Metafísica y epistemología de la innovación

Conforme he ido explorando el mundo de la industria de los videojuegos en el Perú (con algunas notas iniciales aquí), he ido encontrándome también con las intersecciones que este mundo tiene con otros mundos tecnológicos que están en proceso de emergencia o de consolidación. Las retóricas del emprendimiento, de la investigación, de la tecnología y de la innovación atraviesan el mundo de los videojuegos en diversos puntos de encuentro, empezando a hacerse un lugar en la visión que está construyendo el Perú de sí mismo como un país que empieza a introducirse en las dinámicas del “progreso”.

Pero son, por supuesto, discursos complicados y que en general abordamos con dificultad porque no tenemos mucha experiencia en estos temas – y más aún, tenemos mucha experiencia con estructuras e infraestructuras (tanto técnicas como sociales) que obstaculizan el desarrollo de estos temas. Tenemos que enfrentarnos, por ejemplo, al desafío de cultivar ecosistemas sostenibles de innovación sin contar con una base instalada de investigación y desarrollo científicos y tecnológicos, y en muchos casos es fácil encontrar posiciones que creen que se puede tener una cosa sin la otra, o que la investigación básica o aplicada no deberían ser prioridades para nuestros desarrollo tecnológico. Ahora, la posición inversa también es fácil de encontrar: la que dice que no hay innovación si no hay primero el fomento de la investigación básica y de la ciencia pura. Ambos extremos adolescen de alguna forma de ingenuidad: o de una ingenuidad práctica que considera que se puede avanzar en innovación sin aparatos que la alimenten y la sostengan; o de una ingenuidad teórica que cree que las innovaciones surgen casi por ósmosis, sin ningún tipo de gestión, cultivo o canalización.

Todo lo cual muestra que hay múltiples epistemologías de la innovación que están explicitadas en ninguna parte, y que no son particularmente reconciliables entre sí. La innovación, concepto oscuro difícil de definir y acotar, es subsumida bajo la lógica económica del desarrollo de productos y servicios, o bajo la lógica científica del descubrimiento de la mejora técnica, y en ambos casos se deja de reconocer la importante ambigüedad, multidimensionalidad y complejidad de hablar de algo como la innovación. Los cambios cualitativos significativos que implican los procesos de innovación transformadora son difícilmente planificables, difícilmente anticipables, y sus consecuencias son difícilmente evaluables a priori: “innovar” no es solamente generar algo nuevo; es generar, a partir de elementos conocidos, un resultado desconocido que va más allá de la suma de sus partes. Si los resultados pueden ser anticipados con claridad, me atrevo a decir que no se trata de un resultado innovador. Las innovaciones realmente disruptivas son aquellas que escapan por completo a los sistemas que las generan, muchas veces volviéndolos obsoletos.

De modo que la innovación no puede saberse a priori, como no puede realmente saberse con claridad cómo innovar. Lo cual no quiere decir que no se pueda hacer nada al respecto: estamos hablando, finalmente, de cómo se genera un cambio cualitativo radical que va más allá de la simple acumulación cuantitativa. Y lo cierto es que históricamente hemos visto suficientes procesos de generación de cambio radical – técnico, económico, político, social, etc. – como para saber qué condiciones suelen ir de la mano con este tipo de cambios, y cuáles no. De modo que aunque no sabemos cómo producir lo desconocido como no sabemos cómo decir lo indecible, si sabemos construir sistemas y contextos donde lo indecible suele encontrar su camino hacia la enunciación con mayor facilidad. Con eso, al final estamos jugando un juego de probabilística: no podemos nunca garantizar al 100% un resultado innovador de un proceso cualquiera; pero sí podemos ampliar la cantidad de intentos que realizamos, y maximizar la posibilidad de resultados que sean, en mayor o menor medida, representativos de un cambio significativo en nuestra manera de hacer las cosas. Las innovaciones no pueden generarse a propósito. Lo que se puede generar a propósito son los entornos que tienen una mayor tendencia a generar innovaciones.

Ésta es, me parece, una mejor epistemología de la innovación, o incluso una metafísica: una manera de articular cómo pasa a ser lo que en teoría no puede ser. De todos modos me parece que es controversial, pues muchas personas creen que las innovaciones, cualquiera sea su forma, sí pueden ser accesibles voluntaria e intencionalmente. Pero en todo caso, estas discusiones y consideraciones de alto nivel especulativo me parecen relevantes porque el ámbito de la innovación, y su pariente cercano, el del emprendimiento, se han llenado de una serie de discursos no solo poco sustanciados, sino en gran medida anecdóticos y superficiales. Hay una enorme voluntad para el argumento y el discurso que parten de la excepción – por ejemplo, del tipo “si X pudo, tú también puedes” – en lugar del análisis del contexto en el que suceden las cosas y los factores endógenos y exógenos que llevaron a un individuo o a un grupo a introducir en el mundo algo que no existía antes.

Desde mi perspectiva, el discurso motivacional, casi de autoayuda de vender la idea del emprendimiento o la innovación como discursos de autosuperación o de realización personal no nos benefician a gran escala ni a largo plazo. Lo que estos discursos generan son grandes números de individuos enfrentándose a niveles sumamente altos de riesgo, resultados inciertos e impredecibles y altas probabilidades de fracaso, y todo por las razones incorrectas: por cumplir con una autoimagen, por aspirar a un mejor futuro material “liberado del trabajo de oficina”, pero no por el interés de realizar una visión propio, de construir algo radicalmente nuevo, de cuestionar estructuras establecidas o crear algo realmente significativo. A largo plazo, creo que esto puede terminar quemando muchos puentes, pues no se trata de conseguir la mayor cantidad de gente intentando lanzar la mayor cantidad posible de start-ups. Me parece mucho más sostenible conseguir la mayor cantidad de gente con el perfil adecuado para tentar la innovación una y otra vez hasta realizar una visión, siendo consciente de los riesgos que eso implica, y brindándoles las capacidades y el contexto que les permita desarrollar esa visión. No se trata de empezar a ponerse excluyente: cualquiera puede participar, por supuesto, pero eso no quiere decir que todos vayan a disfrutar la fiesta.

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