Necesitamos una conversación más seria sobre el emprendimiento

Está de moda, especialmente que ahora a nivel global la nueva carrera armamentista es la de tener tu propio Silicon Valley en el patio trasero, impulsar con fuerza la retórica del emprendimiento, la creatividad y la innovación. La idea es que si podemos conseguir que más personas se dediquen a generar nuevos productos, servicios y modelos de negocios innovadores, no solo creamos fuentes de trabajo sino que al mismo tiempo diversificamos la base productiva de una economía, y la volvemos más resiliente.

Y todo está bien con eso. Pero en muchos casos – no en todos, por supuesto – estamos perdiendo la perspectiva de cómo hacer las cosas bien. En el contexto peruano, a pesar de que tenemos una tendencia a sobrepromocionarnos como creativos y emprendedores, me parece mucho más cierto reconocer que tenemos una cultura altamente aversa al riesgo. La gente que ha tendido a emprender proyectos en el Perú lo ha hecho más por un tema de necesidad que por un tema de auténtico interés, y aunque solemos resaltar un número reducido de casos de éxito de emprendedores que emergen contra todo pronóstico como modelos a seguir, nunca escuchamos sobre todos aquellos que no lo lograron y se quedaron en el camino y que muy probablemente representan la mayoría del conjunto que intenta emprender un proyecto.

Ojo que no quiero decir con esto que uno no deba emprender proyectos. Solo que el emprendimiento como imperativo en nuestro contexto es peligroso y puede terminar siendo contraproducente. Los elementos que hacen que un ecosistema emprendedor sea saludable y sostenible a lo largo del tiempo van más allá de solamente las ideas, la energía y la determinación. Hay variables sumamente importantes como el acceso a talento calificado, el acceso a fuentes de financiamiento favorables, la disponibilidad de un marco legal flexible y amigable, y sobre todo la cultura que permita que la gente asuma riesgos con una cierta red de seguridad y confianza que haga que el fracaso de un proyecto sea reciclado rápidamente por el resto de la comunidad. Un ecosistema emprendedor no se construye a partir de muchas ganas y buena vibra, y me preocupa que en muchos casos hay personas que están empezando proyectos sobre la idea de que es así, y minimizando o dejando de considerar riesgos importantes que van a terminar afectando la sostenibilidad de sus proyectos.

Por eso necesitamos una conversación más seria sobre el emprendimiento, que reconozca tanto lo positivo como lo negativo y sea transparente y realista respecto a los riesgos involucrados. Si promovemos con gente joven la idea de que es bueno emprender porque “no tienes nada que perder”, estamos ignorando muchas cosas: dada nuestra baja tolerancia al fracaso, es muy probable que un emprendedor que fracase sea no solo un emprendedor menos en el ecosistema, sino toda una red de gente a su alrededor que desde temprana edad piense que no es un buen camino. Dada la precariedad de nuestros circuitos de inversión y nuestra aversión al riesgo, es más difícil para un proyecto conseguir capital semilla o gente interesada en jugársela por un proyecto riesgoso a etapa temprana – incrementando la posibilidad de que el proyecto no lo logre. Negar estos aspectos bajo una lógica excepcionalista de que “mi proyecto es diferente” o un triunfalismo del “sí se puede” no ayuda a nadie, muchos menos al emprendimiento mismo.

Sacar adelante un proyecto es difícil, lento, y durante la mayor parte del proceso, poco satisfactorio y muy frustrante. No tiene sentido ocultar nada de eso con la intención de conseguir que más gente lo haga, porque eso solo termina haciéndole daño al ecosistema. Es más, termina incentivando a muchas personas que no deberían hacerlo a tomar riesgos innecesarios motivados no tanto por un interés en sacar adelante un producto o un servicio, o una idea con la cual están profundamente comprometidos, sino motivados más por construcciones idealizadas de un estilo de vida independiente donde “puedes ser tu propio jefe” y trabajar bajos tus propios términos con una mesa de ping pong. Y eso es un gran problema, porque envía una seria de señales negativas hacia los recursos más importantes de un ecosistema emprendedor – talento y capital – respecto a quién está involucrado y por qué.

Quizás una de las peores influencias que ha recibido la cultura del emprendimiento en los últimos años es el éxito y el peso de una figura como Steve Jobs. Un sinfín de slides de Powerpoint y manuales de capacitación refieren a su trabajo como una referencia importante – pero no se detienen ni por un momento a destacar que Jobs era la excepción, y en ningún sentido la regla (y si necesitan mayor confirmación, lean la biografía de Walter Isaacson sobre Jobs). Y sí, claro, es posible que tu proyecto sea también la excepción y no la regla, pero ese tipo de devoción fanática, desconectada de los datos de la realidad, tiene muy pocas probabilidades de sobrevivir, y es además un lujo que solo tiene sentido luego de una larga serie de logros pasados. Querer emular a Steve Jobs y asumir que es el público o el mercado el que está equivocado por no entender tu idea es una excelente manera de acelerar tu proceso de implosión, es un excelente ejemplo de cómo la conversación sobre el emprendimiento y sus riesgos ha terminado fundiéndose más con un discurso de autoayuda que con un conjunto de herramientas que te permitan sacar adelante ideas que pueden tener un gran impacto. Es el tipo de influencia que los ecosistemas emprendedores están recibiendo también de películas como La red social y la historia de Mark Zuckerberg: historias que aunque puedan ser interesantes e incluso inspiradoras para algunas personas, no por eso deben ser tomadas como manuales o necesariamente como modelos a seguir. La conversación más seria que sugiero que tenemos que tener justamente tiene que esforzarse por poner estas historias en su debido contexto, más allá de rescatar citas inspiradoras para publicar en Twitter.

De modo que sí, por supuesto, hagamos una promoción activa del emprendimiento, sobre todo aquel basado en la creación de nuevas tecnologías. Pero hagámoslo inteligente y metódicamente, sin caer en este nuevo lugar común de que hacer investigación de mercado es traicionar tu propia visión. El emprendimiento no es magia ni es mística, pero tampoco es ciencia ni aplicación de fórmulas ni recetas. Un ecosistema consciente de sus propias limitaciones y riesgos es uno que tiene tanta mayor posibilidad de saber cómo enfrentar estructuralmente esas limitaciones, y cómo construir circuitos que funcionen a pesar de ellas.