Circuitos de desinformación

Hay tantas lecciones que sacar del pequeño escándalo que circuló en Lima el último par de días respecto a Taxi Satelital, que vale la pena tomarme un café y tratar de desmenuzar el asunto.

El escandalete

Taxi Satelital es una empresa que brinda el servicio de taxis en Lima pedidos por teléfono, que llegan entre 10 y 15 minutos luego de llamarlos y por la conveniencia y por brindar un poco más de seguridad que un taxi de la calle, son también más caros. Dentro de todo mi experiencia personal con ellos ha sido buena, y nunca he tenido problemas. Hace un par de días empezó a circular por Facebook y Twitter una denuncia de una chica que afirmaba haber sido drogada, secuestrada por tres horas y finalmente robada en un taxi que pidió a dicha empresa:

La denuncia empezó a circular furiosamente porque la empresa se ha vuelto enormemente popular por la facilidad del servicio, pero lo extraño era que la denuncia se sostenía sobre sí misma. No había mayor ampliación, cobertura o información más que dada por la misma persona que denunciaba. Pero hoy, hace un rato, en el programa de Rosa María Palacios salió toda la evidencia abrumadora que en gran medida desmentía la denuncia:

Aunque es posible que esto aún pueda seguir girando y ampliándose, en realidad la evidencia me parece hasta ahora bastante decisiva. Pero en todo caso, no es tampoco lo que me llamó más la atención.

Circuitos de desinformación

Lo fascinante de esto es en primer lugar la velocidad con la que se difundió la información sin mayor reparo en su contenido o veracidad. Esto es, claro, sólo un ejemplo de una larga lista: es también así como todos los días matan a alguien en Twitter para ser desmentido horas o minutos después. De la misma manera, la gente empezó a retuitear y compartir la información una y otra vez, con pocas preguntas de por medio al respecto de lo que estaba siendo recirculado.

Los circuitos de información que hemos construido no están diseñados para observar ningún tipo de criterio de veracidad. Los que solíamos utilizar sí, quizás, tenían incluidos una serie de filtros para asegurar la calidad de la información que circulaba: periodistas, editores, fuentes, formación profesional, filtros monetarios, licitaciones de espectro radioeléctrico, etc. Pero los nuevos a los que tenemos acceso ahora carecen de todos los filtros con los que habíamos aprendido a convivir.

El resultado es que el circuito de información es exactamente igual de eficiente para convertirse en un circuito de desinformación. Y como se solía decir sobre el software de Microsoft, “it’s not a bug, it’s a feature“: esto sólo se puede entender como un problema cuando se le observa desde el punto de vista de los circuitos anteriores y sus filtros. Lo que ganamos con capacidad comunicacional y expresiva viene con el trade-off de que obviamos los filtros de calidad y nos encontramos potencialmente rodeados de desinformación en cualquier momento dado. El problema, entonces, pasa a ser otro: que al hacer uso de estos nuevos circuitos lo hagamos como si fueran los viejos circuitos. El problema es cuando dejamos de suponer que nada viene con ninguna garantía y que cualquier filtro de calidad termina siendo una responsabilidad personal.

Verosimilitud vs. certeza

¿Por qué consigue este tipo de información difundirse así? ¿Por qué le hacemos caso? ¿Qué es lo que deberíamos observar frente a la información que recibimos o encontramos en línea?

Pues hay dos cosas a tener en cuenta. La primera es que es importante una buena dosis de sano escepticismo. Sólo porque algo está online, no quiere decir que sea verdad – sólo quiere decir que está online (dicho sea de paso, lo mismo aplica en mayor o menor medida a cualquier información en cualquier otro medio). De modo que tenemos que hacernos mucho más fuerte el hábito de dar un paso atrás e interpelar a la información cuando la consumimos, hacerle preguntas, indagar sobre sus fuentes, etc.: ¿Quién publica esto? ¿De dónde sabe lo que dice? ¿Por qué lo hace? ¿Qué ha publicado en el pasado, y qué pasó con eso? En el fondo es muy simple: si en verdad no puedes tener ni mediana claridad respecto a este tipo de preguntar sobre cualquier cosa, ¿entonces por qué lo compartirías? Al final, todo lo que publicas en tu muro de Facebook o tu feed de Twitter dice inevitablemente algo sobre ti. Si publicas consistentemente información falsa, sin verificar o cuestionable (por ejemplo, si sigues publicando links sobre el apocalipsis maya) terminas poniéndote entre paréntesis como fuente de información. Es un poco como Pedro y el lobo, digamos, pero sin el final de fábula: simplemente te dejo de seguir o, por lo menos, te dejo de hacer caso.

La segunda es el estatuto epistemológico de la información que consumimos todo el tiempo, cada vez más rápido. ¿Qué es lo que evaluamos cuando leemos este tipo de noticias en la web? Claramente no estamos evaluando la certeza de la información que encontramos, porque no podemos: yo no puedo verificar todas las fuentes, la data, la información, para todo lo que leo. De modo que debemos suponer de entrada que no tenemos certeza en estos casos. Lo más que podemos decir en estos casos es que la información nos parece verosímil: si asumimos que las premisas son verdaderas entonces la conclusión tendría que ser verdadera también, y atribuimos esa verdad transitoria a cosas como el registro histórico de la fuente o la persona. No podemos decir mucho más al respecto. Y tampoco deberíamos esperar mucho más sobre lo que leemos o vemos: la información que circula activamente no lo hace en función a su valor de verdad o certeza (“wow, todo el mundo publica esto, debe ser realmente cierto”), sino en su capacidad de verosimilitud (“wow, todo el mundo publica esto, debe ser que muchos consideran que realmente podría haber pasado”). Diferencias sutiles pero epistemológicamente importantes.

¿Pero por qué era verosímil? El problema de los taxis en Lima

Lo triste de todo esto está en el contenido mismo de la denuncia: la persona afirmaba haber sido drogada, secuestrada y robada en un taxi. Y todos los que lo vimos, sabiendo lo que sabemos sobre los taxis en Lima, consideramos que era una posibilidad verosímil: esto realmente podría haber pasado, aún si la manera como está presentado me hace tener dudas al respecto.

No creo ser el único que piense que esto es terrible. Uno no debería tener miedo de tomar un taxi y ser drogado, secuestrado y robado, por muy grande y caótica que sea la ciudad en la que uno vive. Eso está mal, y está doblemente mal porque no debería ser tan difícil de evitar, y triplemente mal porque no se me ocurre que nadie pudiera razonablemente oponerse o resistirse a un esfuerzo de este tipo.

Tanto la inseguridad como el caos del transporte en Lima están en niveles absolutamente sin precedentes. Y es inevitable que eso nos tenga a todos un poco alborotados, al punto en el cual una denuncia de este tipo es inmediatamente verosímil y nos lleva a rebotarla lo más rápido posible como precaución (un poco en la onda dispara primero, haz preguntas después). Sin embargo, no parece que nos lleve a la cuestión de fondo de por qué esto se hace verosímil:

  • ¿Por qué Lima no tiene un registro de taxis y taxistas oficial, centralizado, actualizado, que se pueda efectivamente hacer cumplir?
  • ¿Por qué sigue siendo posible que en una ciudad de la magnitud de Lima, y con sus problemas, uno pueda volverse taxista comprándose un cartel de taxi y poniéndolo sobre su auto?
  • ¿Por qué, como ciudadanos y pasajeros, seguimos tolerando un sistema que perjudica a todas las partes, no brinda ninguna garantía y genera una enorme inseguridad?
  • ¿Por qué no hay un código mínimo de derechos y responsabilidades tanto de taxistas como de pasajeros?

No me parece que uno tenga que irse a Suiza para implementar cosas como ésta. No puede ser que cualquier pueda ser taxista porque se le ocurrió, o por lo menos, no es aceptable cuando eso genera los efectos negativos que tenemos: que un taxi pueda robarte, que genere un exceso de oferta que se trae abajo el precio y que además genere un exceso de tráfico. Nos hemos acostumbrado a cosas como negociar la tarifa en medio de la calle, a viajar en autos en mal estado, o incluso vehículos que tienen una jaula instalada para proteger al conductor, que tampoco puede saber si el pasajero lo asaltará o no. Nos hemos acostumbrado a revisar la maletera para ver que no haya nadie escondido, a bajar la luna para que no nos puedan “drogar con algo”, y a escuchar que “no, para allá no voy” como si fueran cosas normales. Y en realidad el único beneficio que se me ocurre es que, a cambio de todo eso, los taxis en Lima son ridículamente baratos.

Me resulta difícil pensar que alguien pueda estar contento con el estado actual de las cosas, una situación tan precarizada que cuando nos encontramos como una denuncia como la de arriba, consideramos que es posible y nuestra respuesta no es indagar ni resolver el problema de fondo, sino tachar a la empresa y buscar otra. Pero éste es un problema donde ni siquiera se necesita implementar infraestructura pesada, sino tan sólo establecer mejores controles y sistemas de información, al menos como primer paso. Como para dejar de entrar en pánico cada vez que tu taxi dobla por una esquina que no conoces.

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