La arquitectura de la participación

Las diferentes tecnologías de comunicación de los últimos años han generado diversas transformaciones en los costos de transacción tradicionalmente asociados a diferentes interacciones sociales. En otras palabras, se ha vuelto más fácil hacer cosas que antes eran muy difíciles, lo cual es en sí mismo un incentivo para hacerlas más. Doble diagnóstico, a partir de esto: en primer lugar, que una de las cosas que se hacen más fáciles que nunca es compartir información. Este blog es un ejemplo de ello: hace unos años, no habría podido encontrar tan fácilmente un medio suficientemente flexible y abierto como para publicar estas pastruladas y encima, esperar que alguien en el mundo las leyera. Igualmente, podemos compartir información que nos parece interesante a través de redes sociales como Twitter o Facebook, podemos coordinar actividades vía SMS o mensajería instantánea, podemos hacerle seguimiento a fuentes de información con Google Reader y lectores RSS. Nos hemos vuelto, todos, en mayor o menor medida brokers de información, y esta posibilidad de compartir información fácilmente nos hace, a la vez, más fácil mantener activos nuestros vínculos sociales.

A partir de allí, el segundo diagnóstico: que el siguiente paso que posibilita esta facilidad de compartir información, es actuar sobre ella, y actuar sobre ella de una manera concertada y coordinada. Allí donde tenemos intereses comunes relevantes, está latente la posibilidad de que ese vínculo de interés común pueda convertirse en una forma de acción colectiva, en la medida en que nuestra información compartida se incrementa, se formula un lenguaje común y empiezan a generarse dinámicas adicionales a la capa inicial de información. Sobre cualquier cosa – desde web3.0, pasando por crianza de caballos de paso hasta cocina novoandina y demás, lo importante no es tanto el tema como el mecanismo utilizado para articular individuos con intereses compartidos. Estos es posible por varias razones: en primer lugar, por la misma transformación de los costos de transacción que hace posible coordinar acciones más fácilmente. En segundo lugar, porque la economía de la larga cola hace que sea mucho más fácil para mí encontrar otras personas, grupos o espacios que apuntan a intereses mucho más específicos, y potencialmente mucho más relevantes para mí a nivel personal. En tercer lugar, porque la naturaleza informal a partir de la cual surgen estas colaboraciones nos permite interactuar de manera flexible sin tener que asumir roles definidos o responsabilidades institucionalizadas que nos demanden demasiada atención. Si participo de una comunidad en línea, puedo desaparecer por unos días porque tengo mucho trabajo, luego reintegrarme y más allá de explicar por qué no estuve cuando me lo pregunten, no he incurrido en faltas mayores con la comunidad. La actividad se mantiene aún cuando yo no haya podido estar.

Estas comunidades, a su vez, empiezan a generar nuevos tipos de recursos compartidos que son producto del trabajo colectivo. Algo que puede ser considerado tan simple, por ejemplo, como una colección de enlaces seleccionados relevantes a un tema, representa un enorme valor para el grupo porque es, de cierta manera, una de esas piedras fundacionales sobre las que se articula el lenguaje compartido del grupo. O una lista de preguntas frecuentes, por ejemplo, empiezan no sólo a ser recursos de información, sino documentos históricos que testimonian la formación y el crecimiento de una comunidad. Son artefactos culturales.

Hasta aquí la cosa se ve bonita. El asunto empieza a complicarse de la siguiente manera: cuando empezamos a desarrollarnos dentro de estas comunidades, adoptamos como una cuestión normal y deseable el construir nuevos recursos de información, nuevos contenidos, a partir del trabajo de aquellos que hicieron lo mismo antes que nosotros. Incluso, estrictamente, ésta es la manera como toda nuestra cultura se ha construido, siempre – era Isaac Newton el que decía que nos “parábamos sobre hombros de gigantes”. El trabajo cultural o artístico consiste en tomar elementos existentes de nuestra cultura, cambiar la manera como están presentados, y de esa manera introducir lo inexistente a partir de lo existente. Es un proceso de transformación de lo conocido, por medio del cual podría decirse que todos ganamos: gana el creador original que ve su obra y, por su extensión, su propia identidad, recibir un tributo; gana el nuevo creador que tiene la oportunidad de expresar y articular un nuevo mensaje; y gana el conjunto de la comunidad que se beneficia a partir de la existencia del nuevo producto – todo, claro, de maneras bastante intangibles, pero que en general contribuyen a la estabilidad y cohesión del núcleo social. Hoy día tenemos palabritas más marketeras para este mismo proceso: el remix, o el mashup.

El problema surge porque en el camino trazamos distinciones que no nos han molestado hasta ahora: en gran medida, todo este circuito de intercambio se daba en el ámbito de lo privado y dentro de condiciones limitadas de distribución. Grupos pequeños, en pocas palabras. Mientras que la circulación de información en grupos grandes fue un privilegio limitado a la esfera de lo público, a aquellos con los recursos suficientes como para mover las máquinas necesarias para alcanzar a grandes grupos – la imprenta primero, la radio y la televisión después. El equilibrio de poder se mantenía más o menos imperturbable. Pero cuando se reducen los costos de transacción y estos grupos de colaboración empiezan a desdibujar la separación entre lo privado y lo público, y hacer que sus intercambios se vuelvan materia disponible a cualquiera navegando por la web, las posiciones de aquellas organizaciones que habían dominado el espacio de la comunicación en el ámbito público se vieron amenazadas. En primer lugar, y directamente, porque su trabajo de remix se extendía hacia objetos y productos culturales que no eran de libre disposición, sino protegidos por la ley para que no puedan ser libremente copiados. En segundo lugar, porque en la medida en que reflejaban nuevas estructuras y motivaciones para producir nuevos contenidos (encima, a partir de sus viejos contenidos) generaban una competencia “desleal” que no podía ser tolerada.

El sinsentido de estas acusaciones quedará para otro día. Por ahora, concentrémonos en otra cosa: la manera como estas organizaciones se defendieron de esta nueva tendencia no fue buscando dialogar ni tampoco buscando a las condiciones cambiantes de un mercado. En cambio, escogieron utilizar su enorme masa para empujar al aparato formal para que impidiera que esto pasara. Es decir, movieron a los gobiernos para que introdujeran barreras a estas prácticas y conductas que protegieran, básicamente, sus posibilidades para seguir ganando dinero de la misma manera que siempre lo habían hecho, por encima del interés de los individuos de comunicarse, intercambiar información y formar comunidades de interés (las razones por las cuales esto de por sí beneficia a ciertas formas o ejemplos de gobiernos y Estados quedará obvia en breve, si no lo es ya). Barreras artificiales que impidieran que pudiéramos explorar libremente las posibilidades que este nuevo entorno ofrece. Es en este punto que se hace obvio, entonces, que las prácticas sociales que han crecido en torno a la tecnología han rebasado la capacidad de estructuras existentes, como el sistema legal, para darles cabida. Y claro, tiene todo el sentido: una legislación tipeada en máquinas de escribir obviamente no tiene lugar ni capacidad para describir cómo debemos actuar frente a una computadora, menos aún frente a comunidades de usuarios articulados a partir de una red de computadoras conectadas distribuidamente.

El resultado es que nos encontramos con una inconsistencia entre lo que la tecnología nos permite fácticamente hacer, y lo que el orden formal, legal de nuestra sociedad nos dice que estamos permitidos que hagamos. Y que, además, esta separación obedece a un carácter artificial, que busca mantener con vida modelos que entran en conflicto con todo lo que hemos aprendido en nuestra práctica cotidiana respecto a cómo tiene lugar el proceso a través del cual construimos productos culturales. Aquellas personas que han asimilado la lógica colaborativa de la producción cultural, la simplicidad de compartir información, no pueden quedar sino sorprendidas cuando se les dice que, en verdad, todo el tiempo que hacían lo que hacían probablemente lo hacían al margen de la ley. Exactamente eso pasó para grupos construidos en torno a la música, a las películas, a los libros, a la televisión, y demás objetos que han producido nuestras industrias culturales. ¿Cómo que no puedo fotocopiarlo, si sólo tengo que apretar este botón? ¿Cómo que no puedo enviar este archivo por correo electrónico a mis amigos, si es tan sencillo? ¿Cómo que no puedo descargarme esta película de Internet, si ya no está en cartelera? Y así sucesivamente.

En una economía de la información y el conocimiento, tiene todo el sentido que estos sean los recursos más protegidos. De allí que esta batalla se juegue justamente allí, en las leyes y normas que tenemos para manejar nuestra propiedad y producción intelectual, aquello que, finalmente, hace a las sociedades grandes e influyentes frente a las demás. En la medida en que un aparato cultural consigue internarse en otros, exportarse de una sociedad a otra, es que puede realmente contemplarse y medirse la influencia cultural que tiene una sociedad y una cultura. La cuestión termina reduciéndose, así en términos muy generales, a dos posiciones muy generales: por un lado la de quienes que el orden conocido se mantenga y que todos estos avances sea interrumpidos en la medida en que perjudiquen su modelo económico. En otras palabras, este lado de la discusión quiere reinstaurar la separación entre lo privado y lo público y la separación entre los usuarios, para que no tengan, realmente, otro remedio que seguir acudiendo a ellos como distribuidores si quieren seguir consumiendo productos culturales. Si nos guiamos por lo que algunos piensan, prácticamente nos dejarían sin Internet si tuvieran la oportunidad (aquí una refutación detallada también). El otro polo, con el cual, igual que en casos anteriores, simpatizo mucho más, es que en realidad nos enfrentamos al desafío de adaptarnos a estas transformaciones de la mejor manera posible, procurando rescatar el mayor impacto positivo posible a la vez que intentamos reducir al mínimo el inevitable, pero aún tremendo, impacto negativo que se generará. Tenemos que aprender a vivir con estas nuevas realidades culturales, y estas nuevas prácticas sociales que, aunque siguen siendo hoy privilegio de una limitada fracción de la humanidad, siguen expandiéndose a un ritmo tremendo e incorporando a nuevas masas que lejos de asimilarse a la lógica homogenizante del medio masivo, traen su propia voz, perspectiva y experiencia para introducir nuevos usos y significados a la manera como utilizamos estas herramientas.

De modo que lo que empieza como una “simple” lucha por cambiar la manera como pensamos la propiedad intelectual termina tomando matices muy diferentes – por un lado, se termina convirtiendo prácticamente en una causa de derechos y libertades civiles, en la medida en que empieza a asociarse con las restricciones que se imponen a la manera como escogemos expresarnos. Por la misma línea, en realidad lo que tenemos es una gran batalla cultural en la cual una nueva forma de vida emergente busca afianzar su posición frente a un modelo cultural dominante, no necesariamente para desarmalo ni destronarlo, pero sí para por lo menos hacer sentir su presencia lo suficiente como para ganarse el reconocimiento de su espacio. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

Pero esta misma lucha, años antes, habría sido imposible. No solamente porque el problema mismo no existía, sino que, aunque hubiera existido algo similar, los costos de transacción que implicaban organizar a grupos tan enormes de gente en torno a este objetivo común estaban simplemente más allá de lo que cualquier individuo o grupo informal podrían haber conseguido entonces. La ventaja estaba totalmente a favor de las instituciones que de hecho defienden este mismo sistema: sólo con esa envergadura era posible administrar y distribuir los recursos suficientes como para librar una batalla cultural de este tipo. Pero con la transformación en los costos de transacción, esta figura cambia: ahora pueden los individuos y los grupos comunicarse entre sí y coordinar acciones de tal manera que es posible concertar una campaña de alcance global en torno a una lucha por la supervivencia como ésta. Esto es posible no porque se hayan preparado durante años para esto, sino porque las mismas habilidades que han desarrollado al compartir información y coordinar acciones en torno a cualquier tema posible son las mismas habilidades que necesitan para compartir información y coordinar acciones cuando se trata de preservar la posibilidad de seguir usando dichas habilidades. Dicho de otro modo – las mismas habilidades que están en juego al discutir y transformar un libro o una película en línea son las que necesito para organizar grupos que transformen la legislación de propiedad intelectual de manera que reconozcan el espacio para estos mismos remixes y mashups.

Esto fue, precisamente, lo que ocurrió con el movimiento Creative Commons. Pero he aquí la cerecita del helado. Lo que el movimiento CC demostró no era únicamente el hecho de que existía un enorme interés y apoyo en modificar legislaciones de propiedad intelectual no para destruirla, sino para abrir un espacio al dominio público y la participación de creadores independientes. Lo más interesante de este proceso, me parece, es que demostró la facilidad con la cual las habilidades podían transferirse de un contexto a otro – las habilidades de cooperación y colaboración, de acción colectiva organizada sin un nodo central que lo ordene todo. Lo cual nos podría llevar a pensar que el resultado neto de este proceso es una sociedad movilizada, organizada y articulada en torno a los temas más diversos posibles, desde Harry Potter hasta el tejido a crochet. Y eso no tiene nada de malo. Porque en estos contextos, en apariencia triviales y cotidianos, lo que está ocurriendo es que los jóvenes están descubriendo que la realidad cultural es maleable y que sus aportes a una comunidad son relevantes – que es lo mismo que decir que están redescubriendo el valor de la acción colectiva a partir de la micropolítica. Al mismo tiempo que están construyendo identidad múltiples, estructuradas en torno a múltiples roles en múltiples contextos entre los cuales pueden transferir sus habilidades.

La traducción de todo esto es la siguiente: el resultado neto es que a través de estas actividades estamos formando una nueva generación de individuos con un concepto potencialmente renovado de ciudadanía, entendida como la movilización, la cooperación y la colaboración por la defensa de los intereses particulares (que devienen colectivos). Y que pueden fácilmente readaptarse sobre la marcha para asumir un nuevo rol, en el cual hacen uso de las mismas habilidades que siempre han usado, para fines diferentes. Esto es, creo, lo que le permitió a Lawrence Lessig utilizar el ímpetu con el que venía desde Creative Commons para llevar el asunto más lejos y lanzar el movimiento Change Congress, un movimiento cuya premisa es que el cambio que Creative Commons requiere, presupone de un poder legislativo que no esté coaccionado por la influencia de grandes intereses en la forma de contribuciones monetarias a los legisladores. De nuevo, son las mismas habilidades, los mismos ciudadanos movilizados, que ni siquiera tienen que dedicar todo su tiempo a promover estas ideas y estas causas. La arquitectura de la participación de ha visto transformada.

Es, entonces, por eso que los gobiernos se ven ellos mismos beneficiados cuando las disqueras y las distribuidoras de películas quieren desarticular los individuos organizados que amenazan sus modelos económicos. En el fondo, lo que están consiguiendo es algo siempre bueno para el status quo: mantener a los individuos separados, e incapacitados de comunicarse entre sí, para que no puedan coordinar entre ellos acciones colectiva. Esta arquitectura de la participación transformada es lo que nos está mostrando en estos días algunos de los ejemplos más interesantes de cosas que pueden pasar hoy, que no podían pasar hace 10 años.

8 thoughts on “La arquitectura de la participación

  1. Excelente artículo. Parafrasenado a Marx: “las industrias culturales han generado las mismas construcciones que permitiran su destrucción”. jaja. Bueno, más alla de la interpretación marxista del fenómeno, que me parece indispensable hacer, lo que me parece fundamental es analizar como estas nuevas formas de producción se articulan dentro de todo el conjunto del sistema capitalista. Se trata de un espacio que quedará fuera del sistema? o si habrá una suerte de cohabitación dentro del mismo?
    Analizando lo sucedido creo que se pueden distinguir dos momentos, dos tipos de reacciones de diversos actores. En un primer momento creo que se dio un enfrentamiento directo, sobre todo por parte de la industria musical, que ha usado todos sus recursos para evitar que prospere este tipo de practicas colaborativas. Esa estrategia creo que está haciendo agua por todas partes. Me parece un síntoma de eso el que por ejemplo, el Partido Pirata Sueco acabe de ganar un escaño en el parlamento europeo, todo a partir de una reacción de rechazo a la condena a Pirate Bay. En un segundo lugar, creo que hay otra estrategia, quizas promovida por Google, de sumarse a este fenómeno, desarrollando cada vez más herramientas que permiten esta colaboración, obteniendo ganacias no por las herramientas mismas sino por la publicidad que las acompaña. Me pregunto sobre la viabilidad de esta estrategia, en tanto existen herramientas que tambien permiten bloquear esa publicidad.
    Finalmente, creo que hay que reconocer a Richard Stallman como un verdadero visionario que previó este cambio ya tan atrás como en 1980. saludos!

  2. Concuerdo con Jorge: me gusta la entrada. Ahora debo asumir el rol propio para la discusión, que puede sonar muy discrepante, pero sabes que en realidad concordamos demasiado en varias cuestiones.

    La idea de ver como nuevas prácticas sociales con nuevos soportes materiales entran en conflicto con viejas prácticas que ya no tienen el mismo soporte material que las originó.

    Sin embargo, creo que es necesario ser más escéptico acerca de el carácter “emancipatorio” o “liberador” que estas nuevas maneras de relacionarnos y organizarnos tienen. Obviamente, en los ejemplos que citas eso es así. Pero me parece mucho más fuerte lo otro que mencionas (y que ya veníamos discutiendo desde Sibilia): que es una mínima parte la que puede realmente aprovechar esto.

    Lo otro que me parece interesante, más allá de verlo desde las categorías que sueles rescatar de “amputación” y “extensión”, es el hecho de que esa organización en redes sociales deriva, también, muchas veces en algo bastante curioso y perverso. Básicamente, el creer que con un click o un gif o un botón se cambia el mundo, cuando lo que ocurre es, más bien, una suerte de “compra” de nuestra “buena consciencia moral”. Gran ejemplo de ello son las miles de cadenas y grupos de Facebook de causas nobles que justamente derivan en eso: mucha gente que se siente bien de pertencer a ese grupo sin que eso realmente tenga una repercusión significativa, una suerte de placebo moral a un “click” de distancia. Si antes dábamos céntimos a los niños pobres, ahora tenemos un grupo de Facebook donde decímos no a la pobreza. Pero del grupo de Facebook al hecho, hay un gran trecho (con o sin lap top)

  3. Gracias a ambos por sus comentarios, que plantean varias preguntas que ameritan evaluarse por separado y con mayor detalle, y espero poder hacerlo en los próximos días, pero aquí algunas notas.

    El paralelo con Marx sí, creo que resulta obvio, pero he escogido dejarlo de lado esta vez. Por una razón, principalmente: el sentido de la tecnología en Marx es lineal y voluntarista. Es decir, nuevas tecnologías traen siempre mejores en las fuerzas productivas, y por otro lado, estas mejoras están, de alguna manera, contenidas en la tecnología misma: al diseñar la máquina, sabríamos que esto pasaría. Y creo que ambas cosas son incorrectas, tanto porque la tecnología implica siempre tanto amputaciones como extensiones (cf. McLuhan), como sobre todo porque los efectos de la tecnología, me parece, van en realidad más allá de la voluntad de sus creadores en la apropiación que de ella hace el público. No niego que la lectura desde Marx sea imprescindible, pero la pongo entre paréntesis por los problemas detrás de su noción de tecnología.

    Sobre los modelos sustentados en publicidad, también tengo mis dudas, pero no por las mismas razones. El modelo publicitario de Google es revolucionario por ser contextual: la publicidad deja de ser invasiva para volverse complementaria, y elimina así el incentivo para bloquearla. Pero, lo que no me queda claro es si es realmente viable conseguir la masa crítica necesaria para que un modelo así sea viable. Todavía faltan más experiencias para verlo.

    Finalmente sobre Stallman – indudablemente un precursor del tema, sin embargo creo que su trabajo inauguró conceptualmente aquello con lo que no fue consecuente en la práctica. Es decir, su filosofía de apertura del código no fue de la mano con una práctica de desarrollo igualmente abierta como la que introduciría Linux años más tarde. Las razones son históricas y económicas, como muestra Shirky, y espero tener oportunidad de elaborar esto más adelante con más claridad.

    Me parece sumamente bueno que Daniel asuma el rol escéptico en sus preguntas, porque escepticismo es algo que suele faltarme por ratos. A lo primero, no puedo decir nada: indudablemente, estamos frente a un fenómeno que afecta a una minoría extrema de la población nacional o incluso mundial. Pero anotaría: primero, que eso muestra la necesidad de difundir la tecnología de una manera no ingenua (es decir, exactamente NO como la OLPC), y siempre atentos a las formas particulares de apropiación de la tecnología que nuevas poblaciones puedan realizar. Eso significa, de alguna manera, que si realmente creemos en todo el rollo “emancipador” y etc. de estas tecnologías, deberíamos al menos ser consecuentes con promover su implementación inteligente.

    Lo segundo motiva una discusión muy larga pero muy interesante, y quiero tocarlo mucho más en detalle pronto. El problema está, creo, en que la objeción presupone en cierta medida que la transformación social no acepta distinciones de grado – todo aquello que pueda explicarse desde el orden actual, lo legitima. Pero más allá de eso, creo que sí, es ingenuo pensar que la revolución será twitteada o facebookeada y ahí queda la cuestión, porque brinda medios demasiado accesibles para la sutil complacencia del pequeño agitador que todos llevamos dentro. Entonces, por partes: primero, me parece que estos pequeños pasos son aproximaciones crecientes que puede adoptar una persona hacia la participación más activa en la sociedad. Empiezas uniéndote a un grupo, retwitteando una noticia, opinando en un blog, y porque el mundo virtual no está separado del mundo real, eso puede terminar llevándote a la acción en muchos planos. Babysteps, necesarios sobre todo en un contexto “despolitizado” como el nuestro.

    Más aún – el efecto exponencial es bastante fuerte. Es decir, si de todos los que participan “superficialmente” (y no me gusta el término), 10% adoptan una postura más activa, e incrementamos exponencialmente el número de “superficiales”, por extensión elevamos al mismo ritmo la proporción de gente que deja el mouse y sale a la calle, si quieres – por usar alguna imagen que, de por sí, me parece poco actual. Unirse al grupo en Facebook no cambia por sí el mundo; pero sirve como el punto de partida para que más personas encuentren personas y oportunidades a través de y con las cuales puedan realizar acciones más amplias.

    En fin, espero poder ampliar todos estos puntos, en realidad, en los próximos días. Esto es, espero, una propedéutica para varias cosas más que están en el aire últimamente.

  4. Concuerdo con lo que dicen ambos… Vamos por partes, como Jack el destripador:

    De acuerdo con lo que planteas sobre Marx y su visión sobre la tecnología. Sobre todo con el segundo postulado, que las nuevas creaciones van más allá de la voluntad de los creadores. Ahí hay dos cosas, las funciones o capacidades de cierta tecnología y los usos que se dan a esta, en particular, el quien la usa y quien la apropia. Ahora lo vemos con el Twitter, se creó como otra plataforma de comunicación instantanea y ahora se usa, en muchos lugares, para romper el cerco informativo que puede imponer una prensa oficial.

    Con respecto a Stallman tienes razón, sobre todo el la importancia de Linux como “modelo de producción” podría decirse, pero sustentado en la filosofía planteada por el movimiento GNU. Uno no pudieron haber existido sin el otro.

    Con respecto al ultimo tema, el placebo moral de las redes virtuales, creo que lo “revolucionario” o “liberador” viene no tanto por la participación de las personas en grupos sino más por el lado de la publicación. Yo lo entiendo como una democratización de los medios de comunicación. Ahora cualquier grupo, colectivo o persona puede tener su propio medio a disposición para publicar un articulo, enviar una imagen o incluso trasnmitir una señal de video en vivo sobre algún acontecimiento que se quiera hacer notar (el 11 de junio se armó una web para transmitir el paro en vivo por ejemplo). Esa inmediatez es lo verdaderamente transformador. Sin embargo no llega a todos, sino sólo a los “nativos digitales” por llamarlos de alguna manera. Lo que genera una nueva distinción social, que sin duda cada día cobra más importancia, entre los que manejan estas tecnologías y aquellos que no.
    Saludos!

  5. Ah olvidaba lo ultimo, sobre la publicidad en Internet creo que hay que darle más vueltas. Creo que para muchos se trata de la única forma de generar ingresos en la Internet, el contenido mismo en casi todas las páginas tiende a ser gratuito, y es poco probable que eso cambie. Más bien, la ganancia estaría en torno a la venta de servicios, la publicidad siendo el maś importante de ellos.
    El caso de Google creo que es sumamente importante de analizar, ya que, como mencionaba, genera una serie de herramientas que publica gratuitamente y mantiene como único soporte económico (al menos en tanto sus actividades en la web) la venta de publicidad. Además de eso, paga a la gente que coloca sus anuncios. Google así se vuelve una suerte de intermediario entre los publicistas y los publicadores de contenido que venden unos cuantos pixeles de su espacio. Lo atractivo sería esa contextualidad que mencionas. Google cobra por sus servicios en tanto puede “garantizar” que el anuncio le llegue a las personas adecuadas de una forma en la que ningún otro medio ha llegado antes. Pero puede garantizar efectivamente eso tomando en cuenta que lo realiza todo de forma completamente automatizada?

    Para lograrlo requieren información. Inmesas bases de datos sobre contenidos web, sobre las paginas que entran tales IP y demás. En los últimos años, el destino de la información personal en manos de grandes empresas se ha visto seriamente cuestionado. Si eso se elimina, puede google seguir garantizando su efectividad? Creo que es un modelo frágil, que puede resultar flexible ahora pero no necesariamente en el futuro. Pero como dices, faltan más experiencias y estudios para sacar una conclusión. Saludos!

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