Circuitos de desinformación

Hay tantas lecciones que sacar del pequeño escándalo que circuló en Lima el último par de días respecto a Taxi Satelital, que vale la pena tomarme un café y tratar de desmenuzar el asunto.

El escandalete

Taxi Satelital es una empresa que brinda el servicio de taxis en Lima pedidos por teléfono, que llegan entre 10 y 15 minutos luego de llamarlos y por la conveniencia y por brindar un poco más de seguridad que un taxi de la calle, son también más caros. Dentro de todo mi experiencia personal con ellos ha sido buena, y nunca he tenido problemas. Hace un par de días empezó a circular por Facebook y Twitter una denuncia de una chica que afirmaba haber sido drogada, secuestrada por tres horas y finalmente robada en un taxi que pidió a dicha empresa:

La denuncia empezó a circular furiosamente porque la empresa se ha vuelto enormemente popular por la facilidad del servicio, pero lo extraño era que la denuncia se sostenía sobre sí misma. No había mayor ampliación, cobertura o información más que dada por la misma persona que denunciaba. Pero hoy, hace un rato, en el programa de Rosa María Palacios salió toda la evidencia abrumadora que en gran medida desmentía la denuncia:

Aunque es posible que esto aún pueda seguir girando y ampliándose, en realidad la evidencia me parece hasta ahora bastante decisiva. Pero en todo caso, no es tampoco lo que me llamó más la atención.

Circuitos de desinformación

Lo fascinante de esto es en primer lugar la velocidad con la que se difundió la información sin mayor reparo en su contenido o veracidad. Esto es, claro, sólo un ejemplo de una larga lista: es también así como todos los días matan a alguien en Twitter para ser desmentido horas o minutos después. De la misma manera, la gente empezó a retuitear y compartir la información una y otra vez, con pocas preguntas de por medio al respecto de lo que estaba siendo recirculado.

Los circuitos de información que hemos construido no están diseñados para observar ningún tipo de criterio de veracidad. Los que solíamos utilizar sí, quizás, tenían incluidos una serie de filtros para asegurar la calidad de la información que circulaba: periodistas, editores, fuentes, formación profesional, filtros monetarios, licitaciones de espectro radioeléctrico, etc. Pero los nuevos a los que tenemos acceso ahora carecen de todos los filtros con los que habíamos aprendido a convivir.

El resultado es que el circuito de información es exactamente igual de eficiente para convertirse en un circuito de desinformación. Y como se solía decir sobre el software de Microsoft, “it’s not a bug, it’s a feature“: esto sólo se puede entender como un problema cuando se le observa desde el punto de vista de los circuitos anteriores y sus filtros. Lo que ganamos con capacidad comunicacional y expresiva viene con el trade-off de que obviamos los filtros de calidad y nos encontramos potencialmente rodeados de desinformación en cualquier momento dado. El problema, entonces, pasa a ser otro: que al hacer uso de estos nuevos circuitos lo hagamos como si fueran los viejos circuitos. El problema es cuando dejamos de suponer que nada viene con ninguna garantía y que cualquier filtro de calidad termina siendo una responsabilidad personal.

Verosimilitud vs. certeza

¿Por qué consigue este tipo de información difundirse así? ¿Por qué le hacemos caso? ¿Qué es lo que deberíamos observar frente a la información que recibimos o encontramos en línea?

Pues hay dos cosas a tener en cuenta. La primera es que es importante una buena dosis de sano escepticismo. Sólo porque algo está online, no quiere decir que sea verdad – sólo quiere decir que está online (dicho sea de paso, lo mismo aplica en mayor o menor medida a cualquier información en cualquier otro medio). De modo que tenemos que hacernos mucho más fuerte el hábito de dar un paso atrás e interpelar a la información cuando la consumimos, hacerle preguntas, indagar sobre sus fuentes, etc.: ¿Quién publica esto? ¿De dónde sabe lo que dice? ¿Por qué lo hace? ¿Qué ha publicado en el pasado, y qué pasó con eso? En el fondo es muy simple: si en verdad no puedes tener ni mediana claridad respecto a este tipo de preguntar sobre cualquier cosa, ¿entonces por qué lo compartirías? Al final, todo lo que publicas en tu muro de Facebook o tu feed de Twitter dice inevitablemente algo sobre ti. Si publicas consistentemente información falsa, sin verificar o cuestionable (por ejemplo, si sigues publicando links sobre el apocalipsis maya) terminas poniéndote entre paréntesis como fuente de información. Es un poco como Pedro y el lobo, digamos, pero sin el final de fábula: simplemente te dejo de seguir o, por lo menos, te dejo de hacer caso.

La segunda es el estatuto epistemológico de la información que consumimos todo el tiempo, cada vez más rápido. ¿Qué es lo que evaluamos cuando leemos este tipo de noticias en la web? Claramente no estamos evaluando la certeza de la información que encontramos, porque no podemos: yo no puedo verificar todas las fuentes, la data, la información, para todo lo que leo. De modo que debemos suponer de entrada que no tenemos certeza en estos casos. Lo más que podemos decir en estos casos es que la información nos parece verosímil: si asumimos que las premisas son verdaderas entonces la conclusión tendría que ser verdadera también, y atribuimos esa verdad transitoria a cosas como el registro histórico de la fuente o la persona. No podemos decir mucho más al respecto. Y tampoco deberíamos esperar mucho más sobre lo que leemos o vemos: la información que circula activamente no lo hace en función a su valor de verdad o certeza (“wow, todo el mundo publica esto, debe ser realmente cierto”), sino en su capacidad de verosimilitud (“wow, todo el mundo publica esto, debe ser que muchos consideran que realmente podría haber pasado”). Diferencias sutiles pero epistemológicamente importantes.

¿Pero por qué era verosímil? El problema de los taxis en Lima

Lo triste de todo esto está en el contenido mismo de la denuncia: la persona afirmaba haber sido drogada, secuestrada y robada en un taxi. Y todos los que lo vimos, sabiendo lo que sabemos sobre los taxis en Lima, consideramos que era una posibilidad verosímil: esto realmente podría haber pasado, aún si la manera como está presentado me hace tener dudas al respecto.

No creo ser el único que piense que esto es terrible. Uno no debería tener miedo de tomar un taxi y ser drogado, secuestrado y robado, por muy grande y caótica que sea la ciudad en la que uno vive. Eso está mal, y está doblemente mal porque no debería ser tan difícil de evitar, y triplemente mal porque no se me ocurre que nadie pudiera razonablemente oponerse o resistirse a un esfuerzo de este tipo.

Tanto la inseguridad como el caos del transporte en Lima están en niveles absolutamente sin precedentes. Y es inevitable que eso nos tenga a todos un poco alborotados, al punto en el cual una denuncia de este tipo es inmediatamente verosímil y nos lleva a rebotarla lo más rápido posible como precaución (un poco en la onda dispara primero, haz preguntas después). Sin embargo, no parece que nos lleve a la cuestión de fondo de por qué esto se hace verosímil:

  • ¿Por qué Lima no tiene un registro de taxis y taxistas oficial, centralizado, actualizado, que se pueda efectivamente hacer cumplir?
  • ¿Por qué sigue siendo posible que en una ciudad de la magnitud de Lima, y con sus problemas, uno pueda volverse taxista comprándose un cartel de taxi y poniéndolo sobre su auto?
  • ¿Por qué, como ciudadanos y pasajeros, seguimos tolerando un sistema que perjudica a todas las partes, no brinda ninguna garantía y genera una enorme inseguridad?
  • ¿Por qué no hay un código mínimo de derechos y responsabilidades tanto de taxistas como de pasajeros?

No me parece que uno tenga que irse a Suiza para implementar cosas como ésta. No puede ser que cualquier pueda ser taxista porque se le ocurrió, o por lo menos, no es aceptable cuando eso genera los efectos negativos que tenemos: que un taxi pueda robarte, que genere un exceso de oferta que se trae abajo el precio y que además genere un exceso de tráfico. Nos hemos acostumbrado a cosas como negociar la tarifa en medio de la calle, a viajar en autos en mal estado, o incluso vehículos que tienen una jaula instalada para proteger al conductor, que tampoco puede saber si el pasajero lo asaltará o no. Nos hemos acostumbrado a revisar la maletera para ver que no haya nadie escondido, a bajar la luna para que no nos puedan “drogar con algo”, y a escuchar que “no, para allá no voy” como si fueran cosas normales. Y en realidad el único beneficio que se me ocurre es que, a cambio de todo eso, los taxis en Lima son ridículamente baratos.

Me resulta difícil pensar que alguien pueda estar contento con el estado actual de las cosas, una situación tan precarizada que cuando nos encontramos como una denuncia como la de arriba, consideramos que es posible y nuestra respuesta no es indagar ni resolver el problema de fondo, sino tachar a la empresa y buscar otra. Pero éste es un problema donde ni siquiera se necesita implementar infraestructura pesada, sino tan sólo establecer mejores controles y sistemas de información, al menos como primer paso. Como para dejar de entrar en pánico cada vez que tu taxi dobla por una esquina que no conoces.

Susana Villarán y la conquista del imaginario limeño

Regreso a Buenos Aires luego de pasar un mes en Lima, y aún estoy en el lento proceso de reconexión con la realidad. Lima celebró hace unos días el aniversario 477 de su fundación en medio de una polémica y bizantina discusión sobre su administración: un grupo “independiente” de “ciudadanos preocupados” ha lanzado una iniciativa para conseguir la revocatoria de la actual alcaldesa, Susana Villarán, y de todos los regidores del gobierno municipal.

Muchas cosas de este iniciativa por la revocatoria me son incomprensibles. Para el tipo de discurso que se escucha por estos días en diferentes medios limeños, uno esperaría que Lima se hubiera convertido en un infierno imposible de vivir y tolerar como para haber tal grado de odio y rechazo hacia la alcaldesa, y mi experiencia antes y durante este mes ha sido que eso está lejos de ser verdad. En el PEOR de los casos, creo que uno estaría obligado a decir que Lima está “igual”, y difícilmente eso podría ser justificación para una revocatoria. Por otro lado, es una gestión que apenas tiene un año en el ejercicio de sus funciones, y aunque no creo que eso sea justificación como para no hacer cosas, sí creo que para la magnitud del aparato que debe movilizarse es poco probable que en un año se puedan tener resultados tangibles y demostrables.

Más aún, me es completamente incomprensible la calidad del discurso. No sé cómo, pero la “tía regia” se las ha arreglado para acaparar odios por todas partes, y he leído y oído diversas manifestaciones viscerales en su contra que son horriblemente preocupantes – preocupantes porque, antes que nada, enarbolan una bandera de “me zurro en el voto popular” y de querer sacarla a cualquier costo.

Pero en fin, gente más inteligente e informada que yo ya se ha dedicado al proceso de desmitificación sobre los logros de la gestión Villarán – sobre los montos reales del presupuesto de inversiones ejecutado, sobre las percepciones de los vecinos de La Herradura sobre la obra, sobre “el olón”, sobre el tráfico en el centro de Lima, etc. Así que no quiero detenerme más sobre ello, como tampoco quiero detenerme a echar luz sobre el cargamontón mediático que, me parece, existe claramente, pero no es por sí solo justificación de los resultados de aprobación de su gestión que se han publicado en los últimos días.

Ya es casi un lugar común decir que el problema de la gestión Villarán no es, valga la redundancia, un problema de gestión, sino uno político y mediático, de comunicaciones. Que al adoptar la posición moral de que “la esperanza vencerá al miedo” lo único que hace es someterse innecesariamente a un apanado mediático, además de cerrarse al mismo tiempo la posibilidad de defenderse o incluso de contraatacar. La situación actual me recuerda a la escena en El Padrino cuando Michael Corleone decide reemplazar a Tom Hagen como el consiglieri de los asuntos familiares, diciéndole que “él no era un consiglieri para tiempos de guerra”. Desde mi percepción externa, es un poco lo mismo lo que ocurre con la gestión Villarán: siguen jugando desde la posición moral, platónica, de que el Bien brilla por sí mismo, la esperanza vencerá al miedo y que no tienen necesidad de responder. Y, por lo mismo, los acribillan como a Sonny Corleone en la caseta de peaje.

Desmitificar las acusaciones está perfectamente bien, pero mi principal incomodidad – y lo digo habiendo votado por la actual alcaldesa – es que no hay una contramitificación, una remitificación del trabajo de la Municipalidad. La alcaldía no nos está construyendo un mito del cual participar, una historia de la cual ser parte: no puede ser el bus patrón, no puede ser el Metropolitano, no pueden ser corredores viales. Tiene que ser una gran idea, un eje que lo articule todo y que yo quiera comprar – y sí, algo que quiera comprar para mí, no para todos o para los demás. El slogan de “Lima para todos” es moralmente correcto y políticamente inclusivo, ¿pero cómo es eso Lima para mí? ¿Cómo “chorrea” el crecimiento de Lima para todos hasta mí?

Mi percepción es que lo que más necesita la alcaldesa en este momento es construir un mito, un mito enorme sobre la ciudad de Lima, un mito que inspire a la gente. Una gran idea que capture un creciente orgullo de los limeños por su ciudad y un optimismo hacia las posibilidades que les ofrece en los próximos años. Convertir la imagen de Lima de desordenada, gris e insegura en la expectativa de una ciudad emergente, de oportunidades para sus habitantes, de cosas por hacer. No entiendo cómo es posible que la Municipalidad no esté aprovechando, por ejemplo, el Bicentenenario del 2021 como gran idea eje, o incluso el aniversario 500 de Lima, como excusas perfectas para construir una imagen de la Lima del futuro. El aniversario 500 de Lima está a sólo 23 años, lo cual en términos de grandes obras públicas es relativamente pronto.

Tener un gran mito transformador sirve dos propósitos importantes. Si hablamos de Lima 500, por ejemplo, es una idea que inspira y motiva. ¿Para qué hacemos esto? ¿Para qué nos comemos el desvío del tránsito, las pistas rotas, las ordenanzas? Lima 500. En 23 años queremos hacer que Lima sea la nueva capital de América Latina, el rostro sudamericano hacia el Pacífico y hacia Asia, capital gastronómica mundial, etc. Para eso, estamos poniendo los cimientos hoy día. Y a pesar de ser la construcción de un mito, eso no quiere decir que sea mentira ni que esté desprovisto de contenido: es solamente una ilustración de cómo queremos que se vea nuestro futuro. Por ejemplo, el otro día estaba leyendo el artículo de Wikipedia sobre el Metro de Lima, e incluía el siguiente mapa:

Es un mapa de la red propuesta del Plan Maestro de Transporte Urbano de Lima y Callao, desarrollado en el 2005 y finalmente reemplazado por el mapa de la red básica, que tiene cinco líneas en lugar de las siete de la red propuesta. Todo bien con la dosis de realidad para efectivamente implementar el Metro, y no digo que no debamos ser realistas en la gestión urbana, pero sí quiero decir que la Lima del futuro, la Lima 500, el gran mito fundacional que la Municipalidad necesita hoy día, está lleno de cosas de este tipo: una Lima con siete líneas de Metro, conectadas con el Metropolitano en estaciones articuladas con un sistema electrónico de boletos y rastreo electrónico de los vehículos para que uno sepa cuándo debe salir de su casa para tomar el siguiente bus o tren. Es corredores peatonales en el centro, es reducción del parque automotor con un transporte público en el cual uno viaje tranquilo y no como sardina a un precio razonable, ahorrando tiempo y dinero. Es corredores comerciales en diferentes puntos de la ciudad, planificados con años de anticipación, para que la gente pueda poner negocios, tiendas, restaurantes, distritos temáticos con incentivos para instalar empresas de alto valor. Es formular la idea de una ciudad con 500 años de historia, capaz de mejorar la calidad de vida de 10 millones de personas que viven en ella.

Tener un mito le permitiría a la Municipalidad movilizar, articular, inspirar a la gente y dejar muy clara la idea de para qué se está trabajando, cuál es la meta a la cual se quiere llegar. Y por lo mismo, maquiavélicamente hablando, tener un gran mito fundacional que movilice a la población se vuelve un arma defensiva importantísima: permite exponer, pública y claramente, que la Municipalidad está haciendo *esto*. Por tanto, la revocatoria de la alcaldesa se convierte en el sabotaje del futuro de Lima, se convierte en estar en contra de una imagen de la cual la gente quiere participar. Si “Lima 500” o “Lima 2021” ofrecieran el plan maestro de hacia dónde va la ciudad, la revocatoria significaría estar en contra de un plan de esta envergadura. Si la población estuviera movilizada bajo una gran idea de este tipo, no sólo sería más fácil hacer las cosas, sino que sería más fácil también defenderse de los ataques.

Sí, mis razones para pensar en algo así son completamente maquiavélicas, y es el uso de la estrategia como táctica. Pero, por un lado, no veo muchas alternativas para que la Municipalidad se defienda efectivamente con los recursos disponibles, y por otro lado, veo mucho valor de realmente tener un plan y un mito de este tipo. Tal como están las cosas, la gestión Villarán necesita ganarse de un considerable capital político y mediático para siquiera poder operar efectivamente. Ese capital político y mediático puede ser conquistado a través de la conquista del imaginario público y la construcción de un futuro deseable para los limeños.

Observaciones porteñas, 6

Microcomercio

Buenos Aires encierra la paradoja de que para ser una ciudad enorme, aún mantiene un alto nivel de vida de barrio. Y eso se ve reflejado claramente en su estructura de comercio: en Buenos Aires el microcomercio no solamente resiste, sino que empuja hacia atrás al gran capital, por ponerlo de alguna manera.

No es una ciudad de grandes centros comerciales: los hay, y están llenos de gente, pero no están por todos lados, ni en los lugares más céntrico ni son tan centrales a la vida comercial de la ciudad. Son, más bien, las tiendas pequeñas las que siguen con vida más allá de las predicciones. Las bodegas y minimarkets a pesar de que hay abundantes supermercados por todas partes, las ferreterías de barrio a pesar de grandes home centers que aglomeran enormes variedades de productos.

Y no es que las grandes tiendas no tengan movimiento: de hecho lo tienen, y siempre están llenas de gente. Pero aún así existen en todos los barrios carnicerías, heladerías, panaderías, tiendas de pasta artesanal, que son decisivamente operaciones de pequeña escala cuyo relevancia en el mundo contemporáneo ha sido muchas veces descartada, ante el argumento de que mayores concentraciones de productos, aprovechando economías de escala, serían capaces de eliminar a estos pequeños comerciantes por su ventaja en precios.

Pero no sucede.

Lo que termina sucediendo es que el microcomercio cumple un papel clave dentro de la vida de la ciudad, y consigue brindar una oferta diferenciada. En una ciudad sumamente grande y densa, sin una larga tradición de grandes tiendas, es complicado por el valor de los terrenos que enormes complejos comerciales abran en zonas muy céntricas. De modo que las distancias, tiempos y accesos a estos son más complicados, lo cual es un factor que juega a favor de las pequeñas tiendas, que están más cerca, a menudo a pocas cuadras.

Las tiendas pequeñas son capaces de ofrecer una doble diferenciación. Por un lado, son capaces de brindar un servicio mucho más personalizado, sumamente personalizado. Son, efectivamente, tiendas de barrio. Pero también, por alguna razón, son también capaces de ofrecer mejores productos que las grandes tiendas. Las fruterías y verdulerías tienen mejores productos que los supermercados, más frescos, así como también las carnicerías. La pasta fresca que uno consigue también es mejor, y así sucesivamente. De modo que el microcomercio se defiende no sólo en la calidad del servicio sino también en la calidad del producto. Incluso, en algunos casos, consigue defenderse hasta en el precio.

Es una variante interesante la del capitalismo porteño, conformado por operaciones más pequeñas y personalizadas. Por lo mismo, operaciones mucho más cargadas de significado, articuladas dentro de sus realidades locales inmediatas. Y que a pesar del crecimiento visible de operaciones a gran escala, no sólo no ceden terreno sino que se mantienen como la norma más que la excepción. A diferencia de otras ciudades (por ejemplo Lima), el comercio e incluso la producción a pequeña escala no están desapareciendo sino que están plenamente integrados en el tejido de la ciudad.

Más sobre datos, aplicaciones y ciudades

Ayer escribí un poco sobre mi interés creciente por el tema del manejo de datos y cómo podemos extraer de la enorme cantidad de datos que capturamos (o que deberíamos capturar) información significativa para mejorar nuestras condiciones de vida.

Hay muchas aplicaciones en torno a esto que se están explorando para monitorear y optimizar diversos sistemas públicos en ciudades. De hecho, hace un tiempo compartí aquí un ejemplo de cómo Copenhague estaba utilizando bicicletas como sensores baratos para monitorear condiciones climáticas y de tráfico en la ciudad. Ahora encontré un artículo en Mashable sobre una serie de ciudades que están abriendo a sus ciudadanos sus bases de datos para que construyan aplicaciones utilizando la información que está allí sin explotar, para mejorar las condiciones de vida en la ciudad.

Major city governments across North America are looking for ways to share civic data — which normally resides behind secure firewalls — with private developers who can leverage it to serve city residents via web and mobile apps. Cities can spend on average between $20,000 and $50,000 — even as much as $100,000 — to cover the costs of opening data, but that’s a small price to pay when you consider how much is needed to develop a custom application that might not be nearly as useful.

Hay varias razones por las cuales esto es una gran iniciativa:

  • Fomenta la transparencia y la participación ciudadana. Por un lado, evidencia de parte del gobierno de la ciudad la disposición de abrir sus datos al público, y al brindar la oportunidad de crear maneras accesibles de interpretar esta información, permite que un número mayor de personas pueda entender y participar de la gestión municipal.
  • Permite mejorar las condiciones de vida en la ciudad. Creando aplicaciones que contextualizan datos sobre tráfico, criminalidad, educación, medio ambiente, etc., se tienen elementos mucho mejores para tomar decisiones en materia de políticas públicas. Éste es uno de los mejores rasgos de jugar SimCity: uno puede ver cómo cambios en la zonificación industrial afectan a lo largo del tiempo los patrones de contaminación o de tráfico en una zona de la ciudad, y puede adoptar medidas en función a eso. Con mejores fuentes de datos, lo mismo puede hacerse con ciudades reales.
  • Desarrolla un mercado y una base de talento locales. Al abrir las bases de datos para que los ciudadanos jueguen con ellas, se fomenta el desarrollo de habilidades en construcción de aplicaciones a nivel local, que luego pueden ser contratadas por la misma gestión municipal o por el sector privado o quien fuera. En términos simples, se genera un espacio de aprendizaje muy accesible donde los ciudadanos pueden aprender a hacer aplicaciones basadas en datos y empezar a hacerse un nombre con lo cual luego puede empezar a forjarse un mercado local en este rubro.

Por todo esto, no sólo no es descabellado, sino que sería también deseable explorar este tipo de aplicaciones en una ciudad como Lima. En Lima, sin embargo, quizás haya que empezar por capturar datos y consolidarlos en bases de datos accesibles, algo que no es imposible pero que ciertamente arrastra un costo. Las unidades de transporte público, por ejemplo, podrían estar equipadas con sensores que monitoreen su recorrido a lo largo del día, junto con una serie de factores además del tiempo, como condiciones medioambientales o contaminación sonora. Con una serie de sensores bien ubicados en líneas estratégicas, uno podría construirse una figura razonable de los patrones de tráfico, los cuellos de botella y los focos de contaminación en puntos clave de la capital.

(Obviamente esta información y toda su riqueza serían seguramente objetadas por gremios que no quieren ser monitoreados, ya que eso evidenciaría, expondría y documentaría las infracciones que cometen cotidianamente. A mi juicio, una razón más por la cual implementar algo así, a pesar del costo político.)

Otro lugar muy importante donde podría ensayarse esto es en la mejora de la seguridad ciudadana, construyendo sistemas que hagan extremadamente fácil para una persona reportar incidentes o crímenes y empezar a compilar toda esa información de manera sistemática. Debidamente organizada, esto permitiría construir un mapa de criminalidad e inseguridad en Lima que correlacionara no solamente ubicación geográfica, sino también hora, fecha, contexto, y todas las demás variables ambientales cuya influencia en la tasa de criminalidad podría luego empezar a explorarse. Ésta sería, a mi juicio, una inversión mucho más razonables y realista que los gastos más bien aparatosos y propagandísticos que muchos municipios hacen para dar la impresión de que hacen algo por la seguridad ciudadana – instalar cámaras de vigilancia puede estar muy bien, pero a menos que se tenga un plan integral y sistemático para hacer algo con esa nueva fuente de información, en realidad es tirar plata al tacho, jugar con las expectativas de la población y solamente intentar crear una falsa sensación de seguridad.

(Imaginen por ejemplo una aplicación que correlacione un mapa de criminalidad con la posición de uno vía GPS, y le emita una alerta vía celular cuando uno se acerca o se encuentra en un área de alta peligrosidad, junto con una serie de recomendaciones. Quizás son cosas que uno viviendo en una ciudad más o menos internaliza, pero que podría tener enormes aplicaciones, por ejemplo, para el turismo.)

Observaciones porteñas, 5

Las industrias culturales en la Argentina

Es cierto, me quejo mucho del sistema bancario argentino y del mercado tecnológico. Pero sin lugar a dudas, algo en lo cual la Argentina está años luz por delante del Perú, y en particular la ciudad de Buenos Aires frente a Lima, es en el desarrollo de sus industrias culturales. Todas ellas.

Es casi un lugar común decirlo, y es harto conocido, pero el alcance total de esto no es del todo discernible hasta que uno empieza a verlo en su dimensión cotidiana. No hay dimensión de las industrias culturales que no haya sido apropiado y desarrollado en esta ciudad. El mundo editorial, de entrada, es espectacular: la diversidad de libros que uno encuentra es apabullante, y aunque en realidad los precios no son necesariamente más baratos (sobre todo por el tema de la inflación), uno encuentra cosas que no consigue en ninguna otra parte – o bueno, que ciertamente no encuentra en Lima. Las librerías, además, respiran un aire diferente, todas ellas: en cualquier librería de centro comercial uno tiene muy buenas probabilidades de encontrar excelentes libros en artes, humanidades, ciencias sociales, más allá de una serie de refritos editoriales y best sellers de venta masiva. El grado de complejidad y análisis que ofrecen del lector estos libros es también mayor, uno podría decir que las cosas están hasta “menos masticaditas”: quizás sea menos frecuente encontrar libros con las 7 estrategias efectivas para el marketing moderno o cosas así, pero incluso el lector interesado en esos temas, de hacer el esfuerzo, encontrará información mucho más rica y profunda en un estudio reciente sobre los cambios en los patrones de consumo en el conurbano bonaerense, por poner un ejemplo. Hay más niveles que recorrer, y si uno se compromete con ese recorrido, hay en consecuencia también mayores recompensas.

Pero aún dentro del ámbito editorial, y de la enorme diversidad de librerías que uno encuentra caminando por la calle, están también los quioscos de periódicos: que cargan no sólo, también, libros, sino una enorme variedad de revistas y periódicos, todos locales. Hay versiones locales de revistas globales, como la Rolling Stone, producidas localmente cubriendo contenido local. Y hay una enorme variedad de revistas locales para todo tipo de contenidos y temas: he visto hasta revistas dedicadas a aviones de guerra, además de las de decoración, de autos, de motos, de comida, de hombres, de mujeres, de niños, de farándula, de construcción, etc., etc., etc. Es claro que el mercado local tiene demanda para un universo enorme de oferta editorial en múltiples formatos.

Dicho sea de paso, la promoción al cine argentino también se puede encontrar en las librerías y en los quioscos de periódicos: es muy fácil conseguir en DVDs, hasta donde entiendo, originales, películas argentinas como “El secreto de sus ojos” a muy buenos precios, totalmente accesibles.

Esta tendencia a la localización es visible también en otros ámbitos. En la televisión, por ejemplo, Argentina tiene su propia señal de ESPN transmitiendo por cable eventos deportivos locales como el campeonato de polo, así como tiene también una estación de radio. Estando aquí uno empieza a caer en cuenta de que muchos de los canales de cable que uno ve afuera, en realidad se producen aquí, generando todo tipo de contenidos localmente, incluso tours a las destilerías escocesas para documentar la variedad de whiskies para un canal de cocina de cable producido localmente.

La radio y la música son un tema aparte. Escuchar radio acá es una experiencia muy diferente, y no es raro ir en un colectivo escuchando a Jimi Hendrix o The Doors, con una cultura musical local que se trifurca entre el rock (con un fuerte énfasis en el rock nacional), la música electrónica, y una presencia cada vez más fuerte de la cumbia (aunque no necesariamente la cumbia que conocemos en el Perú). Caso aparte el tango, que aún recorre transversalmente las preferencias pero que también ha adquirido, por momentos, un sentido más bien turístico.

Lo que resulta espectacular es la selección de música que uno escucha en cualquier tienda, desde tiendas de diseñador hasta paseando por el supermercado. La selección de música siempre es excelente, siempre es sorprendente y nunca cae en lugares comunes de grandes éxitos radiales o cosas genéricas. Incluso comprando el pollo del almuerzo uno puede descubrir música nueva. Y esto, por supuesto, es también lo que crea un mercado enorme y una plaza privilegiada para conciertos de todo tipo, y aunque solamente algunos de los más grandes suenan ampliamente a nivel regional, esta es una ciudad visitada también por artistas como GirlTalk, LCD Soundsystem, Kate Nash, MGMT, Yo La Tengo, Belle & Sebastian, La Mala Rodríguez, etc., aportando a la enorme diversidad del roster de conciertos locales.

Es un universo casi inacabable, y uno que aún no termino de explorar. Pero en términos de industrias culturales y de cultura mediática, la Argentina es un lugar fascinante, con una combinación sumamente interesante de una oferta increíblemente diversa con un público sumamente exigente, en todos los segmentos y en todos los formatos. Demás está decir de que, por ello mismo, la observación del populismo argentino (y no en el sentido Laclauiano, sino en el pedestre) demanda un capítulo aparte, por la manera como estos mismo circuitos culturales están plenamente interconectados con las dimensiones políticas y la manera como funciona el aparato propagandístico.

Aún con todo eso, hay muchísimo que tenemos que seguir observando, replicando y apropiando de la experiencia Argentina en industrias culturales si queremos impulsar también el desarrollo de las mismas en el Perú. Ojo que aquí la palabra clave es “apropiando” – no se trata sólo de recoger y reproducir, sino que precisamente lo que hace estas experiencias interesantes aquí, es la manera en la que se integran naturalmente al entramado social y cultural del cual forman parte.

Observaciones porteñas, 4

El mundo financiero, o de cómo vivir cada día en modo crisis

Desde mi muy, muy humilde opinión de observador externo, el mundo financiero en Argentina es un aparato sumamente precario. La realidad financiera que se vive aquí es muy diferente a la que estaba acostumbrado en Perú, y ha sido y sigue siendo un proceso de adaptación difícil. Argentina aún no se recupera del todo, en términos psicológicos y de confianza, de sus últimos años de crisis, que con apenas diez años de haber pasado aún se mantienen frescos en la memoria de la población.

Empecemos por los bancos. De entrada, el horario de atención al público en los bancos, en la gran mayoría de los casos, es de 10am a 3pm. Eso es todo. No hay nada de horario extendido hasta las 7pm, ni mucho menos contar con Interbank en Plazas Vea y Vivandas de lunes a domingo, de 9 a 9. Eso no existe. Los bancos no abren los fines de semana, por supuesto, y de hecho hasta donde sé, ni siquiera las líneas telefónicas de atención al cliente están disponibles permanentemente.

La atención de los bancos es una dimensión un poco extraña. Primero, la mayoría de agencias cuentan casi siempre con un recepcionista, que se encarga de derivar al cliente a la ventanilla o persona adecuada según el trámite que quiere realizar. Muchas veces, para algunas cosas el mismo recepcionista puede encargarse de resolverlo. Si no quiere hacer algo como, por ejemplo, abrir una cuenta, no es un procedimiento sencillo: no se trata solamente de tener dinero, y querer que le banco lo guarde. Hay que llevar una serie de documentos, y el trámite dura alrededor de una semana – algo que me resultó absolutamente incomprensible. Me sorprendió también el altísimo costo de los servicios financieros: a menos que uno tenga una cuenta de pago de haberes, todos los paquetes de cuentas de ahorro tienen un costo mensual que no es poco (por lo que he visto, entre 100 y 200 pesos mensuales, es decir 75-150 soles), por el simple hecho de utilizar los servicios del banco. Hasta ahora no he encontrado algo como una cuenta costo cero o ahorro libre.

Entonces, por el lado de la oferta, las propuestas no son demasiado tentadoras. Pero luego viene lo más sorprendente: por el lado del comercio mismo, pareciera que una buena parte de la economía no está bancarizada. No es extraño, y de hecho es quizás lo normal, que una tienda o un restaurante acepten solamente pagos en efectivo. Tampoco es raro que, de poder aceptar pagos electrónicos con tarjetas de débito o crédito, tengan un recargo sobre el precio en efectivo. De modo que una enorme parte de la actividad económica se mueve en efectivo, y no es posible que uno circule todo el tiempo sin cargar algo de efectivo, simplemente porque no podría conseguir mucho.

Aquí es donde el asunto pasa de incómodo e inconveniente, a surrealista: en los últimos meses, han habido momentos donde el efectivo, al menos en la ciudad de Buenos Aires, se acabó. Uno podía ir a un cajero, y ya no tenía plata, ni tampoco el del costado, ni al frente, ni el de otro banco. Es decir, si uno tiene plata en el banco, pero además necesita disponer de ella porque la economía se mueve en efectivo, existe una posibilidad de que uno no pueda, simplemente porque se acabaron los billetes. ¿Dónde están? ¿A dónde se van? No tengo ni la menor idea. Desaparecen.

(Eso siquiera sin mencionar el tema de la escasez de monedas, que ha mejorado mucho desde hace un año pero se mantiene. En resumen, las monedas son un bien sumamente escaso, sobre todo en Bs.As., donde su valor de uso es en realidad mayor a su valor de cambio por el hecho de que se utilizan para operaciones cotidianas como el pago de los boletos en los buses. Sin monedas, hasta hace poco, simplemente no se podían utilizar los buses. Ahora hay, por lo menos, en varias líneas dispositivos electrónico con los que se puede pagar con un monedero electrónico, igual que en el subte.)

Entonces: no sólo es caro acceder a servicios financieros que no tienen buen nivel de atención, sino que además estos servicios financieros no son totalmente útiles (porque no están generalizados por el lado de la demanda) y se pueden volver inútiles de un momento a otro.

Además de eso, a pesar de que la economía se ha estabilizado y está en crecimiento, parece que hay un desfase entre este crecimiento y el aparato financiero (al menos orientado al consumidor) y, sobre todo, con el sistema monetario. Finalmente, hay aún una inflación de alrededor del 20-25% anual que se siente realmente a nivel cotidiano, a pesar de que las cifras oficiales intentan maquillar algo completamente diferente. Esto es lo que hace que incluso uno pueda respirar claramente una sensación de crisis, o de potencial crisis, como si todos estuvieran listos para, a la primera señal de alerta, correr a los bancos a sacar toda la plata que tengan allí guardada, ante el riesgo de que puedan ser confiscados sus ahorros (como pasó a principios de la década).

Todo esto configura un escenario poco desarrollado en términos de productos financieros. A nivel de percepción generalizada, la única o principal inversión que es entendida como segura y rentable, a grado mucho mayor que en otras realidades, son los bienes inmuebles – las propiedades. La única inversión segura, se dice, son los ladrillos. Supongo que si uno se pusiera realmente a buscar podría encontrar alternativas, como fondos mutuos, compra de bonos, o incluso el mercado de valores, pero es muy poco lo que superficialmente uno puede ver al respecto, y mucho menos la atención que el público parece prestarle a este tipo de productos. En otras palabras, parece que no hay realmente una demanda por este tipo de productos, ni tampoco una oferta de muchas alternativas. En la práctica, todas las inversiones importantes giran en torno a propiedades y construcciones, como una especie de “garantía” frente a la inflación y la inestabilidad.

Esto se puede ver por la calle, donde pareciera que cada 100 metros uno puede encontrar una nueva agencia inmobiliaria, y un mercado enorme de compra y venta de inmuebles. Lo cual es a su vez paradójico, porque no parece haber tampoco un buen mercado de créditos hipotecarios: la cantidad que un banco presta para un crédito de este tipo es poca, a una tasa muy alta, y siempre exigiendo como contraparte que el prestatario ponga en efectivo una proporción significativa del monto total de la compra. Por lo que he leído, parece que la gran mayoría de operaciones de compra de inmuebles se hacen, también, con efectivo, sorprendentemente, obligando al comprador a manejar una enorme liquidez para poder hacer una compra.

Es con todo este contexto que se configura mi primera interpretación del mundo financiero argentino, en el cual el valor más escaso es quizás la confianza: confianza en el sistema por parte de consumidores y de proveedores, confianza en las inversiones, confianza en términos de crédito, etc. Es este grado sumamente reducido de confianza lo que hace que las opciones financieras sean sumamente reducidas y, por lo menos para el consumidor de a pie, que existan realmente pocas alternativas de inversión o servicios financieros que sean realmente interesantes.

Viviendas urbanas sustentables: colaborando para crear ciudades inclusivas

Un desafío de Ashoka Changemakers está buscando hasta el 11 de febrero soluciones innovadoras para el tema de la vivienda urbana sustentable:

Ashoka Changemakers está buscando soluciones innovadoras para comprometer a las comunidades, emprendedores e instituciones claves para que colaboren y desarrollen viviendas urbanas inclusivas, sustentables y accesibles y que respeten el medio ambiente, las culturas y las prácticas locales.

Este desafío se lanza como anticipo de la Cumbre de las Américas del 2012 y en apoyo de la Alianza de Energía y Clima de las Américas (ECPA) del presidente Barack Obama. El desafío está financiado por la Fundación Rockefeller, en un esfuerzo conjunto con el Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano de los Estados Unidos, el Departamento de Estado de los Estados Unidos y la American Planning Association.

Presenta tu solución, o nomina un proyecto, antes del 11 de febrero de 2011 en este desafío para colaborar con el desarrollo de viviendas urbanas sustentables para ciudades habitables e inclusivas.

Premios a los ganadores: Las tres mejores participaciones enviadas antes de las 5 p. m., hora del Este de los Estados Unidos del 11 de febrero de 2011, ganarán USD 10.000 cada una.

Observaciones porteñas, 3

Buenos Aires y la tecnología

Como adicto a todo tipo de gadgets y juguetes electrónicos, me está costando bastante adaptarme a la vida en Buenos Aires. Esto es porque la tecnología aquí no solamente es difícil de conseguir, sino también espectacularmente cara.

Hasta donde he podido enterarme, esto es por dos razones. En primer lugar, las importaciones de tecnologías están gravadas con un impuesto del 50% sobre su valor, lo cual encarece enormemente el precio final al consumidor. En segundo lugar, la razón de este impuesto, el fomento a la industria tecnológica local, no consigue abaratar sino que más bien encarece los diversos productos. Aunque esto de alguna manera logra configurar una industria local para producir cosas como televisores, computadoras, teléfonos celulares, y demás, en realidad termina también perjudicando al usuario final haciendo de estos productos artículos estrictamente de lujo, fuera del acceso de la mayoría de la población. De modo que aunque se configura la oferta, se reduce enormemente la potencial demanda por los altos precios.

Esto no sólo perjudica al consumidor final, sino que tiene un efecto secundario sobre, por ejemplo, una empresa que quiere comprar computadoras, pues a pesar de que pueden evitar el 21% del impuesto al valor agregado, aún así terminan enfrentando costos más altos si quieren, por ejemplo, equipar una nueva oficina.

Por todo ello, el mercado tecnológico en Argentina no parece tener demasiada demanda, lo cual genera, a su vez, que la oferta disponible no necesariamente sea la más actualizada y reciente. Con lo cual, comprando tecnología aquí en Buenos Aires uno termina pagando muchísimo más de lo que debería por la generación anterior de productos.

Algo que he mencionado antes es que la variedad de marcas disponible aquí es bastante diferente a lo que uno encuentra en Lima. Creo que no hemos explotado lo suficiente la posición privilegiada de Lima dándole la cara al Pacífico, y a todo el sudeste asiático, con la consecuente ventaja que significa en términos de productos que recibimos y el tipo de marcas que encontramos, junto con sus precios mucho más bajos. Con ese acceso mucho, mucho más simple a todo tipo de formas tecnológicas, es fácil ver cómo se generan naturalmente incentivos para que se configure toda una industria de productos y servicios tecnológicos local, que sin embargo parece tener mayor madurez en un lugar como Buenos Aires, donde el acceso es mucho más difícil. Lima está en una posición privilegiada para convertirse en la puerta de entrada para toda la tecnología asiática hacia América Latina.

Una cuestión curiosa de la actitud porteña hacia la tecnología, es que en muchos sentidos está es una ciudad antiguamente moderna. En varios lugares uno puede ver cómo la ciudad es, quizás, la primera en América Latina en contar con una serie de avances tecnológicos, que sin embargo parecen no haber sido actualizados desde que fueron implementados. Entonces se encuentra uno con el subte, la primera red de metro subterráneo de América Latina, construida en 1905, pero que en varias estaciones y rutas parece haberse mantenido tal cual fue construida en 1905. O subir en los ascensores de los edificios, de estilo antiguo con doble puerta, que se encuentran en la gran mayoría de edificios. Incluso en el aeropuerto de Ezeiza, uno puede ver al abordar un avión que cuenta con quizás las primeras mangas que estuvieron disponibles – que siguen siendo las mismas utilizadas hoy día.

Ahora, ¿qué tanta es la diferencia? Comparando los precios más recientes que he visto, por ejemplo, uno puede conseguir en Lima un televisor LED full HD con un home theater, por aproximadamente la mitad del precio de un televisor LCD full HD aquí en Buenos Aires. Una netbook se consigue por entre 30% y 50% más cara que en Lima. Y eso ni siquiera es comparando con los precios en EEUU. La única manera de que las personas accedan a estos productos es accediendo a créditos en cuotas por uno, dos o tres años, y los bancos muchas veces ofrecen opciones de cuotas sin interés para estos productos por la simple razón de que, de otro modo, nadie los compraría. Pero pagar este tipo de productos a dos o tres años nunca es una buena idea, pues a la mitad de ese tiempo el producto muchas veces ya es obsoleto.

Mientras tanto, sigo buscando la manera de explorar el mercado tecnológico argentino.

Observaciones porteñas, 2

El problema de ser peruano en Argentina

No estoy del todo al tanto de las noticias locales aquí en Buenos Aires, pero el tema de la violencia que ha estallado en Villa Soldati es un poco inescapable. La cosa ha salido por completo de control, al punto que el gobierno de la ciudad ha reconocido su incapacidad para manejar el asunto e incluso está pidiendo ahora la intervención de la infantería para desalojar a los invasores que han ocupado el Parque Indoamericano. Pero el tema también ha cogido revuelo internacional por estar fuertemente ligado al problema migratorio de habitantes de otros países latinoamericanos que vienen a la Argentina en busca de trabajo.

El tema migratorio en Argentina es muy complicado porque, por supuesto, la enorme mayoría de migrantes que llegan de países como Bolivia, Paraguay y por supuesto, Perú, lo hacen en muy malas condiciones, y la mayoría de migrantes termina viviendo en las villas en diferentes lugares de la ciudad. Los peruanos ocupan aquí, además, un lugar tristemente célebre:

Según un estudio sobre migración y mercado de trabajo de bolivianos y paraguayos en el Area Metropolitana realizado por la demógrafa Alicia Maguid y el sociólogo Sebastián Bruno, desde los 90 que viene aumentando la población de estas nacionalidades. En la última década, además, se quintuplicó la cantidad de peruanos. Todos vienen en busca de trabajo, que consiguen en talleres textiles, la construcción o, en el caso de las mujeres, como empleadas domésticas. Como la mayor parte trabajan en negro, acceder a la vivienda es muy difícil para estos inmigrantes, que terminan instalándose en villas y asentamientos.

De modo que no es de extrañar que ser peruano en Argentina sea para muchos de ellos una realidad muy compleja. Ayer me tocó, además, ganarme con una tajada de esta realidad cuando terminé pasando buena parte del día en el Consulado General del Perú: como buen peruano, se me ocurrió ir a hacer el trámite de rectificación de domicilio (el trámite necesario para poder votar en el extranjero) en el último día posible, con lo cual me tocó hacer una cola de una cuadra y un trámite que demoró, en total, alrededor de seis horas, rodeado de la idiosincrasia peruana todo ese tiempo. Desde vendedores ambulantes vendiendo tamales, chicha morada y arroz con pollo en tapers, hasta, por supuesto, la acostumbrada y, para mí, absolutamente despreciable presencia de los tramitadores a lo largo de la cola inventándose requerimientos para vender fotocopias y fotos pasaporte que las personas no necesitan.

En seis horas uno se gana con muchas cosas, que no puedo más que recoger desde el punto de vista anecdótico porque no cuento con mayor información que eso. Pero es una experiencia que uno no puede dejar de relacionar con el trasfondo del problema migratorio detrás del crecimiento de las villas – empezando por la impresionante cantidad de personas que estaban haciendo el trámite, o los rumores que se van pasando entre la gente en la cola: que hubo gente acampando desde las 3am en la puerta del consulado, que la cola desde hacía tres días le daba vuelta a la cuadra, etc.

Pero uno empieza además a hacerse una idea de las condiciones en las que vive la comunidad peruana – claro, sin generalizar, pues no son más que conversaciones específicas que pude escuchar. Como la de una mujer que esperaba la llegada de sus hermanos desde Perú en las próximas semanas, porque la compañía en la que trabajaban en Perú había quebrado así que se iban a probar suerte en Argentina. Así que ahora ella debía buscarse una “pieza” donde ella y sus tres hermanos pudieran vivir, pagando unos 20 pesos al día (alrededor de S/.15). Más tarde, estaba el problema de un grupo de mujeres que, aunque habían ido a realizar el trámite de cambio de domicilio, casi al final de todo el proceso cayeron en cuenta de que no sabían realmente cuál era su dirección. “Dile que es una casa tomada”, se recomendaban entre ellas antes de hablar con el oficial consular.

Quizás lo que más me sorprendió fue, cuando yo mismo me acerqué a usar el trámite, la reacción del tipo del consulado. Vio la dirección que había escrito, y la releyó con un tono descreído, y yo asentí. “Pero esto es en Recoleta”, me dijo, a lo que tuve que asentir de nuevo como para que se diera cuenta de que no me había equivocado, y registrara mi dirección (Recoleta es un barrio de clase media-alta/alta en Bs.As.).

Hay muchas cosas de todo esto que no entiendo, pero que intento contextualizar. En primer lugar, era constatable el grado de desinformación generalizada de la gran mayoría de personas: antes de ir, me tomé el tiempo de revisar el sitio web del consulado, hacer mis averiguaciones, ver qué documentos necesitaba, y luego ir (tarde, pero informado). Pero la gran mayoría de personas llegaba a enterarse en la cola, a menudo a partir de la información de los mismos tramitadores. Lo señalo porque la desinformación era un patrón generalizado: la mayoría de gente presente (al menos de la que pude escuchar) ni siquiera sabía por qué estaba haciendo el trámite, o qué trámite tenían que hacer. No había noción de cuándo eran las elecciones, de para qué se rectificaba el domicilio, de por qué ayer era la última fecha para hacer el trámite. Quizás de lo único que había una idea era de que así se evitaba una multa, que según a quién le creyera uno, estaba entre los 300 y los 700 dólares.

Y me parece que este patrón, claro, se extiende más aún: en, por ejemplo, la desinformación generalizada respecto a las oportunidades a las que uno puede acceder en la economía aquí, versus las que uno podría encontrar en la actualidad en el Perú. Basándome en observaciones aún muy preliminares, me parece que en términos cotidianos uno puede encontrar mejores condiciones económicas y un costo de vida mucho más bajo actualmente en el Perú, que en la Argentina – disponibilidad de productos de consumo, inflación, oportunidades laborales, etc. Por ponerlo de alguna manera: el tipo de trabajo y las condiciones de vida que consigue un migrante peruano en Argentina con enormes dificultades logísticas y legales, no son muy diferentes del tipo de trabajo y condiciones de vida que podría conseguir en el Perú sin esas mismas dificultades (la gran diferencia, sumamente importante, es que aquí es posible acceder a servicios públicos de educación y salud de calidad que no pueden conseguirse en el Perú). Por un tema costo-beneficio, la balanza debería inclinarse hacia quedarse en el Perú, antes de migrar hacia un país donde la tendrá más difícil. Pero el análisis costo-beneficio no se hace en estos términos, sino contra una percepción de las condiciones y oportunidades en la Argentina que está mucho más cerca a la Argentina de los noventas, que a la de la actualidad: es como si la comparación se hiciera entre Argentina en la época de la convertibilidad, y Perú en la época del primer Alan. Papas y camotes, apples and oranges.

Esto tiene mucho que ver con la manera como fluye la información y la gente accede a ella, como gente parada en una cola: la gente que se fue del Perú hace muchos años a una Argentina en mejores condiciones a las actuales recuerda esa comparación, y es quizás la percepción que transmiten a sus familiares al ofrecer el argumento de que ellos también podrían o deberían migrar. Pero las condiciones económicas que efectivamente encontrarán son más complicadas, y menos navegables, que las que encontrarían en su propio país.

Al mismo tiempo, ésa es la percepción generalizada que se va construyendo del peruano. Nunca menos de seis oficiales de policía y dos patrulleros estuvieron alrededor del consulado, “cuidando”, no sé exactamente a quién. El mismo personal del consulado se encargó de darnos esa lindísima impresión de ser como ganado pasando por una línea de producción. Y la percepción de los migrantes peruanos es cuestionable, porque las condiciones en las que llegan los migrantes peruanos son cuestionables también. Quizás mi gran aprendizaje del día es que una buena parte del problema migratorio es, justamente, un tema de desinformación – supongo que eso no es novedad para nadie, pero creo que lo que encontré hoy es contenido material mucho más específico para esta comprensión formal.

Observaciones porteñas, 1

Ahora que ya tengo casi un mes instalándome aquí en la margen del Río de la Plata, y que empiezo a acostumbrarme a algunas cosas, creo que puedo empezar a compilar algunas observaciones de cómo son las cosas diferentes por aquí. Comparando, por supuesto, con aquello que conozco, es decir cosas similares en Lima, Perú, y claro, algunas cosas son mejores, otras son peores, pero en líneas generales muchas cosas son diferentes.

  • Lamentablemente en Buenos Aires no hay Bembos (aún, espero). Pero el “equivalente” a la Bembos Kobe, la hamburguesa premium de carne delux estilo japonés que vende Bembos, es aquí la McDonalds Angus, con carne estilo americano. Muy buena (aunque particularmente prefiero la Kobe), y en general, el McDonalds aquí es más rico porque, bueno, usa carne argentina.
  • Los supermercados son raros. Creo que tantos años de Wong (el de antaño, además) nos han acostumbrado a un nivel de servicio que no existe en ninguna otra parte – todo es mucho más “autoservicio” por aquí, nadie que te ayude, los locales son más desordenados, y no es raro encontrar los anaqueles vacíos de productos porque no han sido re-stockeados.
  • En la misma línea, bueno, los productos son diferentes. La sección pescados es una burla. Pero la sección carnes es espectacular, todo tipo de cortes, todo tipo de tamaños, y aunque por el tema de la inflación ya no está taaan barato, sigue estando bastante barato.
  • La mayonesa es horrible.
  • Todo tiene delivery, virtualmente cualquier restaurante, o tienda, sin importar el tamaño, tiene delivery dentro de un radio de unas cuadras a la redonda. Esto también es cierto de los supermercados: uno puede ir, hacer sus compras, pagar un poquito extra, y todo lo que compró se lo llevan a uno a casa unos 20 minutos después. Excelente si uno está solo y tiene que comprar mucho, para no tener que matarse cargando bolsas.
  • Comprar tecnología es carísimo, por los impuestos de importación, que incrementan casi en 50% el costo de cualquier producto tecnológico no manufacturado en la Argentina. Lo cual no sirve de mucho al consumidor, porque igual los productos manufacturados en la Argentina son carísimos – de no ser por el riesgo, en realidad a uno le sale más barato traerse tecnología del extranjero que comprarla aquí. La diferencia es ridícula, y hace que en términos generales, el universo de dispositivos cotidianos que uno ve se vea relativamente atrasado.
  • Cosa curiosa es que en términos de marcas, lo que uno ve por aquí es bastante diferente a lo que uno está acostumbrado cuando le da la cara al océano Pacífico. En autos, es raro ver por aquí Toyotas o Nissans o demás marcas japonesas o coreanas – la mayoría son más bien marcas europeas o americanas (Ford, Fiat, Renault, Peugeot, Citroen), aunque producidas localmente. Lo mismo ocurre con la electrónica: marcas como Samsung o LG, que son consideradas totalmente comunes y cotidianas en Lima, acá son más bien “high end” y más caras. En cambio aquí circulan más marcas como Phillips y varias que me dan un poco de miedo, como Noblex o Sanyo.
  • El tamaño personal de la Coca-Cola aquí es de 600ml, no de 400ml.
  • Los bancos no tienen ningún sentido. Primero, sólo trabajan de lunes a viernes, de 10am a 3pm. Pero además, son terriblemente ineficientes, o innecesariamente burocráticos. En Lima, abrir una cuenta de ahorros tomará unos 20 minutos de hacer cola, llenar papeles, hacer un depósito y salir del banco con una tarjeta de débito activada. Aquí, me ha tomado una semana de espera, dos visitas al banco, y entre 2 y 3 horas de trámite para hacer el mismo proceso. Y no hay nada ni remotamente parecido a tener Interbank en cualquier Vivanda, de lunes a domingo de 9am a 9pm. Nos han engreído demasiado en ese sentido.
  • Finalmente, para cerrar por ahora, está el tema de la inflación. Está en el aire, uno la respira, como el calor que ya empieza a subir y subir. Pero me parece muy interesante que aquí se construyen día a día diferentes estrategias para sacarle un poco la vuelta y encontrar la manera de ahorrar, y sumando por aquí y por allá uno termina ahorrando una cantidad sustancial. La clave en esto parecen ser las promociones de los bancos y los programas de descuentos. Según el banco con el que uno está, tiene una serie de descuentos en varios tipos de tiendas – por ejemplo, 20% comprando cierto día en cierta marca de supermercados, 0 20% en compras electrónicas en tal tienda. Y con estos descuentos mensualmente uno empieza a sumar cantidades nada despreciables. Otra cosa que los bancos promocionan mucho con esto es la compra a cuotas sin intereses (que hasta donde he podido ver realmente es sin intereses), con lo cual la compra carísima del televisor LED se fracciona en 30 cuotas que casi no se sienten (supuestamente). Además, por ley hay un incentivo a la bancarización por el cual todas las compras hechas con tarjeta de débito reciben un reembolso del 5% del IVA (el equivalente al IGV peruano), que aquí es de 21%. Con lo cual por el simple de hecho comprar con tarjeta, uno ya se está ahorrando 5% de todo lo que consuma.
  • La otra opción muy utilizada son diferentes programas de descuentos, como los de los bancos, pero también hay otros, como por ejemplo descuentos por ser suscriptor de cierto diario, por ser cliente frecuente de algunas tiendas, o incluso promociones nuevas que están apareciendo a través de sitios como Groupon (que también está disponible en Lima) y una enorme variedad de clones suyos que están apareciendo. Con estos otros descuentos uno también puede ahorrarse un montón de plata sobre todo para actividades de entretenimiento como conciertos, cenas en restaurantes, teatro, etc. Estrategias de supervivencia.

Seguiré observando y les cuento que encuentro.