientemente rápido: seguimos dándole mucho más valor a un camino costoso hacia el éxito antes que a uno muy barato hacia el fracaso. Pero la ventaja estructural de valorar el fracaso barato es que nuestro proceso de aprendizaje y refinamiento es muchísimo más acelerado pues aprendemos continuamente a partir de un proceso de prototipado rápido. Es parte de una lógica operacional, popularizada, entre otros, por organizaciones como Google, de “release early, release often, iterate” (“publica temprano, publica seguido, e itera”).

#azoteahacker

El otro día se armó una buena discusión en Twitter bajo el hashtag #azoteahacker, cuyo resumen pueden encontrar en el blog del Morsa.

El concepto estaba bueno. Estábamos conversando sobre los espacio de hackeo, de experimentación libre y de aprendizaje colaborativo. Espacios donde uno aprende a fallar, y a resintetizar los fracasos y convertirlos en materia prima de nuevos experimentos. Es lo que en la cultura anglosajona es el garaje: la banda de garaje, el taller en el garaje, incluso la mítica empresa que empieza en el garaje y, como Hewlett-Packard, se termina convirtiendo en una gigantesca corporación.

El garaje es lo que en nuestro contexto cumplió hasta cierto punto la azotea. De entrada, porque en la azotea era donde estaban las cosas que sobraban: no necesariamente basura, porque no se botaba, pero que no tenía una utilidad específica. Para un niño es un espacio ideal, porque uno puede reutilizar lo que allí hay libremente: si se arruina nadie lo extraña, si se pierde nadie lo busca. Uno tiene campo libre para jugar con esas piezas, convertirlas en un refugio, juntarlas, romperlas, separarlas, desarmarlas. Eso, aprender rompiendo, es uno de los principios básicos de la ética hacker.

Pensábamos en laboratorios colectivos que han seguido un poco este modelo, como por ejemplo Escuelab: espacios de aprendizaje sin currícula y sin títulos, llenos de herramientas de gente más y menos experimentada, diversa, de la que uno puede aprender. Estos espacios tienen una gran cantidad de ventajas: empezando porque sirven como semillero para que jóvenes aprendan competencias profesionales/laborales del mundo digital sin necesariamente tener que pasar por una educación formal. Es, por ejemplo, el modelo de Electrocooperativa, en Brasil, donde los jóvenes adquieren habilidades digitales aprendiendo a mezclar música, grabar y editar videos, comunicarse online, y pueden luego utilizar esas habilidades laboralmente.

Lo que empieza a ocurrir es que en estos espacios empiezan a formarse grupos, equipos, y empiezan a surgir todo tipo de proyectos. Algunos de estos proyectos tienen potencial económico, generan innovaciones interesantes, y se convierten en vehículos de desarrollo económico para grupos de jóvenes que muchas veces no tendrían acceso, de otra manera, a un sector altamente calificado del mercado laboral. Es testimonio, además, de que la universidad y la educación superior no es necesariamente el único o el mejor canal para adquirir las competencias y el conocimiento que se requieren en la economía digital. Estos laboratorios, azoteas donde jóvenes y no-tan-jóvenes acceden a recursos y contexto para aprender a “hackear”, se convierten entonces también en incubadoras de todo tipo de proyectos e iniciativas.

Lo más interesante es que estas habilidades empiezan a construir también una ciudadanía más involucrada y comprometida. La azotea-hacker se vuelve también un laboratorio donde uno aprende a apropiarse del espacio público, aprende que uno está rodeado de sistemas complejos que tienen reglas que pueden ser descubiertas e influidas; que uno puede hackear y mejorar esos sistemas. Cuando esas habilidades empiezan a traducirse a lo público, lo que resulta es una ciudadanía activa, un ciudadano-hacker.

A partir de allí hay muchas cosas que podríamos empezar a especular o imaginar. Así como existe Escuelab, todo niño y todo joven debería tener un espacio similar, una azotea hacker, a la vuelta de su casa, a unas cuadras, donde poder juntarse con otras personas, con mentores, con amigos, y simplemente hackear. Lo mejor es que los techos que podrían aprovecharse como azoteas-hacker están ahí, probablemente desaprovechados actualmente: piensen, por ejemplo, en los techos de edificios públicos, municipalidades, colegios, en los cuales simplemente se dejan cosas tiradas para siempre. Todo lo que podríamos hacer con esos espacios: todo lo que un grupo de jóvenes podría vincularse con su barrio, con su comunidad, si empezara a asistir a talleres y a aprender cosas hackeando en el techo de su municipalidad, todo lo que podrían desarrollarse microeconomías locales, mercados de productos y servicios en torno a actividades digitales.

Si empezáramos a cultivar estos semilleros, estas incubadoras, serían la infraestructura que necesitamos para que a mediano plazo se empiece a construir una industria de alta tecnología adecuada para la economía del conocimiento. Estos esfuerzos surgen, de esta manera, “desde abajo”, y se impregnan mejor en la cultural local que otros esfuerzos más bien artificiales, grandes políticas “desde arriba” que no necesariamente logran siempre cuajar debidamente.

P.D.: Una pena que este libro no esté en edición Kindle: Hanging Out, Messing Around, and Geeking Out: Kids Living and Learning with New Media.

Redes sociales internas

Me parece cierto que la naturaleza y los tipos de organizaciones están cambiando drásticamente, pero esto es cierto no solamente hacia afuera sino también hacia adentro: es decir, la manera como operan y trabajan las organizaciones, en un sentido amplio, está cambiando sustancialmente. Las organizaciones funcionan distinto, trabajamos de maneras diferentes y nuestras expectativas, y sobre todo las expectativas de nuevas generaciones que entran a formar parte de estas organizaciones, son significativamente diferentes.

Un ejemplo muy básico: hoy día prácticamente cualquier persona que entre a trabajar a una organización, estará acostumbrado a utilizar diariamente redes como Facebook, Twitter, YouTube, etc. Aún así, siguen siendo muchas las organizaciones – públicas, privadas y sociales – que filtran todas estas redes por considerarlas fuentes de distracción que reducen la productividad. Y sí, lo son, pero ése no es el punto: el punto es que el uso de estas plataformas ya es la línea de base, la expectativa mínima que tenemos. No entender esta suposición básica implica, de entrada, una declaración de desconfianza hacia las personas que trabajan en nuestras organizaciones. Esto es importante porque cada vez más, las relaciones entre empleadores y empleados se configuran en torno a la negociación de la confianza y la transparencia.

Pero lo opuesto también es posible – no solamente no resistirse (y fracasar en el intento), sino además aprovechar toda esta dinámica social que se puede construir entre las personas. El uso de herramientas de redes sociales, no solamente a nivel externo, sino también a nivel interno, puede ser una profunda fuente de transformación en la manera como trabaja una organización. Salesforce es una compañía que ofrece herramientas corporativas basadas en la computación en la nube – principalmente, su producto de CRM (Client Relationship Management) que permite centralizar toda la información de las relaciones que maneja una organización, y hacer seguimiento detallado de las interacciones. A este producto han agregado otro llamado Chatter, que funciona esencialmente como una red social interna dentro de una organización: una combinación de características conocidas de Facebook o Twitter, integradas con la plataforma CRM y los usuarios de la organización.

Salesforce está apostando a que Chatter puede cambiar la manera como los trabajadores de una organización se relacionan, tanto así que están promoviendo la herramienta fuertemente para su uso interno. En Ashoka también utilizamos Salesforce como CRM y estamos promoviendo el uso de Chatter como plataforma interna de colaboración: la adopción es simple porque es una herramienta que resulta fácil de asimilar para quienes vienen de usar Facebook, Twitter, o alguna otra red social; y es un canal sencillo de actualizar que facilita la comunicación interna, transparente y más allá de las jerarquías organizacionales. De modo que no cualquier organización puede adaptarse tan fácilmente a la naturaleza de Chatter: introducirse en este modo de operación implica comprometerse con cierto grado de horizontalidad y flexibilidad, e implica una fuerte declaración de confianza hacia los usuarios/trabajadores (algo que, en nuestro caso, es muy propio de la cultura interna de Ashoka).

En cierto sentido es obvio: sólo implementarían una herramienta de comunicación interna como Chatter organizaciones que ya hayan dado el salto a establecer un fuerte vínculo de confianza con sus trabajadores. Pero ocurren dos cosas: primero, que conforme este tipo de herramientas y formas de comunicación se vuelvan más comunes, la expectativa de todo nuevo trabajador será, de entrada, contar con este tipo de herramientas para comunicarse con sus colegas. Pero por otro lado, está la propuesta de valor que promueve Salesforce: cuando se desmontan las barreras tradicionales entre unidades operativas y se simplifica la comunicación a través de la organización, el resultado es un equipo con facilidades para colaborar y un fuerte incentivo para la innovación una vez que la información es liberada. Un equipo capaz de comunicarse abiertamente es un equipo en mejor posición para adaptarse a diferentes situaciones o para formular nuevas ideas y propuestas.

Ahora, además, hay la posibilidad de probar Chatter libremente – Salesforce ha habilitado en Chatter.com la posibilidad de que cualquier persona empiece a probar esta herramienta interna creando una cuenta con su dirección de correo electrónico de trabajo, pudiendo conectarse con otras personas de su organización que hagan lo mismo. Hay otras herramientas que ofrecen servicios muy similares: Yammer, por ejemplo, es otra herramienta muy pulida, gratuita, para conectar redes internas en una organización, muy parecida a Twitter. La principal diferencia es que Chatter se integra naturalmente con toda la funcionalidad del CRM de Salesforce – algo a lo que uno no puede acceder gratuitamente, pero que, obviamente, Salesforce espera que sus nuevos usuarios quieran probar luego de experimentar los beneficios de Chatter.

Investigación colaborativa

Al menos de donde yo vengo (la filosofía) la investigación siempre es una actividad individual. Al menos entendida como tal, quizás no necesaria o estrictamente practicada así. Es decir, al menos en la filosofía, y en general en las humanidades, el trabajo de investigación es una labora del investigador, solo, en una biblioteca, en una oficina, qué sé yo, pero siempre en un lugar con muchos libros, leyendo compulsiva y desmesuradamente enormes cantidades de contenido y quizás tomando algunas notas, haciendo apuntes. Luego de suficientes notas y apuntes, el investigador empieza a reunir sus ideas y sintetizas sus descubrimientos en algún tipo de producto escrito, en un artículo, un ensayo, quizás hasta un libro.

La investigación es una práctica concebida de manera solipsista, autónoma, individual. Digo pensada, porque en la práctica no funciona tan así: uno conversa con otros sobre lo que investiga, busca sugerencia, recibe recomendaciones que van ayudando a expandir o dirigir lo que uno intenta encontrar. Pero a pesar de ese grado de socialización, el acto mismo de investigar lo sigue haciendo uno por sí solo, en la gran mayoría de los casos.

Hay, creo, y están apareciendo cada vez más maneras diferentes de entender la investigación. Como una práctica menos aislada, menos solitaria, más integrada, social y colaborativa. Aún así, en la filosofía esto no se ve mucho – aún. Pero tiene sentido pensar en grupos de investigación trabajando sostenidamente en productos conjuntos, retroalimentándose continuamente en el curso mismo de sus investigaciones y no solamente como algo externo.

Es, también, parte de cambiar el enfoque del producto, al proceso mismo de investigar, como un acto de continua transformación. Es análogo, si quieren, a la diferencia de demostrar autoridad publicando un artículo o un libro, o publicando un blog: el objeto impreso demuestra la autoridad del autor en tanto producto, mientras que el blog lo hace en tanto proceso, en tanto conversación siempre en movimiento, siempre falible y siempre abierta a crítica. Es el proceso de formación y transformación el que importa, más que el resultado mismo que es, en gran medida, descartable y continuamente superado.

Tenemos que pensar en nuevas formas de investigar, y de aprender a investigar como actos colectivos. Esto tiene muchas implicaciones, desde cómo escogemos temas, cómo los formulamos, cómo los presentamos, cómo los mejoramos. Cómo nos organizamos socialmente para investigar: quizás en pequeños grupos, continuos, constantes, y qué utilizamos para organizarlo ahora que tenemos nuevas herramientas para hacerlo.

Ampliando el espectro de las organizaciones

En general, asumimos que las organizaciones son de uno de tres tipos. Sabemos que hay organizaciones del sector privado, es decir, organizaciones que se organizan con fines de lucro, y ese objetivo último articula y le da sentido y cohesión a sus planes de acción. Es decir, básicamente, empresas. Sabemos también que hay, podríamos decir, organizaciones y organismos del sector público – todo lo que ocurre dentro del ámbito de un Estado. Ministerios, direcciones, jefaturas, y demás instancias y agencias que forman parte de la administración pública. Y sabemos, también, que hay organizaciones del sector social, es decir, organizaciones no motivadas principalmente por el lucro pero que tienen objetivos privados, muchas veces con un interés público pero sin ser parte del aparato estatal.

Esta manera de entender los tipos de organizaciones es, en general, la manera usual como lo hemos venido haciendo. O eres una empresa con fines de lucro, o eres parte del estado, o eres una organización social (usualmente definida negativamente, como No Gubernamental, o como Sin Fines de Lucro). Obviamente, estas organizaciones actúan entre sí de diferentes maneras, y existen por diferentes razones y motivaciones. Según la teoría económica clásica, y el liberalismo que suele ir de la mano, el sector privado y sus organizaciones existen porque existen demandas y necesidades de la sociedad suficientemente grandes que justifican la inversión en satisfacerlas. La inversión se ve justificada porque generará retornos que no solamente cubren la inversión, sino que generan beneficios y utilidades para los inversionistas. Si una necesidad no es lo suficientemente relevante para la sociedad como para pagar por ella, no existen los incentivos para que en el sector privado surja una organización que atienda a esta necesidad.

El sector público tiene un mandato más allá de los beneficios particulares. Es decir, hay necesidades sociales que necesitan atención, aunque no generen utilidades. Así que tenemos al Estado para encargarse de eso. Pero, además, hay necesidades existentes que el Estado es incapaz o no tiene el interés de atender – para lo cual surgen organizaciones privadas que buscan responder a estas necesidades de orden público, desde el sector social. Esto no pretende ser una gran deconstrucción organizativa ni un modelo teórico consistente, son sólo algunas percepciones generales de dónde encaja cada cosa.

La cuestión se pone interesante por lo siguiente (y pueden echarle la culpa a Clay Shirky): nuevas tecnologías de la comunicación modifican los costos de transacción que se requieren para organizarnos colectivamente, cualquiera sea nuestro fin o nuestra motivación. Lo cual genera, a su vez, que las interacciones y separaciones tradicionales entre distintos sectores se vuelvan un poco más permeables o porosas. O dicho de otra manera, que los espacios de interacción empiecen a poblarse por nuevos tipos de organizaciones y modelos antes no considerados, que aparecen hoy porque la reducción de costos de organización abre el espacio para experimentar con nuevas posibilidades (simplemente porque es más fácil). Lo cual nos pone en una posición en la cual podemos repensar nuestras concepciones organizacionales para describir un poco mejor el tipo de interacciones que empezamos a encontrar.

Nuestro modelo aparentemente simple empieza complicarse un poco. Aparecen organizaciones sociales que desarrollan modelos de negocios para buscar la sostenibilidad financiera, junto con empresas que fortalecen su lado de inversión social en diferentes ámbitos. Alianzas entre el sector público y empresas por algún interés colectivo, o firmas que interactúan con el Estado para promover intereses del sector privado. O también, organizaciones sociales cuyo objetivo gira en torno a influenciar políticas públicas de alguna manera, grupos de interés para organizar colectivamente intereses particulares, partidos políticos (¿?), think tanks. Y al mismo tiempo, tenemos también organizaciones que no encajan bien propiamente en ningún lugar, o que desafían de una manera muy ornitorrínica nuestras categorizaciones. Los medios de comunicación, por ejemplo, organizaciones (o individuos) privados pero con un objetivo claramente orientado hacia el público y de interés colectivo, o las instituciones educativas, o incluso también los servicios financieras, que aunque son organizaciones privadas terminan siendo de alguna manera el combustible que hace que todo lo demás pueda operar.

De todo eso, la figura empieza a poblarse y complicarse considerablemente.

Todo esto es un poco culpa de Yochai Benkler, también.

De entrada, hay algunas preguntas puntuales que me empiezan a interesar. Primero, la pregunta por la manera cómo estamos “remixeando” diferentes tipos de organizaciones para formas tipos completa o parcialmente nuevos, que no habríamos podido realmente concebir hace unos años. Por lo mismo, creo que hay ciertos supuestos sobre esta manera de visualizar las interacciones organizacionales que podríamos reconsiderar. Por ejemplo: ¿el posicionamiento en este espectro es una cuestión discreta, o continua? Es decir, tengo que tener una organización privada, pública o social, o puede ser, digamos, 40% privada, 40% social y 20% pública? ¿Tiene sentido pensar en esos términos? ¿Tiene sentido, quizás, ampliar también el espectro e incluir nuevas categorías?

Por otro lado, tampoco es descabellado pensar en organizaciones, o compuestos organizacionales, que se ubican en múltiples lugares del espectro al mismo tiempo.

No quiero ponerme en un afán loco de crear categorías, simplemente intento entender mejor las interacciones para entender, también, cómo funcionan los nuevos espacios que se abren. Benkler habla en The Wealth of Networks (que estoy leyendo ahorita) de formular una “theory of networked publics”, una teoría de lo público interconectado, o algo así – es un poco difícil de traducir, más aún de explicar. Lo cual tiene mucho que ver con una reformulación de la teoría del espacio público, o del espacio de la sociedad civil, y del espacio organizacional en general, a partir de cómo se ha visto transformado en gran parte (aunque no sólo) por el cambio tecnológico. Hay ciertos costos respecto a lo que podíamos hacer frente a lo que podemos hacer ahora que hace posible que nuevas maneras de organizarnos surjan casi espontáneamente – redes espontáneas pueden surgir en cualquier momento porque existen una infraestructura técnica y social que sirve como el caldo de cultivo para ellas. Redes espontáneas pueden surgir, por ejemplo, para organizar el envío de ayuda a Haití, o los esfuerzos para buscar desaparecidos por las lluvias en Cuzco. Estas redes espontáneas son organizaciones de gente, aunque puedan no estar inscritas en registros públicos, con fines, motivaciones, lógicas métodos propios. Muchas de ellas se desarticulan tan rápidamente como surgieron, sea porque no funcionaron o porque cumplieron sus objetivos. Las expectativas que tenemos sobre estas nuevas formas de organización cambian también.

Y cambia la manera como nosotros mismos formamos parte de estas redes espontáneas y nuevas formas de organización, y el ethos cultural que las rodea.

Me quedan muchas preguntas aún, son algunas ideas sueltas con la esperanza de ir refinando un modelo. ¿Dónde queda, por ejemplo, una organización como Facebook, siendo privada, pero brindando un servicio semi-público de redes sociales que no les “pertenece” del todo? (Recuerden que el contenido publicado en Facebook pertenece a los usuarios que lo crean – allí donde lo hayan creado.) No lo sé. Pero es interesante.

Política-buffet y activistas digitales (Parte 2)

En otras palabras: no tengo por qué buscar un partido con el cual coincida en la mayoría de las posiciones con las que estoy de acuerdo, cuando puedo, más bien, articular mis diferentes posiciones y en cambio, vincularme con otros tipos de organizaciones que persiguen objetivos muy similares pero me permiten, básicamente, a disentir en otros temas, al mismo tiempo que ofrecen espacios de participación mucho más dinámicos e interesantes donde no hay que recorrer ni pelearse con la burocracia del partido. Puedo estar a favor del libre mercado y de la cobertura médica universal al mismo tiempo. Puedo abogar por el proteccionismo económico sin querer al mismo tiempo una Estatización a gran escala. Y así sucesivamente. (Nótese, de yapa, como en el camino distinciones polarizantes como izquierda y derecha, liberalismo o estatismo, se vuelven meramente referenciales, cuando extendemos el plano político tridimensionalmente.)

Al dar este giro, la política se vuelve también un universo misceláneo. Se vuelve misceláneo porque no sólo hay una introducción de una enorme cantidad de nuevos temas y posiciones que pueden ser recogidos por múltiples actores, sino que la manera como estos actores están configurados les permite tener una muy alta tolerancia para el fracaso. Construimos así un panorama político donde aparecen y desaparecen grupos y posiciones permanentemente según la capacidad que tienen para articular en torno a sí comunidades de apoyo más grandes y vinculadas, y ojo, aquí lo perturbador: su capacidad para articular estas comunidades no tiene nada que ver, ninguna relación, con lo correcto o lo incorrecto, con el bien y el mal, ni siquiera tiene una relación necesaria con lo que es mejor o peor para el conjunto de la sociedad y las demás comunidades. Cuando reduzco la valla para la participación masiva en el espectro político, la bajo tanto para aquellos con los que estoy de acuerdo como para los que no, y de entrada, existen muy pocas posibilidades efectivas para filtrar qué cosas queremos que aparezcan en el espacio público y qué no. Y no estoy del todo convencido, incluso, de que eso sea deseable: por lo pronto, me parece más importante fortalecer los mecanismo para que podamos, una vez creados, filtrar las peores opciones de las mejores de una manera efectiva. Pero este proceso de filtrado, en última instancia, no puede depender sino, de nuevo, de la acción colectiva de los ciudadanos para defender sus intereses. Si me molesta lo suficiente la publicación de alguna posición o mensaje con el que no estoy de acuerdo, pues está en mis manos organizarme para brindar una opción alternativa. Si no me molesta lo suficiente como para movilizarme, entonces no puedo tampoco esperar que alguien más se encargue de hacerlo.

Los costos de participación son lo suficientemente bajos como para que yo pueda, de hecho, organizar una alternativa. Que sea una alternativa viable… eso amerita mayor discusión. Los roles son flexibles, los costos son bajos, el alcance de los medios es alto: es razonable suponer que uno podría vincular una comunidad en torno a un interés en particular o en respuesta a algún tema en particular en el espacio público. Lo que no es tan inmediatamente visible es si uno podría, con la misma facilidad, construir una posición alternativa suficientemente fuerte como para dar la contra, digamos, a una postura hegemónica o respaldada por el gobierno, o por un gobierno. El problema de Bagua sirve para ilustrar este problema: los nuevos medios brindaron un canal alternativo a la información que era difundida por los canales tradicionales u oficiales – no por alternativa más verdadera o completa, pero sí permitía tener una perspectiva más redondeada del asunto. Al mismo tiempo, la gente difundiendo esta información logró establecer circuitos y asociaciones lo suficientemente fuertes como para convertirse en una voz medianamente significativa en este proceso, suficientemente significativa como para que el presidente, en un artículo conceptualmente viciado, básicamente los acuse de ser el perro del hortelano, ellos también. Es decir: no queda tan claro de que, por sí mismo, este intercambio de información y estas redes de colaboración podrían ser capaces de convertirse en posiciones suficientemente consistentes como para hacerle frente al contra-discurso en sus mismos términos. De hecho, creo que queda claro, en la actualidad, esto simplemente no es posible. O lo que es lo mismo: no, por mucho que apoyes causas en Facebook, eso no hace que, al final, el gobierno siga haciendo lo que le dé la gana. Se necesita más, mucho más, en términos de capitalizar este latencia ciudadana y canalizarla hacia acciones colectivas más y mejor estructuradas, que realmente incorporen una alternativa viable. Y claro, bien podría ser que, a esta altura, la figura del partido político empezara a volver a exhibir su utilidad.

Lo que encontramos en casos como el de Bagua, o como Irán, es la capacidad que exhiben ciertos sectores de la ciudadanía para transferir habilidades políticamente inocuas hacia un significado política con una enorme facilidad. Es algo que muchos llaman periodismo ciudadano, pero yo prefiero pensar que se trata de los diferentes roles, no sistemáticos, no exclusivos, que asumimos como parte del proceso mismo de ciudadanía. Ejercer activamente nuestra ciudadanía se vuelve no necesariamente aquella valla inalcanzable según la cual tenemos que estar permanentemente informados, permanentemente involucrados, incluso sacrificando parte de nuestras vidas personales para ello. En una sociedad donde los roles que asumimos son transitorios y que cumplimos muchos de ellos cotidianamente, la función política del ciudadano es también uno de esos roles, que puede adoptar una mayor o menor preponderancia según la manera como están articulados mis intereses, y de la manera como yo me choque o no con la necesidad de adoptar posiciones más fuertes en torno a su defensa. Tanto en Bagua como en Irán, grandes grupos de ciudadanos se encontraron en la necesidad forzosa de utilizar sus habilidades para cumplir con un rol de significado político – no es que nadie haya, realmente, querido hacerlo (en el sentido de que, si en ambos casos hubiéramos podido evitar lo que pasó, tanto mejor), pero ante la necesidad de que así sea tenían las competencias para capturar y transmitir información al mundo sobre lo que estaba pasando.

Esto, de ninguna manera, resuelve todos nuestros problemas. De hecho, creo que los complica. Pero lo que me parece que podemos empezar a identificar es, en primer lugar, que nuestra noción de ciudadanía se ve ampliada para incluir un conjunto de nuevos roles que podemos asumir según el contexto lo requiera. Por otro lado, que muchos de estos roles implican una apropiación mucho más personal y directa del proceso político, en un espectro que va desde el consumo de información hacia su transformación en la organización y participación de acciones colectivas.

De entrada, hay una gran pregunta, importante, que me queda perturbadoramente abierta. ¿Dónde queda el espacio para la negociación? Si puedo construir mi escenario político a mi imagen y semejanza, si puedo hacer mi selección mediática en función a aquello con lo que estoy de acuerdo, si los partidos políticos ya no son los espacios en los cuales negocio intereses y acepto compromisos, ¿entonces en dónde me enfrento a lo diferente? ¿En qué momento argumento, delibero, comparto opiniones y consigo acuerdo que vayan más allá de simplemente imponer mi propio punto de vista? Si no encontramos el espacio para algo así de importante… ¿dónde lo ponemos? ¿Cómo lo incorporamos?

Lo cual muestra que aún hay mucho, mucho por desarmar.

Política-buffet y activistas digitales (Parte 1)

La semana pasada que escribí sobre la arquitectura de la participación, recibí muy buenos comentarios de parte de Jorge Meneses y Daniel Luna que me han ayudado mucho a esclarecer varios puntos flojos y precisar varios cabos sueltos. Mi experiencia hace un par de días de observar un poco más en la práctica cómo se configura la participación en diferentes espacios y todos los problemas que eso trae también ha sido material interesante, así como muchas de las historias que hemos escuchado en las últimas semanas: Bagua, Irán, Guatemala, y ahora también Honduras, escenarios de tensión política en torno a los cuales hemos visto aparecer, como mediana novedad, la presencia de nuevas tecnologías utilizadas como herramientas para la coordinación espontánea de grupos que adquieren un carácter político.

Revisitando brevemente el argumento como lo formulé antes: la idea básica es que las herramientas tecnológicas, en la medida en que han transformado los costos de transacción asociados a formar diferentes tipo de organizaciones, han inaugurado la posibilidad de que nos sea mucho más fácil que antes vincularnos y agruparnos con otras persona que compartan nuestros mismos intereses, más allá de los límites de nuestra localidad inmediata. La idea, claro, no es mía, sino que es la base de la que parte el buen Clay Shirky en su libro, Here Comes Everybody. Los costos se vuelven tan bajos que podemos hacer espacio para todo tipo de grupos, sin necesidad de priorizar cuáles son los más importantes, lo cual genera una explosión de contenidos; al mismo tiempo, empezamos a asumir roles cada vez más flexibles a medida que vamos saltando de grupo en grupo. Aunque puedo ser el organizador y coordinador en uno, puedo simplemente ser un lector u opinar de vez en cuando en otro, y así sucesivamente. La construcción de nuestra identidad se vuelve un proceso flexible en el que nos adecuamos a diferentes roles, en lugar de llevar una misma identidad a todos los contextos en los que participamos.

La segunda parte del argumento se desprende de lo anterior. Conforme una parte cada vez mayor de nuestras vidas cotidianas se empieza a llevar de esta manera, empezamos a acostumbrarnos a una serie de habilidades y competencias propias del comportamiento en grupos. La instancia más básica de este comportamiento es el compartir, que puede crecer hasta la cooperación y la colaboración. En otras palabras, nos acostumbramos a que sea algo cotidiano velar por los intereses de un grupo en el camino a construir productos, referentes y lenguajes comunes. La parte más interesante es que esta dinámica se traduce fácilmente entre grupos construidos a partir de la misma cultura; es decir, que estas habilidades que desarrollamos son habilidades transferibles que no están limitadas por los conocimientos particulares de una comunidad. Son estas habilidades transferibles las que ayudan a movilizar a individuos aislados y articularlos en torno a todo tipo de grupos, y que, potencialmente, ese convierten en habilidades que pueden también movilizarse con una intención política.

Esto no quiere decir que sean muy buenos candidatos para ser reclutados por un partido, por sus grandes dotes organizacionales. Sus habilidades son potencialmente políticas en la medida en que los intereses que de por sí ya los agrupen, se intersectan con el plano de lo político de tal manera que se convierten en activistas. El caso de la propiedad intelectual es un buen ejemplo: las personas que se encontraron apoyando la causa lo hacían en gran medida porque, en la persecusión de sus propios intereses, se chocaron con una barrera legal y jurídica que requería de un esfuerzo más grande para poder cambiar. De esa manera, encontraron naturalmente que las habilidades que habían desarrollado en el intercambio con sus propias comunidades en línea eran igualmente útiles al aplicarse a la promoción de un contenido diferente.

Por ilustrarlo utilizando otro ejemplo, que ha sido muy estudiado en los últimos meses: la manera como la campaña de Barack Obama aprovechó los medios sociales para difundir su mensaje y movilizar, sobre todo a los jóvenes, a votar. Recuerdo haber mencionado después de las elecciones que era un error pensar que Obama supo juntar sus antecedentes como organizador de comunidades con la tecnología social: era, más bien, que lo primero justamente explicaba y daba pie a lo segundo. El gran logro de la campaña – cuyo antecedente conceptual importante es la campaña demócrata de Howard Dean en el 2004 – fue que simplificó enormemente el costo de transacción que implicaba reorientar las mismas habilidades transferibles a los objetivos de la campaña. Y aunque uno estaría tentado a pensar que esto sólo ocurre desde un lado del espectro político, creo que el gran logro de la campaña de Obama es que su movilización de la ciudadanía subvierte la ideologización tradicional: la significación de su campaña ha hecho que incluso sus opositores encuentren necesario volverse, forzosamente, hasta cierto punto activistas para defender sus intereses en el nuevo panorama político. Lo que empieza a aparecer no es tanto que las masas están, efectivamente, movilizadas políticamente. Lo singular del fenómeno es que cada vez más personas se encuentran en la posición en que pueden, de maneras mucho más sencillas, vincularse a acciones colectivas e incluso iniciarlas allí donde sienten que deben defender, respaldar o promover sus propios intereses.

Hasta aquí, en realidad, la “breve” recapitulación del argumento sobre la arquitectura de la participación: ésta es la estructura sobre la cual se está reconfigurando la actividad política y la acción colectiva. Pero entonces, consecuentemente, el panorama político pasa a significarse de manera diferente, también.

En primer lugar, porque el espectro de los intereses se ha ampliado considerablemente. Aquí tenemos, de nuevo, la economía de la larga cola de la que habla Chris Anderson: cuando antes, por las limitaciones estructurales de los contenidos que podían difundirse masivamente, sólo podíamos tener acceso a un subconjunto restringido de intereses políticos – canalizados y agrupados por partidos de masas -, el cambio en esa misma estructura hace que no estemos necesariamente limitados en nuestros intereses por aquellos que dominan la agenda pública porque involucran a más gente. Es decir, no sólo pueden interesarme más temas que aquellos que son explícitamente tratados, sino que pueden interesarme más posiciones que las que son explícitamente reconocidas. De nuevo, el ejemplo de la problemática de propiedad intelectual es ilustrativo: lejos de ser un tema que convoque el interés de grandes mayorías, es, sin embargo, un tema de gran importancia para una comunidad muy articulada y organizada a nivel global. Los intereses posibles con crecientemente más específicos y granulares: aunque se trate de un tema que sólo es relevante para unos pocos cientos o decenas de personas, es lo suficientemente relevante para ellos que encuentran la necesidad y el incentivo (y el medio) para organizarse.

El resultado neto de este giro es que la unidad granular en torno a la cual se juega la política, cambia. La política ya no se centraliza en torno a las posiciones articuladas de partidos políticos que agrupan diferentes paquetes de intereses dentro de una cierta consistencia interna para negociarlos a gran escala con otros partidos que hacen lo mismo. El rol que cumplen los partidos se ve cuestionado, porque la articulación de las energías de los ciudadanos se concentra en torno a temas que son personalmente mucho más relevantes, aunque colectivamente resulten menos negociables. La política, como tantas otras dimensiones de nuestra vida social, se buffetiza. Es decir, ya no tengo que estar de acuerdo con todo lo que diga el partido A o el partido B, o mejor dicho, no tengo que resignarme a dar mi apoyo a uno u otro partido a pesar de las desavenencias en uno u otro tema, sino que puedo, más bien, configurar mis preferencias políticas de la manera que mejor se ajuste a mis preferencias. En ese contexto, los partidos políticos pierden aún más legitimidad – los clásicos partidos catch-all propios de la cultura de masas simplemente se vuelven incapaces de brindar la misma relevancia que otras formas de organización política ofrecen.

Espacios privados, públicos, sociales, compartidos, etc.

Ayer estuve en el flash mob que se organizó en San Miguel, Mata a un peruano. Experimento interesante en múltiples sentidos: empezando porque la organización era completamente acéfala y espontánea. Es decir, alguien se encargó del trabajo de hacer la convocatoria en línea, y luego dejó la ejecución misma de la intervención a los participantes. Lo sorprendente es que a pesar de la acefalia, haya funciona, aún cuando se haya tratado de un número relativamente pequeño de gente.

Pero lo más interesante, me parece, fue todo lo que tuve oportunidad de observar. Mi rol en el asunto fue de documentar, capturando en video lo que pasaría. Sin embargo, fracasé rotundamente porque la seguridad del lugar intervenido, Plaza San Miguel, empezó básicamente a perseguirme como criminal por intentar capturar imágenes. Aquí empiezan mis reflexiones sobre el asunto, que me llevaron inevitablemente a considerar más de cerca cómo tratamos los espacios públicos en el Perú.

Partiendo por lo obvio: Plaza San Miguel (PSM) NO es un espacio público. Es un espacio privado, con objetivos y regulaciones privadas, básicamente con el derecho de hacer lo que quiera en sus instalaciones (dentro de los límites de lo legal). Nosotros al hacer uso de sus instalaciones básicamente accedemos a regirnos por sus propias reglas y regulaciones, y generalmente eso no trae mayores problemas. Pero aquí el catch: a pesar de que se trata de un espacio privado, en la práctica funciona como si fuera un espacio público. Cualquiera puede entrar, pasear, hacer uso de las instalaciones. A pesar de que el espacio está mediado por el consumo, si, de hecho, yo no consumo nada, igual puedo hacer uso del espacio. De ese tipo de uso surge la categoría de los “mall rats”, la gente que pasa tiempo en los centros comerciales sin, efectivamente, consumir nada – inmortalizados en la película de culto de Kevin Smith del mismo nombre.

Entonces, aunque estrictamente el significado de estos espacios privados está dado por su constitución legal, en la práctica su significado está establecido por el uso que hacemos del espacio, un uso que es en gran medida público. Y esto no se vuelve un problema sino hasta que el uso público que hacemos del espacio choca con la naturaleza privada de sus objetivos: el espacio es público mientras no interfieras son su objetivo primordial de promover el consumo de los objetos que se venden dentro de él.

La intervención de Mata a un peruano fue, dentro de sus límites, un éxito, a mi parecer. No tanto por la magnitud que tuvo, que no fue mucha, pero sí por el hecho de intervenir en el espacio. De transgredir el tejido del uso social normalmente dado a este espacio: en medio de un grupo de gente pasando su tarde de sábado de invierno en un centro comercial, otro grupo utilizó ese espacio para expresar una preocupación por los sucesos de las últimas semanas en la selva y la posición del gobierno. La mecánica fue simple y poco interpretativa: al grito de “mata un peruano”, alrededor de una docena de personas mezcladas entre la gente se tiraron al piso, como muertos, sosteniendo carteles de “policías” y “nativos”. Luego de un par de minutos, cada uno se levantó y se fue por su propio camino, de la misma manera que llegaron.

Pero esos dos minutos se hicieron eternos, porque nadie sabía qué hacer con eso. En sentido lacaniano, les habían destruido el orden simbólico: esto no pasa en centros comerciales, ¿cómo se debe interpretar esta experiencia? Lo más interesante, sin embargo, me parece la manera como el orden simbólico buscó rearticularse a la fuerza. La aparición de los agentes de seguridad de PSM es interesante porque su primera reacción no fue intentar sacar a las personas tiradas en el suelo. Su primera reacción fue despojarlos de los carteles que sostenían, diciendo “policía” o “nativo” indistintamente. La manera como los mecanismos del espacio buscaron suturar la ruptura del orden fue despojando la ruptura de cualquier significado transgresor. En otras palabras, el espacio privado/comercial no podía permitir su transgresión por parte de significados políticos del “mundo real” que pudieran de alguna manera coaccionar las conductas del consumo. Antes que eliminar la transgresión, hay que despojarla de significado para que se vuelva intrascendente. Sin carteles, la intervención se vuelve un grupo de locos en el piso con mucho tiempo libre. El sistema puede proseguir su existencia, el Perú avanza.

Esto me lleva inevitablemente a la pregunta: ¿tienen derecho estas personas a interrumpir la tranquila existencia de las personas en PSM un sábado por la tarde, con un mensaje de significado político? Si realmente no me interesa el problema de la selva y quiero pasar la tarde con mi enamorada, ¿tiene alguien más derecho a irrumpir en esta elección con un mensaje más allá de mi interés? Y es una pregunta sumamente complicada.

En primer lugar, es complicada porque ni siquiera nos hacemos este cuestionamiento cuando se trata de la publicidad. La legitimidad de cualquier marca para irrumpir en mi cotidianidad plantea el mismo problema, y sin embargo en ese caso ni siquiera nos detenemos a tematizarlo.

En segundo lugar, y este me parece el argumento más importante, porque el funcionamiento del espacio público está más allá de mis umbrales de comodidad. En otras palabras – tampoco es cómodo para los nativos de la selva cuando sus tierras son destinadas a la explotación de hidrocarburos, cuando comunidades son reubicadas para explotar los recursos de su subsuelo, y cosas por el estilo. Las cuestiones públicas irrumpen en nuestra cotidianidad más allá de lo que nos gustaría, nos transgreden y nos desafían, pero nos hemos hecho un poco ciegos a esta idea. Nos hemos hecho un poco ciegos a esto porque, de la misma manera como en la práctica un espacio como PSM funciona como un espacio público, hemos modelado nuestros espacios públicos a partir de la idea de espacios compartidos pero neutrales como un centro comercial. Es decir: nuestro espacio público funciona igual que un espacio privado, al punto que en él esperamos la misma ausencia de transgresiones que en el espacio privado. Hemos traducido la misma aversión a todo aquello que perturbe la lógica del consumo, en el espacio público. Aunque no haya, propiamente, consumo.

Aún, podemos complicar un poco más la ecuación cuando introducimos, además, la lógica del flash mob. Un grupo que se organiza espontáneamente, sin coordinación central, aprovechando herramientas que pone a su disposición la tecnología en línea. La convocatoria se hizo y difundió por Facebook, por medio de algunos blogs y usando Twitter. Lo singular de esto es que se trata de herramientas donde la distinción entre lo privado y lo público es, por decir lo menos, poco clara: en un espacio como Facebook, donde se ventila sin mayor reparo la intimidad, se construye también un discurso colectivo sobre asuntos públicos. Aunque no está demás preguntarse cuánto espacio queda aquí para la transgresión – es, finalmente, el mundo de Facebook con reglas claramente establecidas para su uso – parte del contrato implícito (además del explícito) de usarlo de una manera auténtica es que nuestras vidas personales incluyen la participación en temas y problemas más grandes que nosotros.

En otras palabras, si Facebook quiere que lo usemos para expresar nuestras vidas personales, tiene forzosamente que hacer un lugar para expresar cosas vinculadas a asuntos de orden público que también forman parte de nuestras vidas personales. Esto, discutible por supuesto, no es sin embargo lo más interesante. Lo que me resulta más interesante es que, si de hecho hacemos más tenue la separación entre lo privado y lo público en nuestro uso de herramientas en línea, tiene sentido que traduzcamos esa misma ambigüedad a la estructuración y el uso de los espacios en el mundo físico. Porque, finalmente, no hay una separación radical entre ambos sino que se establece una suerte de continuidad.

De allí que una generación que crece con estas condiciones plásticas, remezclables, de los espacios en los que participa, traduzca esa misma plasticidad a los espacios en el mundo físico. Esta traducción, como toda traducción, implica un radical cambio de significado: participar no significa propiamente lo mismo, y mucho menos participar significa lo mismo que lo que significaba en un contexto público/social como el de hace algunos años. Nuestra variable de participación se mide de manera diferente a como se hacía en las épocas de organizaciones y grandes convocatorias, de la misma manera como se reconfigura el espacio político y de expresión y negociación de intereses.

Pero, esto es para irlo tomando por partes. Así que paciencia :).

La arquitectura de la participación

Las diferentes tecnologías de comunicación de los últimos años han generado diversas transformaciones en los costos de transacción tradicionalmente asociados a diferentes interacciones sociales. En otras palabras, se ha vuelto más fácil hacer cosas que antes eran muy difíciles, lo cual es en sí mismo un incentivo para hacerlas más. Doble diagnóstico, a partir de esto: en primer lugar, que una de las cosas que se hacen más fáciles que nunca es compartir información. Este blog es un ejemplo de ello: hace unos años, no habría podido encontrar tan fácilmente un medio suficientemente flexible y abierto como para publicar estas pastruladas y encima, esperar que alguien en el mundo las leyera. Igualmente, podemos compartir información que nos parece interesante a través de redes sociales como Twitter o Facebook, podemos coordinar actividades vía SMS o mensajería instantánea, podemos hacerle seguimiento a fuentes de información con Google Reader y lectores RSS. Nos hemos vuelto, todos, en mayor o menor medida brokers de información, y esta posibilidad de compartir información fácilmente nos hace, a la vez, más fácil mantener activos nuestros vínculos sociales.

A partir de allí, el segundo diagnóstico: que el siguiente paso que posibilita esta facilidad de compartir información, es actuar sobre ella, y actuar sobre ella de una manera concertada y coordinada. Allí donde tenemos intereses comunes relevantes, está latente la posibilidad de que ese vínculo de interés común pueda convertirse en una forma de acción colectiva, en la medida en que nuestra información compartida se incrementa, se formula un lenguaje común y empiezan a generarse dinámicas adicionales a la capa inicial de información. Sobre cualquier cosa – desde web3.0, pasando por crianza de caballos de paso hasta cocina novoandina y demás, lo importante no es tanto el tema como el mecanismo utilizado para articular individuos con intereses compartidos. Estos es posible por varias razones: en primer lugar, por la misma transformación de los costos de transacción que hace posible coordinar acciones más fácilmente. En segundo lugar, porque la economía de la larga cola hace que sea mucho más fácil para mí encontrar otras personas, grupos o espacios que apuntan a intereses mucho más específicos, y potencialmente mucho más relevantes para mí a nivel personal. En tercer lugar, porque la naturaleza informal a partir de la cual surgen estas colaboraciones nos permite interactuar de manera flexible sin tener que asumir roles definidos o responsabilidades institucionalizadas que nos demanden demasiada atención. Si participo de una comunidad en línea, puedo desaparecer por unos días porque tengo mucho trabajo, luego reintegrarme y más allá de explicar por qué no estuve cuando me lo pregunten, no he incurrido en faltas mayores con la comunidad. La actividad se mantiene aún cuando yo no haya podido estar.

Estas comunidades, a su vez, empiezan a generar nuevos tipos de recursos compartidos que son producto del trabajo colectivo. Algo que puede ser considerado tan simple, por ejemplo, como una colección de enlaces seleccionados relevantes a un tema, representa un enorme valor para el grupo porque es, de cierta manera, una de esas piedras fundacionales sobre las que se articula el lenguaje compartido del grupo. O una lista de preguntas frecuentes, por ejemplo, empiezan no sólo a ser recursos de información, sino documentos históricos que testimonian la formación y el crecimiento de una comunidad. Son artefactos culturales.

Hasta aquí la cosa se ve bonita. El asunto empieza a complicarse de la siguiente manera: cuando empezamos a desarrollarnos dentro de estas comunidades, adoptamos como una cuestión normal y deseable el construir nuevos recursos de información, nuevos contenidos, a partir del trabajo de aquellos que hicieron lo mismo antes que nosotros. Incluso, estrictamente, ésta es la manera como toda nuestra cultura se ha construido, siempre – era Isaac Newton el que decía que nos “parábamos sobre hombros de gigantes”. El trabajo cultural o artístico consiste en tomar elementos existentes de nuestra cultura, cambiar la manera como están presentados, y de esa manera introducir lo inexistente a partir de lo existente. Es un proceso de transformación de lo conocido, por medio del cual podría decirse que todos ganamos: gana el creador original que ve su obra y, por su extensión, su propia identidad, recibir un tributo; gana el nuevo creador que tiene la oportunidad de expresar y articular un nuevo mensaje; y gana el conjunto de la comunidad que se beneficia a partir de la existencia del nuevo producto – todo, claro, de maneras bastante intangibles, pero que en general contribuyen a la estabilidad y cohesión del núcleo social. Hoy día tenemos palabritas más marketeras para este mismo proceso: el remix, o el mashup.

El problema surge porque en el camino trazamos distinciones que no nos han molestado hasta ahora: en gran medida, todo este circuito de intercambio se daba en el ámbito de lo privado y dentro de condiciones limitadas de distribución. Grupos pequeños, en pocas palabras. Mientras que la circulación de información en grupos grandes fue un privilegio limitado a la esfera de lo público, a aquellos con los recursos suficientes como para mover las máquinas necesarias para alcanzar a grandes grupos – la imprenta primero, la radio y la televisión después. El equilibrio de poder se mantenía más o menos imperturbable. Pero cuando se reducen los costos de transacción y estos grupos de colaboración empiezan a desdibujar la separación entre lo privado y lo público, y hacer que sus intercambios se vuelvan materia disponible a cualquiera navegando por la web, las posiciones de aquellas organizaciones que habían dominado el espacio de la comunicación en el ámbito público se vieron amenazadas. En primer lugar, y directamente, porque su trabajo de remix se extendía hacia objetos y productos culturales que no eran de libre disposición, sino protegidos por la ley para que no puedan ser libremente copiados. En segundo lugar, porque en la medida en que reflejaban nuevas estructuras y motivaciones para producir nuevos contenidos (encima, a partir de sus viejos contenidos) generaban una competencia “desleal” que no podía ser tolerada.

El sinsentido de estas acusaciones quedará para otro día. Por ahora, concentrémonos en otra cosa: la manera como estas organizaciones se defendieron de esta nueva tendencia no fue buscando dialogar ni tampoco buscando a las condiciones cambiantes de un mercado. En cambio, escogieron utilizar su enorme masa para empujar al aparato formal para que impidiera que esto pasara. Es decir, movieron a los gobiernos para que introdujeran barreras a estas prácticas y conductas que protegieran, básicamente, sus posibilidades para seguir ganando dinero de la misma manera que siempre lo habían hecho, por encima del interés de los individuos de comunicarse, intercambiar información y formar comunidades de interés (las razones por las cuales esto de por sí beneficia a ciertas formas o ejemplos de gobiernos y Estados quedará obvia en breve, si no lo es ya). Barreras artificiales que impidieran que pudiéramos explorar libremente las posibilidades que este nuevo entorno ofrece. Es en este punto que se hace obvio, entonces, que las prácticas sociales que han crecido en torno a la tecnología han rebasado la capacidad de estructuras existentes, como el sistema legal, para darles cabida. Y claro, tiene todo el sentido: una legislación tipeada en máquinas de escribir obviamente no tiene lugar ni capacidad para describir cómo debemos actuar frente a una computadora, menos aún frente a comunidades de usuarios articulados a partir de una red de computadoras conectadas distribuidamente.

El resultado es que nos encontramos con una inconsistencia entre lo que la tecnología nos permite fácticamente hacer, y lo que el orden formal, legal de nuestra sociedad nos dice que estamos permitidos que hagamos. Y que, además, esta separación obedece a un carácter artificial, que busca mantener con vida modelos que entran en conflicto con todo lo que hemos aprendido en nuestra práctica cotidiana respecto a cómo tiene lugar el proceso a través del cual construimos productos culturales. Aquellas personas que han asimilado la lógica colaborativa de la producción cultural, la simplicidad de compartir información, no pueden quedar sino sorprendidas cuando se les dice que, en verdad, todo el tiempo que hacían lo que hacían probablemente lo hacían al margen de la ley. Exactamente eso pasó para grupos construidos en torno a la música, a las películas, a los libros, a la televisión, y demás objetos que han producido nuestras industrias culturales. ¿Cómo que no puedo fotocopiarlo, si sólo tengo que apretar este botón? ¿Cómo que no puedo enviar este archivo por correo electrónico a mis amigos, si es tan sencillo? ¿Cómo que no puedo descargarme esta película de Internet, si ya no está en cartelera? Y así sucesivamente.

En una economía de la información y el conocimiento, tiene todo el sentido que estos sean los recursos más protegidos. De allí que esta batalla se juegue justamente allí, en las leyes y normas que tenemos para manejar nuestra propiedad y producción intelectual, aquello que, finalmente, hace a las sociedades grandes e influyentes frente a las demás. En la medida en que un aparato cultural consigue internarse en otros, exportarse de una sociedad a otra, es que puede realmente contemplarse y medirse la influencia cultural que tiene una sociedad y una cultura. La cuestión termina reduciéndose, así en términos muy generales, a dos posiciones muy generales: por un lado la de quienes que el orden conocido se mantenga y que todos estos avances sea interrumpidos en la medida en que perjudiquen su modelo económico. En otras palabras, este lado de la discusión quiere reinstaurar la separación entre lo privado y lo público y la separación entre los usuarios, para que no tengan, realmente, otro remedio que seguir acudiendo a ellos como distribuidores si quieren seguir consumiendo productos culturales. Si nos guiamos por lo que algunos piensan, prácticamente nos dejarían sin Internet si tuvieran la oportunidad (aquí una refutación detallada también). El otro polo, con el cual, igual que en casos anteriores, simpatizo mucho más, es que en realidad nos enfrentamos al desafío de adaptarnos a estas transformaciones de la mejor manera posible, procurando rescatar el mayor impacto positivo posible a la vez que intentamos reducir al mínimo el inevitable, pero aún tremendo, impacto negativo que se generará. Tenemos que aprender a vivir con estas nuevas realidades culturales, y estas nuevas prácticas sociales que, aunque siguen siendo hoy privilegio de una limitada fracción de la humanidad, siguen expandiéndose a un ritmo tremendo e incorporando a nuevas masas que lejos de asimilarse a la lógica homogenizante del medio masivo, traen su propia voz, perspectiva y experiencia para introducir nuevos usos y significados a la manera como utilizamos estas herramientas.

De modo que lo que empieza como una “simple” lucha por cambiar la manera como pensamos la propiedad intelectual termina tomando matices muy diferentes – por un lado, se termina convirtiendo prácticamente en una causa de derechos y libertades civiles, en la medida en que empieza a asociarse con las restricciones que se imponen a la manera como escogemos expresarnos. Por la misma línea, en realidad lo que tenemos es una gran batalla cultural en la cual una nueva forma de vida emergente busca afianzar su posición frente a un modelo cultural dominante, no necesariamente para desarmalo ni destronarlo, pero sí para por lo menos hacer sentir su presencia lo suficiente como para ganarse el reconocimiento de su espacio. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

Pero esta misma lucha, años antes, habría sido imposible. No solamente porque el problema mismo no existía, sino que, aunque hubiera existido algo similar, los costos de transacción que implicaban organizar a grupos tan enormes de gente en torno a este objetivo común estaban simplemente más allá de lo que cualquier individuo o grupo informal podrían haber conseguido entonces. La ventaja estaba totalmente a favor de las instituciones que de hecho defienden este mismo sistema: sólo con esa envergadura era posible administrar y distribuir los recursos suficientes como para librar una batalla cultural de este tipo. Pero con la transformación en los costos de transacción, esta figura cambia: ahora pueden los individuos y los grupos comunicarse entre sí y coordinar acciones de tal manera que es posible concertar una campaña de alcance global en torno a una lucha por la supervivencia como ésta. Esto es posible no porque se hayan preparado durante años para esto, sino porque las mismas habilidades que han desarrollado al compartir información y coordinar acciones en torno a cualquier tema posible son las mismas habilidades que necesitan para compartir información y coordinar acciones cuando se trata de preservar la posibilidad de seguir usando dichas habilidades. Dicho de otro modo – las mismas habilidades que están en juego al discutir y transformar un libro o una película en línea son las que necesito para organizar grupos que transformen la legislación de propiedad intelectual de manera que reconozcan el espacio para estos mismos remixes y mashups.

Esto fue, precisamente, lo que ocurrió con el movimiento Creative Commons. Pero he aquí la cerecita del helado. Lo que el movimiento CC demostró no era únicamente el hecho de que existía un enorme interés y apoyo en modificar legislaciones de propiedad intelectual no para destruirla, sino para abrir un espacio al dominio público y la participación de creadores independientes. Lo más interesante de este proceso, me parece, es que demostró la facilidad con la cual las habilidades podían transferirse de un contexto a otro – las habilidades de cooperación y colaboración, de acción colectiva organizada sin un nodo central que lo ordene todo. Lo cual nos podría llevar a pensar que el resultado neto de este proceso es una sociedad movilizada, organizada y articulada en torno a los temas más diversos posibles, desde Harry Potter hasta el tejido a crochet. Y eso no tiene nada de malo. Porque en estos contextos, en apariencia triviales y cotidianos, lo que está ocurriendo es que los jóvenes están descubriendo que la realidad cultural es maleable y que sus aportes a una comunidad son relevantes – que es lo mismo que decir que están redescubriendo el valor de la acción colectiva a partir de la micropolítica. Al mismo tiempo que están construyendo identidad múltiples, estructuradas en torno a múltiples roles en múltiples contextos entre los cuales pueden transferir sus habilidades.

La traducción de todo esto es la siguiente: el resultado neto es que a través de estas actividades estamos formando una nueva generación de individuos con un concepto potencialmente renovado de ciudadanía, entendida como la movilización, la cooperación y la colaboración por la defensa de los intereses particulares (que devienen colectivos). Y que pueden fácilmente readaptarse sobre la marcha para asumir un nuevo rol, en el cual hacen uso de las mismas habilidades que siempre han usado, para fines diferentes. Esto es, creo, lo que le permitió a Lawrence Lessig utilizar el ímpetu con el que venía desde Creative Commons para llevar el asunto más lejos y lanzar el movimiento Change Congress, un movimiento cuya premisa es que el cambio que Creative Commons requiere, presupone de un poder legislativo que no esté coaccionado por la influencia de grandes intereses en la forma de contribuciones monetarias a los legisladores. De nuevo, son las mismas habilidades, los mismos ciudadanos movilizados, que ni siquiera tienen que dedicar todo su tiempo a promover estas ideas y estas causas. La arquitectura de la participación de ha visto transformada.

Es, entonces, por eso que los gobiernos se ven ellos mismos beneficiados cuando las disqueras y las distribuidoras de películas quieren desarticular los individuos organizados que amenazan sus modelos económicos. En el fondo, lo que están consiguiendo es algo siempre bueno para el status quo: mantener a los individuos separados, e incapacitados de comunicarse entre sí, para que no puedan coordinar entre ellos acciones colectiva. Esta arquitectura de la participación transformada es lo que nos está mostrando en estos días algunos de los ejemplos más interesantes de cosas que pueden pasar hoy, que no podían pasar hace 10 años.

Friedrich dixit

Tratado tercero, 12:

A partir de ahora, señores filósofos, guardémonos mejor, por tanto, de la peligrosa y vieja patraña conceptual que ha creado un “sujeto puro del conocimiento, sujeto ajeno a la voluntad, al dolor, al tiempo”, guardémonos de los tentáculos de conceptos contradictorios, tales como “razón pura”, “espiritualidad absoluta”, “conocimiento en sí”: -aquí se nos pide siempre pensar un ojo carente en absoluto de toda orientación, en el cual debieran estar entorpecidas y ausentes las fuerzas activas e interpretativas, que son, sin embargo, las que hacen que ver sea ver-algo, aquí se nos pide siempre, por tanto, un contrasentido y un no-concepto de ojo. Existe únicamente un ver perspectivista, únicamente un “conocer” perspectivista; y cuanto mayor sea el número de afectos a los que permitamos decir su palabra sobre una cosa, cuanto mayor sea el número de ojos, de ojos distintos que sepamos emplear para ver una misma cosa, tanto más completo será nuestro “concepto” de ella, tanto más completa será nuestra “objetividad”. Pero eliminar en absoluto la voluntad, dejar en suspenso la totalidad de los afectos, suponiendo que pudiéramos hacerlo: ¿cómo?, ¿es que no significaría eso castrar el intelecto?…

Más ojos viendo, mejores resultados. Nietzsche, precursor del a filosofía del open-source.