Ayer el presidente Humala dio una conferencia de prensa (en video aquí y aquí, cortesía de @gerardolipe) sobre el futuro del proyecto minero Conga en Cajamarca, que ha venido generando protestas en la ciudad de Cajamarca y un conflicto abierto entre las autoridades del gobierno regional y el gobierno central. Una buena nota resumiendo el conflicto en La Mula resume los temas contenciosos en tres puntos: el potential conflicto ecológico en torno a las cabeceras de cuenca y las fuentes de agua; los cuestionamientos que se han hecho en torno el Estudio de Impacto Ambiental que aprobó el inicio de operaciones del proyecto; y el “precedente” que podría representar Conga para otros proyectos mineros de gran envergadura que se tienen planeados en la misma zona.
Por la noche, el programa de Rosa María Palacios, Tribuna Abierta, tuvo una entrevista con Cecilia Blume. No es alguien con quien yo suela estar plenamente de acuerdo, y ella no suele estar de acuerdo con Humala, pero la vida está llena de sorpresas. Lo que me llamó la atención, entre otras cosas, fue su elaboración sobre la autodefinición del Perú como “país minero”, haciendo alusión a que esto nos genera cierto conflicto. No nos aceptamos plenamente como lo que efectivamente, en este momento, somos, que es un país minero: no porque hayamos querido serlo, simplemente porque la plata que entra en este momento, entra principalmente por la minería, y de eso se está moviendo todo. Conga es la constatación de eso: por mucho que queramos otra cosa, en este momento no tenemos otra fuente para compensar los $4200 a $4800 millones que el proyecto traería, y no tendremos alternativas viables en mucho tiempo. Ésta es la preocupación del tercer punto resaltado por La Mula: Conga no es solamente preocupante por los efectos de Conga mismo, sino porque es cabeza de playa para una serie de proyectos gigantescos. Si aceptáramos de plano, “somos un país minero”, no tendríamos mayor conflicto al respecto.
Ahora, no me malentiendan. No estoy diciendo que tengamos que definirnos como tal. Estoy diciendo, simplemente, que en este momento no tenemos opción. Y que tampoco estamos haciendo mucho por generar una opción. Ser un “país minero” no me parece una opción deseable porque nos pone en el extremo menos interesante de la cadena de valor: sacamos el metal y se lo mandamos a alguien más para que haga algo interesante con él. Además, es una posición cuyo valor es estrictamente coyuntural, y en este caso contingente a los precios elevados que tienen los commodities en el mercado internacional. En ese sentido, coincido con Blume en que la minería es algo que ocurre aquí y ahora, luego pasa el boom y la oportunidad de explotar estos recursos simplemente desapareció. ¿Cortoplacista? Sí, un poco, pero también la capitalización de una oportunidad (si vemos, por ejemplo, los beneficios que ya se están generando localmente por la operación del proyecto). El problema, me parece, es que aunque sabemos que queremos salir de la posición coyunturalmente valiosa pero perjudicial a largo plazo de “país minero”, no sólo no estamos generando la posición alternativa, sino que ni siquiera sabemos bien cuál queremos que sea esa posición.
Si estamos, de alguna manera, explotando los beneficios de una posición insostenible a largo plazo que nos genera recursos en este momento, ¿cómo estamos utilizando esos recursos para generar otras industrias o potenciar otros sector, más ecológica y socialmente sostenibles a largo plazo, que generen mayor valor agregado y además diversifiquen nuestra matriz económica? Si mañana se caen los commodities, se cae todo, porque nuestro riesgo no está amortizado a través de una serie de sectores productivos.
Ahora, es tentador pensar que, sí, podemos pasar al siguiente estadio de complejidad y empezar a potenciar una industria ligera y pesada de carácter nacional que nos empiece a posicionar mejor en la cadena de valor. Pero esta idea tentadora es engañosa. Sería el equivalente de decir que ahora tenemos plata para estar a la vanguardia del mercado de 1840, o de 1950 en el mejor de los casos. No es realmente una solución, es, cuando mucho, subir un par de peldaños en el escalafón de la complejidad productiva. Además, para posicionarnos en competencia abierta con países del sudeste asiático cuya capacidad productiva ya existe, ya está desarrollada, y cuyo costo de mano de obra es infinitamente menor al nuestro. Es lo que se ha llamado un “race to the bottom“, una competencia por quien puede tirarse más al piso para atraer el capital industrial y producir al menor costo posible. No sólo no creo que podamos ganar una carrera de este tipo con países como China, sino que ni siquiera me interesa competir.
La pregunta, entonces, no me parece que sea si queremos ser un país minero. Creo que indudablemente lo somos, y que indudablemente cualquiera en su sano juicio no querría que lo seamos. La pregunta importante es por qué país queremos ser cuando ya no podamos ser un país minero, algo que ocurrirá quizás en el futuro cercano (o porque se acaban los minerales que explotar, o porque se acaba el boom de precios que justifica explotarlos). ¿Dónde estamos acomodando nuestras fichas para los próximos 20, 30, 50 años? ¿Qué nuevos sectores competitivos, innovadores e interesantes estamos potenciando y posibilitando? ¿Qué necesitamos para inaugurar estos nuevos sectores, y por qué no estamos aprovechando los recursos que tenemos hoy para establecer nuestra propia cabeza de playa en ellos?
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