Aforismos (Marketing político cont.)

Entre otros demasiado proyectos de verano para los cuales no alcanza realmente el verano, hemos empezado con un grupo a leer los diálogos platónicos de su época temprana (esperamos llegar hasta los diálogos intermedios, Fedón, Banquete, y Fedro, en aproximadamente 3 o 4 meses, obviamente siendo una primera lectura bastante introductoria). Por supuesto, hay muchísimo material interesante y relevante en estos diálogos, a pesar de tratarse de los aporéticos -próximamente esperamos poder abrir un proyecto de blog temporal donde reunir preguntas, respuestas, anotaciones y recursos que vayamos reuniendo conforme progresemos-. Pero incluso las aporías tienen valor. Por lo pronto, hemos empezado trabajando la Apología de Sócrates, el diálogo en el cual Platón expone la defensa que hace Sócrates de sí mismo durante su juicio y posterior condena, acusado de corromper a los jóvenes y negar los dioses de Atenas. Sócrates realiza por momentos una muy buena defensa durante el juicio, apoyándose frecuentemente a ratos en trucos retóricos y demás recursos a su disposición (Sócrates era ampliamente considerado, finalmente, un sofista en su época, aunque dicha caracterización es en gran medida injusta) para desacreditar a su acusador, el joven Meleto, pero sin embargo comete también una serie de errores de grueso calibre que terminan por condenarlo a la muerte bebiendo la cicuta. ¿Qué rayos podría esto tener que ver con el marketing político?

A este nivel, mi argumentación es complicada y no me convence a mí mismo, a decir verdad. Al menos no del todo por lo pronto. Y es que, de hecho, Sócrates fue consecuente consigo mismo y fue “testigo de su propia verdad”; de eso no hay duda. Sin embargo, fue condenado a muerte y sus intentos por encontrar la virtud en los hombres de la polis cesaron allí mismo. Claro, podría decirse que dejó un legado más amplio, que su muerte desencadenó una serie de consecuencias históricas, en fin, reflexiones ucrónicas al respecto de cómo se habrían dado las cosas si hubieran sucedido de manera distinta no vienen aquí al caso. Mi interés es estrictamente formal, en la forma como Sócrates se condujo durante el juicio, y me apoyó en el post anterior que hiciera respecto al tema del márketing político: Sócrates defiende su argumento, a mi juicio claramente superior, y se ampara en el convencimiento moral de que su argumento es el correcto, y de que por su propio peso debe convencer a su auditorio, los ciudadanos de Atenas. Entiendo que a lo que apunto es una cierta aberración en términos platónico-socráticos, pero cabe preguntarse si el resultado no sólo habría sido distinto, sino en alguna medida hasta mejor (bajo cierto criterios y parámetros específicos), de haber Sócrates realmente intentado persuadir a su auditorio, no sólo exponer sino realmente convencer respecto a la importancia del rol que estaba cumpliendo en la polis, y de los beneficios que su presencia traía.

Pero Sócrates sólo busca que el contenido mismo de su argumento, por su propio peso, convenza. Lo cual es perfectamente consistente y consecuente con las figuras de Sócrates y Platón, y con sus respectivos pensamiento, pero por lo pronto me deja abierta la pregunta: si finalmente el objetivo era rescatar la virtud en la polis, y acabar con las injusticias como ésa misma, ¿qué conseguía Sócrates muriendo? Obviamente me lo pregunto en términos muy macro. ¿Por qué mejor no realmente buscar conseguir resolver el problema que consideraba existía, por qué no aplicar ese poder retórico del que claramente hace uso y dispone, y aplicarle, digámoslo muy ambiguamente, para el “bien”?

Es mal visto, es considerado desmoralizante, impropio de una figura como la socrática, honesta y moral, y ciertamente lo entiendo. Pero igual lo mataron, igual ganó injustamente su acusador, igual nos queda la moraleja unos 2500 años después. Pero, ¿por qué no usar todas sus herramientas y conseguir un resultado mejor? Sócrates, creo, con un poco de reticencia, debió hacer un poco más de uso de márketing político, debió vender correctamente su idea al público, debió ganarse corazones tanto como mentes, debió hacerles sentir no que si lo mataban ofenderían al dios porque él era su enviado, sino que si lo mataban todos perdían realmente porque sus intereses propios, personales y particulares se verían afectados, y tenían más que ganar manteniéndolo alrededor. Todo esto habría podido salvar su vida y mantenerse su causa, y aunque la vigencia de su mensaje dos milenios y medio después no es ciertamente algo que no tomar en consideración, no todos los personajes ni todas las causas “buenas” corren la suerte de Sócrates. Al menos no tal cual: la mayoría suele morir, pero son muy, muy pocas las que aguantan lo suficiente de mano en mano y de boca en boca como para vivir para contarlo.

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