Buenos Aires y la tecnología
Como adicto a todo tipo de gadgets y juguetes electrónicos, me está costando bastante adaptarme a la vida en Buenos Aires. Esto es porque la tecnología aquí no solamente es difícil de conseguir, sino también espectacularmente cara.
Hasta donde he podido enterarme, esto es por dos razones. En primer lugar, las importaciones de tecnologías están gravadas con un impuesto del 50% sobre su valor, lo cual encarece enormemente el precio final al consumidor. En segundo lugar, la razón de este impuesto, el fomento a la industria tecnológica local, no consigue abaratar sino que más bien encarece los diversos productos. Aunque esto de alguna manera logra configurar una industria local para producir cosas como televisores, computadoras, teléfonos celulares, y demás, en realidad termina también perjudicando al usuario final haciendo de estos productos artículos estrictamente de lujo, fuera del acceso de la mayoría de la población. De modo que aunque se configura la oferta, se reduce enormemente la potencial demanda por los altos precios.
Esto no sólo perjudica al consumidor final, sino que tiene un efecto secundario sobre, por ejemplo, una empresa que quiere comprar computadoras, pues a pesar de que pueden evitar el 21% del impuesto al valor agregado, aún así terminan enfrentando costos más altos si quieren, por ejemplo, equipar una nueva oficina.
Por todo ello, el mercado tecnológico en Argentina no parece tener demasiada demanda, lo cual genera, a su vez, que la oferta disponible no necesariamente sea la más actualizada y reciente. Con lo cual, comprando tecnología aquí en Buenos Aires uno termina pagando muchísimo más de lo que debería por la generación anterior de productos.
Algo que he mencionado antes es que la variedad de marcas disponible aquí es bastante diferente a lo que uno encuentra en Lima. Creo que no hemos explotado lo suficiente la posición privilegiada de Lima dándole la cara al Pacífico, y a todo el sudeste asiático, con la consecuente ventaja que significa en términos de productos que recibimos y el tipo de marcas que encontramos, junto con sus precios mucho más bajos. Con ese acceso mucho, mucho más simple a todo tipo de formas tecnológicas, es fácil ver cómo se generan naturalmente incentivos para que se configure toda una industria de productos y servicios tecnológicos local, que sin embargo parece tener mayor madurez en un lugar como Buenos Aires, donde el acceso es mucho más difícil. Lima está en una posición privilegiada para convertirse en la puerta de entrada para toda la tecnología asiática hacia América Latina.
Una cuestión curiosa de la actitud porteña hacia la tecnología, es que en muchos sentidos está es una ciudad antiguamente moderna. En varios lugares uno puede ver cómo la ciudad es, quizás, la primera en América Latina en contar con una serie de avances tecnológicos, que sin embargo parecen no haber sido actualizados desde que fueron implementados. Entonces se encuentra uno con el subte, la primera red de metro subterráneo de América Latina, construida en 1905, pero que en varias estaciones y rutas parece haberse mantenido tal cual fue construida en 1905. O subir en los ascensores de los edificios, de estilo antiguo con doble puerta, que se encuentran en la gran mayoría de edificios. Incluso en el aeropuerto de Ezeiza, uno puede ver al abordar un avión que cuenta con quizás las primeras mangas que estuvieron disponibles – que siguen siendo las mismas utilizadas hoy día.
Ahora, ¿qué tanta es la diferencia? Comparando los precios más recientes que he visto, por ejemplo, uno puede conseguir en Lima un televisor LED full HD con un home theater, por aproximadamente la mitad del precio de un televisor LCD full HD aquí en Buenos Aires. Una netbook se consigue por entre 30% y 50% más cara que en Lima. Y eso ni siquiera es comparando con los precios en EEUU. La única manera de que las personas accedan a estos productos es accediendo a créditos en cuotas por uno, dos o tres años, y los bancos muchas veces ofrecen opciones de cuotas sin interés para estos productos por la simple razón de que, de otro modo, nadie los compraría. Pero pagar este tipo de productos a dos o tres años nunca es una buena idea, pues a la mitad de ese tiempo el producto muchas veces ya es obsoleto.
Mientras tanto, sigo buscando la manera de explorar el mercado tecnológico argentino.