Cortar el cable

¿Cuál es el futuro de la televisión?

1. El modelo existente de la televisión es doble o triplemente alterante. Ni siquiera deteniéndome en la televisión de señal abierta, la televisión por cable tampoco tiene ningún sentido. En algún momento del pasado, recuerdo que todo el sentido de ver la TV por cable era acceder a ciertos beneficios como programación sin cortes comerciales, o en su idioma original. Estas características son cada vez más la excepción y menos la norma, conforme los elementos más interesantes se vuelven “premium”, elementos por los que hay que pagar aún más dinero del que ya se paga. (Recuerdo que hace unos años, Cinecanal tenía tres virtudes: películas recientes, en su idioma original, sin cortes comerciales. Cinecanal hoy no tiene ninguna de estas características, que más bien ahora se consiguen con otro canal, Movie City, normalmente parte de paquetes premium.)

La calidad del servicio disminuye, y también la de la programación. De 500 canales que tiene mi paquete de cable, probablemente llego a ver unos 10, y ni siquiera todo el tiempo. La lógica de los programadores de los canales me elude por completo: parecen operar bajo la ilusión mágica de que tienen que producir contenido barato de relleno para incluir en sus pausas comerciales, y de allí el origen del “microprograma”, un segmento de dos o tres minutos para hablar de “trivia” sobre sus programas, “detrás de cámaras” de sus películas, o alguna otra trivialidad de su calibre que sea completamente gratuita e innecesaria (te estoy mirando a ti, Universal, eres particularmente desastroso en esto). Entonces, para ver un capítulo de una serie, no solamente tengo que ajustarme al horario del canal, sino que además debo aguantar los comerciales (que muchas veces no hacen sino anunciar otros capítulos de otras series), debo aguantar la sobrepromoción de la serie de turno que el programa quiera resaltar (y si necesita tanta ayuda probablemente no llegue a una segunda temporada), y tengo que soportar los microprogramas.

Y, para colmo, no solamente no tengo una serie de canales que no quiero, sino que no tengo otros que no quiero: termino complementando las horas de televisión que veo jalando livestreams directamente de la web (Cablevisión en Argentina parece considerar que CNN en Español es una buena idea – algo que no comparto pero ni por asomo, así como tampoco disfruto mucho de la señal en inglés de CNN International en Movistar TV en Perú que no transmite todos los programas de la señal de EEUU).

2. El modelo actual de la televisión es tanto más irritante porque podría ser de otra manera, y la tecnología disponible permite un modelo enormemente superior. Finalmente, cualquier canal de televisión es una señal de video, y plataformas como YouTube ya mostraron que hay maneras muy eficientes de mover video a través de Internet, incluso en alta calidad. Pero lo otro que plataformas como YouTube han hecho evidente es el contenido de un canal puedes fácilmente descomponerse en clips, en videos individuales: una serie en capítulos, una película en un sólo archivo, etc. De modo que todo ese relleno que no queremos en la señal de televisión, se vuelve doblemente indeseable cuando uno se da cuenta de que, además, el contenido podría estar presentado de otra manera.

Éste es el gran descubrimiento de plataformas como el iTunes Store que distribuye también películas y (para EEUU) capítulos y temporadas de series de televisión, o de Netflix – e incluso de Cuevana: los espectadores no quieren la señal de todo un canal, sino que quieren contenidos específicos. Y están dispuestos, incluso, a pagar por ellos. Finalmente, en muchos casos están pagando ya por señales de televisión por cable que no utilizan por completo. Esa misma inversión podría ser mucho mejor utilizada en una parrilla de contenidos y de programación armada por el propio usuario, en alta definición, de alta calidad, y sin ningún tipo de contenido de relleno que uno no quiera.

La tecnología de distribución disponible hace perfectamente realista que uno solamente pague por los canales, e incluso por los programas, que uno quiere. Las limitaciones en este caso no son técnicas, sino que son limitaciones de modelos de negocio y de marcos legales. En paralelo, los productores empiezan a descubrir también que pueden prescindir de los intermediarios de los que dependían para la distribución de sus contenidos: un productor puede realizar una serie de televisión y distribuirla directamente a través del iTunes Store, de Netflix, o incluso utilizando una herramienta como BitTorrent, y cobrar directamente a sus espectadores por el acceso al contenido. Aunque este modelo aún no ha sido probado del todo, primeros ejercicios interesantes se están dando ya con contenidos serializados directamente para la web o producidos directa y exclusivamente para Netflix.

De modo que, si todo evoluciona bien, pues quizás ya no tendré que seguir soportando microprogramas triviales, o jalando señales inestables de canales de televisión vía web – un modelo que me permita armar mi propia parrilla de programación, con series y señales de canales que me interesan streameados directamente a mis dispositivos, es un modelo por el cual estaría más que dispuesto a dejar de pagar por una señal de cable e invertir el mismo dinero en una opción más interesante.

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Resistir al imperativo tecnológico

Hace unos días, el popular EDLJ me explicaba algunas cosas sobre la ontología de Quentin Meillassoux. Al parecer, Meillassoux propone y cree unas cosas bastante extrañas, unas más interesantes que otras. Pero en la base de su ontología está una relación entre la necesidad y la contingencia que – según me lo explicaron – busca ser una respuesta al problema planteado por Hume respecto a la causalidad. Para Meillassoux, el mundo es completamente contigente, pero su contingencia, precisamente por ser contingente, no quiere decir que sea por lo mismo permanentemente cambiante.

Es decir: pensamos la contingencia como un mundo que está cambiando todo el tiempo, donde nada tiene ninguna permanencia. Pero para Meillassoux, para realmente ser consecuente con la contingencia, la misma contingencia tiene que ser contingente: es decir, si todo es realmente contingente, dentro de esa contingencia podría haber cosas no que fueran necesarias, sino que se mantuvieran estables. O no. No es necesario ni lo uno ni lo otro. ¿Se entiende?

Bueno, esto viene al caso por una observación hoy día mientras iba al trabajo, en el bus. Una chica, con el Blackberry en la mano, se mensajea con sus contactos. Viaja parada, viaja sentada, mensajeándose todo el tiempo. Cuando no se mensajea, se pasea por su lista de contactos, buscando alguien con quien mensajearse. Me trajo a la mente un artículo de Paul Carr, uno de mis tecnófobos favoritos, en el nuevo blog PandoDaily, sobre la irrupción de la tecnología en los juzgados:

Today’s technology allows us to be truly be tried by our peers — all of them. Why not introduce a system of trial by wiki? Let witnesses, the defendant, that defendant’s friends, bloggers, anonymous commenters, children, performing chimps — anyone with access to a keyboard and an opinion — throw all of their thoughts and arguments together in one gigantic collaborative document. Some kind of thumbs up thing will ensure accuracy, obviously. Then open the whole thing up to voting. A majority of guilty votes — the guy swings. We have the technology! Let’s do it!

Alternatively, we could get the hell over ourselves and realise that just because we can do something doesn’t mean we should. It’s called self-control. Someone should build an app for it.

De alguna manera creo que esto corre paralelo al argument ontológico de Meillassoux, aunque suene sumamente extraño. Todo es tan pero tan contingente, que incluso es posible que en esa contingencia algo se mantenga estable. De la misma manera, estamos tan pero tan conectados todo el tiempo, que incluso es posible que no debamos estarlo todo el tiempo. La absoluta tecnologización de la realidad ha significado que infiramos de ella un imperativo conductual de que debemos estarla usando, al máximo, todo el tiempo – en gran medida porque a eso nos empuja la maquinaria de producción industrial y el aparato económico.

Pero que tengamos estas herramientas a nuestra disposición no quiere decir que tengamos que estar usándolas todo el tiempo. Tampoco quiero ir por el lado simplista de decir que nos estamos volviendo “adictos” a nuestros aparatos. Simplemente resaltando que estamos cometiendo un error similar al que Meillassoux quiere evitar con su observación sobre la contingencia: asumimos que tiene que ser una cosa o la otra. O vivir conectados, o retirarnos a una cabaña en la selva negra a encontrarnos con nosotros mismos alejados de la tecnología. No creo que tenga que ser así. De hecho, me parece que justamente tenemos que complicar el panorama para reconocer que no tiene que ser así, mientras observamos como nuestros patrones sociales de conducta se equilibran para permitirle un espacio a todo.

El ejemplo más cotidiano de esto es la irrupción de los celulares durante una comida familiar o con amigos. No quiero decir ni que esté bien ni que esté mal, pues de hecho es un patrón que está variando sobre la marcha. Mi observación es, simplemente, que la presencia misma de una tecnología se convierte en un imperativo para su uso más allá de la pertinencia o relevancia social del mismo. El proceso de responder o resistir a ese imperativo es justamente el proceso traumático de amputarse una extensión, como lo diría el buen McLuhan, luego de que nos hemos visto narcotizados por sus posibilidades.

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Susana Villarán y la conquista del imaginario limeño

Regreso a Buenos Aires luego de pasar un mes en Lima, y aún estoy en el lento proceso de reconexión con la realidad. Lima celebró hace unos días el aniversario 477 de su fundación en medio de una polémica y bizantina discusión sobre su administración: un grupo “independiente” de “ciudadanos preocupados” ha lanzado una iniciativa para conseguir la revocatoria de la actual alcaldesa, Susana Villarán, y de todos los regidores del gobierno municipal.

Muchas cosas de este iniciativa por la revocatoria me son incomprensibles. Para el tipo de discurso que se escucha por estos días en diferentes medios limeños, uno esperaría que Lima se hubiera convertido en un infierno imposible de vivir y tolerar como para haber tal grado de odio y rechazo hacia la alcaldesa, y mi experiencia antes y durante este mes ha sido que eso está lejos de ser verdad. En el PEOR de los casos, creo que uno estaría obligado a decir que Lima está “igual”, y difícilmente eso podría ser justificación para una revocatoria. Por otro lado, es una gestión que apenas tiene un año en el ejercicio de sus funciones, y aunque no creo que eso sea justificación como para no hacer cosas, sí creo que para la magnitud del aparato que debe movilizarse es poco probable que en un año se puedan tener resultados tangibles y demostrables.

Más aún, me es completamente incomprensible la calidad del discurso. No sé cómo, pero la “tía regia” se las ha arreglado para acaparar odios por todas partes, y he leído y oído diversas manifestaciones viscerales en su contra que son horriblemente preocupantes – preocupantes porque, antes que nada, enarbolan una bandera de “me zurro en el voto popular” y de querer sacarla a cualquier costo.

Pero en fin, gente más inteligente e informada que yo ya se ha dedicado al proceso de desmitificación sobre los logros de la gestión Villarán – sobre los montos reales del presupuesto de inversiones ejecutado, sobre las percepciones de los vecinos de La Herradura sobre la obra, sobre “el olón”, sobre el tráfico en el centro de Lima, etc. Así que no quiero detenerme más sobre ello, como tampoco quiero detenerme a echar luz sobre el cargamontón mediático que, me parece, existe claramente, pero no es por sí solo justificación de los resultados de aprobación de su gestión que se han publicado en los últimos días.

Ya es casi un lugar común decir que el problema de la gestión Villarán no es, valga la redundancia, un problema de gestión, sino uno político y mediático, de comunicaciones. Que al adoptar la posición moral de que “la esperanza vencerá al miedo” lo único que hace es someterse innecesariamente a un apanado mediático, además de cerrarse al mismo tiempo la posibilidad de defenderse o incluso de contraatacar. La situación actual me recuerda a la escena en El Padrino cuando Michael Corleone decide reemplazar a Tom Hagen como el consiglieri de los asuntos familiares, diciéndole que “él no era un consiglieri para tiempos de guerra”. Desde mi percepción externa, es un poco lo mismo lo que ocurre con la gestión Villarán: siguen jugando desde la posición moral, platónica, de que el Bien brilla por sí mismo, la esperanza vencerá al miedo y que no tienen necesidad de responder. Y, por lo mismo, los acribillan como a Sonny Corleone en la caseta de peaje.

Desmitificar las acusaciones está perfectamente bien, pero mi principal incomodidad – y lo digo habiendo votado por la actual alcaldesa – es que no hay una contramitificación, una remitificación del trabajo de la Municipalidad. La alcaldía no nos está construyendo un mito del cual participar, una historia de la cual ser parte: no puede ser el bus patrón, no puede ser el Metropolitano, no pueden ser corredores viales. Tiene que ser una gran idea, un eje que lo articule todo y que yo quiera comprar – y sí, algo que quiera comprar para mí, no para todos o para los demás. El slogan de “Lima para todos” es moralmente correcto y políticamente inclusivo, ¿pero cómo es eso Lima para mí? ¿Cómo “chorrea” el crecimiento de Lima para todos hasta mí?

Mi percepción es que lo que más necesita la alcaldesa en este momento es construir un mito, un mito enorme sobre la ciudad de Lima, un mito que inspire a la gente. Una gran idea que capture un creciente orgullo de los limeños por su ciudad y un optimismo hacia las posibilidades que les ofrece en los próximos años. Convertir la imagen de Lima de desordenada, gris e insegura en la expectativa de una ciudad emergente, de oportunidades para sus habitantes, de cosas por hacer. No entiendo cómo es posible que la Municipalidad no esté aprovechando, por ejemplo, el Bicentenenario del 2021 como gran idea eje, o incluso el aniversario 500 de Lima, como excusas perfectas para construir una imagen de la Lima del futuro. El aniversario 500 de Lima está a sólo 23 años, lo cual en términos de grandes obras públicas es relativamente pronto.

Tener un gran mito transformador sirve dos propósitos importantes. Si hablamos de Lima 500, por ejemplo, es una idea que inspira y motiva. ¿Para qué hacemos esto? ¿Para qué nos comemos el desvío del tránsito, las pistas rotas, las ordenanzas? Lima 500. En 23 años queremos hacer que Lima sea la nueva capital de América Latina, el rostro sudamericano hacia el Pacífico y hacia Asia, capital gastronómica mundial, etc. Para eso, estamos poniendo los cimientos hoy día. Y a pesar de ser la construcción de un mito, eso no quiere decir que sea mentira ni que esté desprovisto de contenido: es solamente una ilustración de cómo queremos que se vea nuestro futuro. Por ejemplo, el otro día estaba leyendo el artículo de Wikipedia sobre el Metro de Lima, e incluía el siguiente mapa:

Es un mapa de la red propuesta del Plan Maestro de Transporte Urbano de Lima y Callao, desarrollado en el 2005 y finalmente reemplazado por el mapa de la red básica, que tiene cinco líneas en lugar de las siete de la red propuesta. Todo bien con la dosis de realidad para efectivamente implementar el Metro, y no digo que no debamos ser realistas en la gestión urbana, pero sí quiero decir que la Lima del futuro, la Lima 500, el gran mito fundacional que la Municipalidad necesita hoy día, está lleno de cosas de este tipo: una Lima con siete líneas de Metro, conectadas con el Metropolitano en estaciones articuladas con un sistema electrónico de boletos y rastreo electrónico de los vehículos para que uno sepa cuándo debe salir de su casa para tomar el siguiente bus o tren. Es corredores peatonales en el centro, es reducción del parque automotor con un transporte público en el cual uno viaje tranquilo y no como sardina a un precio razonable, ahorrando tiempo y dinero. Es corredores comerciales en diferentes puntos de la ciudad, planificados con años de anticipación, para que la gente pueda poner negocios, tiendas, restaurantes, distritos temáticos con incentivos para instalar empresas de alto valor. Es formular la idea de una ciudad con 500 años de historia, capaz de mejorar la calidad de vida de 10 millones de personas que viven en ella.

Tener un mito le permitiría a la Municipalidad movilizar, articular, inspirar a la gente y dejar muy clara la idea de para qué se está trabajando, cuál es la meta a la cual se quiere llegar. Y por lo mismo, maquiavélicamente hablando, tener un gran mito fundacional que movilice a la población se vuelve un arma defensiva importantísima: permite exponer, pública y claramente, que la Municipalidad está haciendo *esto*. Por tanto, la revocatoria de la alcaldesa se convierte en el sabotaje del futuro de Lima, se convierte en estar en contra de una imagen de la cual la gente quiere participar. Si “Lima 500″ o “Lima 2021″ ofrecieran el plan maestro de hacia dónde va la ciudad, la revocatoria significaría estar en contra de un plan de esta envergadura. Si la población estuviera movilizada bajo una gran idea de este tipo, no sólo sería más fácil hacer las cosas, sino que sería más fácil también defenderse de los ataques.

Sí, mis razones para pensar en algo así son completamente maquiavélicas, y es el uso de la estrategia como táctica. Pero, por un lado, no veo muchas alternativas para que la Municipalidad se defienda efectivamente con los recursos disponibles, y por otro lado, veo mucho valor de realmente tener un plan y un mito de este tipo. Tal como están las cosas, la gestión Villarán necesita ganarse de un considerable capital político y mediático para siquiera poder operar efectivamente. Ese capital político y mediático puede ser conquistado a través de la conquista del imaginario público y la construcción de un futuro deseable para los limeños.

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Necesitamos complicarnos

Quizás sea el cambio de año el que motiva metaideas. No está de más, nunca, creo.

Acabo de caer en cuenta de que me gustan los autores que complican los fenómenos que me interesan. No que sean complicados, que es otra cosa: no me parece particularmente valioso que un autor se enrede y se pierda en sus propias ideas, ni siento ningún tipo de particular afición por autores que tienen entre sus puntos de interés el hecho de ser complicados de leer, estudiar o investigar.

Lo que me parece valioso es cuando un autor consigue echar luz sobre la complejidad que subyace a un fenómeno, y a la cual no le hemos prestado suficiente o ninguna atención. Justamente, es aquello que más me llama la atención sobre un autor como Marshall McLuhan, quizás el autor que más he trabajado, en la manera como busca expresar que nuestro uso de los medios es mucho más complejo de lo que hemos pensado tradicionalmente.

Tenemos, comprensiblemente, una tendencia hacia la simplificación: hacia la domesticación de fenómenos sumamente complejos a través del uso de categorías más simples que nos permiten explicar y predecir. Consideramos esto como un triunfo y valoramos la elegancia explicativa, la capacidad de poder explicar una multiplicidad de experiencias complejas utilizando una cantidad logarítmicamente menor de términos, conceptos y objetos. Y estoy totalmente de acuerdo con eso.

Pero también pienso que hay momentos, periodos, transiciones, en las cuales esta misma pretensión se vuelve peligrosa. Que es justamente el proceso por el cual estamos pasando ahora: cuando tratamos de leer nuevas tecnologías desde el punto de vista de las viejas, cuando nos apresuramos a formular explicaciones y descripciones para entender mejor las múltiples maneras como nuestra cultura está cambiando, muchas veces no nos detenemos a pensar que es quizás el impulso equivocado. No contamos aún con las categorías, con las palabras para describir una serie de cosas, y en el intento de hablar de ellas no podemos sino utilizar el vocabulario que efectivamente manejamos. Si te agrego como “amigo” en Facebook es probable que no seas mi amigo realmente, y ninguno de los dos lo piense así, pero simplemente no tenemos el espacio conceptual para describir esa relación. Un iPad o una tableta llena el espacio intermedio entre una laptop y un smartphone en términos de funcionalidad y movilidad, pero ese espacio no tiene realmente nombre: es simplemente “el espacio entre una laptop y un smartphone”. Sabemos que existe porque lo podemos experimentar, pero no sabemos cómo utilizarlo o cuál es su gramática.

Y está bien. Es, justamente, la experiencia de lenguajes en formación lo que estamos observando, y por lo mismo no deberíamos rehuirle a la complejidad. Debemos, más bien, explorarla para buscar nuevas categorías, nuevos usos. El peligro de no hacerlo es inmediatamente palpable: el polémico proyecto de ley SOPA en el congreso estadounidense es una de las maneras en las cuales el pasado está secuestrando el futuro. Hace unos minutos escuchaba a Eduardo Villanueva hablando sobre SOPA en el programa de Patricia del Río en ATV+, señalando que justamente en lugar de estar buscando las maneras legales de limitar las maneras que ahora tenemos para comunicarnos y expresarnos, deberíamos estar fomentando nuevos usos y apropiaciones creativas de las tecnologías que están generando mecanismos innovadores de expresión. SOPA es un mecanismo para que las industrias existentes del contenido y el entretenimiento (radio, discográficas, estudios de cine, canales de televisión) limiten la aparición de futuras opciones y posibilidades. Es una excelente manera de hipotecar el futuro para darle la plata a un conjunto de industrias que de por sí están cada vez volviéndose más obsoletas. Y es el tipo de razonamiento propio de una sobresimplificación del problema, y de suponer que el futuro tendrá que ser naturalmente una extensión o recreación del presente y el pasado. Claramente no es así, y necesitamos lecturas, perpectivas, discursos y proyectos que recojan más bien la complejidad de lo que está pasando de maneras navegables y no busquen reducirla a una simplicidad que por ahora es, más bien, engañosa.

Al menos por el momento, y por un buen rato más, tenemos que estar dispuestos a complicarnos la vida para poder entender mejor lo que ocurre y todo lo que podemos hacer con eso.

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Pensar

Me gusta la filosofía porque permite pensar sobre las cosas originalmente. No creo que sea un rasgo exclusivo de la filosofía – de hecho, creo que uno puede hacerlo desde cualquier disciplina o desde ninguna – pero sí creo que es uno de sus rasgos característicos.

Pero nunca he prestado demasiada atención a aquello sobre lo que se piensa o la manera en la que se lo hace – es decir, la pregunta por el objeto o el método de la filosofía. En ello entro en conflicto con muchas personas que sí piensan que hay problemas propiamente filosóficos, usualmente problemas particularmente profundos o existenciales – ¿Qué es? ¿Qué es “ser”? ¿Por qué hay algo y no más bien nada? – o que hay una manera filosófica de pensar las cosas que se distingue de las demás. Por lo mismo, el tipo de lecturas o reflexions que hago suelen ser descartadas por muchas personas simplemente como no-filosóficas, cuando a mi juicio deberían ser más bien vistas como no-académicas, en todo caso.

Me parece más interesante explorar fragmentos de lo que ocurre en cualquier momento dado, intentar explorar el contexto de esos fragmentos y por qué las cosas se dan como se dan. Por lo mismo, creo que uno puede hacer lecturas básicamente sobre cualquier cosa: libros de filosofía, líneas de combi, series de televisión, videojuegos, recetas de cocina. Algunos escogen llamar este tipo de amplitud como “estudios culturales”, pero yo no considero que lo que me gusta hacer sea estudios culturales. Simplemente me gusta pensar sobre las cosas de maneras originales.

Alguna vez descubrí la existencia de un libro de Hans Vaihinger titulado “Philosophie des Als Ob”, que se traduciría a algo así como “filosofía del como-si”. Nunca pude leerlo porque nunca encontré una traducción al español (ni siquiera encontré una al inglés), pero la sola idea me pareció interesante. Por esa época recuerdo haber escrito un paper sobre la idea de “sistema” en Kant, como la de una formulación hipotética (un como-si) que sirve provisionalmente como eje articulador de un conjunto de proposiciones/creencias. Y recuerdo también haber escrito otro paper en una línea similar, respecto al pequeño objeto-a lacaniano como ese mismo eje articulador, ese mismo como-si cuya contenido específico es en gran medida irrelevante, pero su presencia y su función son fundamentales para el funcionamiento articulado de las proposiciones y creencias que vincula. Algo así como: no importa que el mundo no tenga sentido, lo que importa es que tengamos una idea del sentido del mundo para que retroactivamente esa idea se vuelva, performativamente, en el sentido del mundo. Algo así.

Lo que me gusta hacer, entonces, es formular estos como-si con la esperanza de que, al hacerlo, se encuentren posibilidades interesantes cuando los asumimos como ejes articuladores. ¿Qué pasa si pensamos en Lost como una tratado moderno sobre la naturaleza humana? ¿Qué descubrimos si pensamos que las pasajeros están al servicio del transporte público y no al revés? ¿Qué tendría que ocurrir para que el Perú se convirtiera en una potencia tecnológica global? De estos ejercicios derivamos una series de conclusiones potencialmente interesantes, pero sobre todo, ejercitamos nuestra capacidad para pensar y formular este tipo de escenarios y, quizás, diseñarlos e implementarlos.

Si alguna vez han tenido oportunidad de verme dar una presentación, quizás noten aquí la motivación que me guía en esos casos. Hace tiempo dejé de hacer presentaciones estrictamente académicas – por ejemplo, la lectura de un paper en vivo – porque, personalmente, no me parecía que servía a los propósitos que me interesaban más. En el tiempo sumamente limitado que puede tener una presentación (15-20 minutos muchas veces) es realmente poco probable que pueda conseguir que la audiencia no sólo se compenetre con las ideas de un trabajo, sino además con las referencias, las conexiones, y el trabajo de investigación detrás. Así que lo que más me interesa es convertir una presentación en una ocasión para pensar, que no me parece lo mismo que hacer participar a los demás del “hecho de que he pensado algo”. Un poco socráticamente, quizás, lo que más me interesa en una presentación es despertar una preocupación en la audiencia, llevar al espectador a un punto de “no había pensado en eso antes”, mostrarle un como-si nuevo, una conexión inesperada. Nada más. En 20 minutos, creo que el mejor desenlace posible es simplemente despertarle a alguien la curiosidad suficiente como para poder saber más sobre el tema y que pueda abrirse una conversación posterior – en el blog, vía e-mail, en las preguntas y respuestas o más tarde en persona. Una presentación es una invitación a compartir una preocupación y a pensar conjuntamente en un problema.

Hasta cierto punto lo mismo puedo decir de las veces que he dictado cursos. La transmisión misma de información es secundaria en un contexto en el que la información es un commodity, fácil de conseguir y circular. Lo difícil es hacer algo con esa información, pensarla y vincularla con problemas existentes, y convertir eso en posibles soluciones. Eso es muchísimo más interesante. Cuando dicto un curso, lo que más me interesa es cuestionar los supuestos con los que un alumno llega al curso, que suelen ser mucho y muy poco explorados. Es muy posible que el alumno salga del curso con los mismos supuestos, pero con una conciencia mucho más elaborada sobre el hecho de que los tiene y por qué los tiene, qué implican, y qué alternativas está dejando de lado. Básicamente, pensar, y desarrollar la capacidad y ejercitar el hábito de pensar continuamente, de “ver más allá de lo evidente”.

Heidegger tiene este texto conocido sobre “El fin de la filosofía y la tarea del pensar“. No, no es que Heidegger venga particularmente al caso, pero esta es mi propia pequeña versión de la tarea del pensar, aunque nunca como una “tarea” u obligación. Quien haya seguido este blog con mediana frecuencia sabrá que no le adscribo ningún lugar privilegiado a la filosofía, ni ningún tipo de superpoder por encima de otras disciplinas (razón por la cual, también, entro en conflicto con mucha gente). Para mí, es simplemente una manera original de entender problemas a nuestro alrededor, que no necesariamente tienen que ser increíblemente fundamentales como el sentido del ser o el significado del tiempo, ni tampoco quiere eso decir que en lo cotidiano no se pueda llegar a ese grado de profundidad. Lo interesante está, me parece, en mantener abierta la puerta para poder pasearse entre objetos, métodos, problemas, perspectivas, desentrañando conexiones no anticipadas. Ese recorrido es lo que más me llama la atención, y en el que estuve pensando un poco en estos días particularmente relajados.

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La línea de Conga y el “país minero”

Ayer el presidente Humala dio una conferencia de prensa (en video aquí y aquí, cortesía de @gerardolipe) sobre el futuro del proyecto minero Conga en Cajamarca, que ha venido generando protestas en la ciudad de Cajamarca y un conflicto abierto entre las autoridades del gobierno regional y el gobierno central. Una buena nota resumiendo el conflicto en La Mula resume los temas contenciosos en tres puntos: el potential conflicto ecológico en torno a las cabeceras de cuenca y las fuentes de agua; los cuestionamientos que se han hecho en torno el Estudio de Impacto Ambiental que aprobó el inicio de operaciones del proyecto; y el “precedente” que podría representar Conga para otros proyectos mineros de gran envergadura que se tienen planeados en la misma zona.

Por la noche, el programa de Rosa María Palacios, Tribuna Abierta, tuvo una entrevista con Cecilia Blume. No es alguien con quien yo suela estar plenamente de acuerdo, y ella no suele estar de acuerdo con Humala, pero la vida está llena de sorpresas. Lo que me llamó la atención, entre otras cosas, fue su elaboración sobre la autodefinición del Perú como “país minero”, haciendo alusión a que esto nos genera cierto conflicto. No nos aceptamos plenamente como lo que efectivamente, en este momento, somos, que es un país minero: no porque hayamos querido serlo, simplemente porque la plata que entra en este momento, entra principalmente por la minería, y de eso se está moviendo todo. Conga es la constatación de eso: por mucho que queramos otra cosa, en este momento no tenemos otra fuente para compensar los $4200 a $4800 millones que el proyecto traería, y no tendremos alternativas viables en mucho tiempo. Ésta es la preocupación del tercer punto resaltado por La Mula: Conga no es solamente preocupante por los efectos de Conga mismo, sino porque es cabeza de playa para una serie de proyectos gigantescos. Si aceptáramos de plano, “somos un país minero”, no tendríamos mayor conflicto al respecto.

Ahora, no me malentiendan. No estoy diciendo que tengamos que definirnos como tal. Estoy diciendo, simplemente, que en este momento no tenemos opción. Y que tampoco estamos haciendo mucho por generar una opción. Ser un “país minero” no me parece una opción deseable porque nos pone en el extremo menos interesante de la cadena de valor: sacamos el metal y se lo mandamos a alguien más para que haga algo interesante con él. Además, es una posición cuyo valor es estrictamente coyuntural, y en este caso contingente a los precios elevados que tienen los commodities en el mercado internacional. En ese sentido, coincido con Blume en que la minería es algo que ocurre aquí y ahora, luego pasa el boom y la oportunidad de explotar estos recursos simplemente desapareció. ¿Cortoplacista? Sí, un poco, pero también la capitalización de una oportunidad (si vemos, por ejemplo, los beneficios que ya se están generando localmente por la operación del proyecto). El problema, me parece, es que aunque sabemos que queremos salir de la posición coyunturalmente valiosa pero perjudicial a largo plazo de “país minero”, no sólo no estamos generando la posición alternativa, sino que ni siquiera sabemos bien cuál queremos que sea esa posición.

Si estamos, de alguna manera, explotando los beneficios de una posición insostenible a largo plazo que nos genera recursos en este momento, ¿cómo estamos utilizando esos recursos para generar otras industrias o potenciar otros sector, más ecológica y socialmente sostenibles a largo plazo, que generen mayor valor agregado y además diversifiquen nuestra matriz económica? Si mañana se caen los commodities, se cae todo, porque nuestro riesgo no está amortizado a través de una serie de sectores productivos.

Ahora, es tentador pensar que, sí, podemos pasar al siguiente estadio de complejidad y empezar a potenciar una industria ligera y pesada de carácter nacional que nos empiece a posicionar mejor en la cadena de valor. Pero esta idea tentadora es engañosa. Sería el equivalente de decir que ahora tenemos plata para estar a la vanguardia del mercado de 1840, o de 1950 en el mejor de los casos. No es realmente una solución, es, cuando mucho, subir un par de peldaños en el escalafón de la complejidad productiva. Además, para posicionarnos en competencia abierta con países del sudeste asiático cuya capacidad productiva ya existe, ya está desarrollada, y cuyo costo de mano de obra es infinitamente menor al nuestro. Es lo que se ha llamado un “race to the bottom“, una competencia por quien puede tirarse más al piso para atraer el capital industrial y producir al menor costo posible. No sólo no creo que podamos ganar una carrera de este tipo con países como China, sino que ni siquiera me interesa competir.

La pregunta, entonces, no me parece que sea si queremos ser un país minero. Creo que indudablemente lo somos, y que indudablemente cualquiera en su sano juicio no querría que lo seamos. La pregunta importante es por qué país queremos ser cuando ya no podamos ser un país minero, algo que ocurrirá quizás en el futuro cercano (o porque se acaban los minerales que explotar, o porque se acaba el boom de precios que justifica explotarlos). ¿Dónde estamos acomodando nuestras fichas para los próximos 20, 30, 50 años? ¿Qué nuevos sectores competitivos, innovadores e interesantes estamos potenciando y posibilitando? ¿Qué necesitamos para inaugurar estos nuevos sectores, y por qué no estamos aprovechando los recursos que tenemos hoy para establecer nuestra propia cabeza de playa en ellos?

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Más allá del fetichismo de la mercancía

Una columna de la revista Fortune sobre Occupy Wall Street señala:

Our current capital markets are structured around a dangerous lie — that the sole function of the corporation is to return value to shareholders. Under this construct, every action undertaken by Wall Street traders, mortgage brokers and the rest make perfect sense and are morally unambiguous. It was their job to sell as much as they could, to grab as much value as possible, in order to return that value to shareholders. So long as shareholder-value-maximization remains our governing principle, no change in regulations will change the fundamental behavior. Executives are simply acting according to their incentives.

Lo que me hizo pensar:

1. El capitalismo tardío es nuestra época más metafísica. Como señalé en “La ética hacker y el espíritu del post-capitalismo“, es la radicalización del fetichismo de la mercancía del que hablaba Marx en El capital: Marx señalaba que más que su uso, los objetos pasaban a tener importancia por su valor de cambio. Las cosas tenían significado porque permiten conseguir otras cosas. Pero en la era del capitalismo financiero, ya ni siquiera las cosas importan. El capital sirve para apalancar capital, para moverse a sí mismo. Ya ni siquiera es necesario que remita a objetos efectivamente existentes. Es el fetichismo del fetichismo.

2. En la misma línea vale la pena pensar en términos object-oriented onthology y considerar las relaciones entre capital, corporaciones, consumidores, empleados e inversionistas. Se supone que la corporación está al servicio de sus inversionistas. Pero claramente no lo está: el cortoplacismo propio de managers cuyo único propósito es inflar el valor de las acciones (para incrementar sus propias utilidades) en lugar de crear estructuras rentables y sostenibles a largo plazo es evidencia de esto. Aquí también el capital sirve al capital, ni siquiera a sus propios inversionistas. La corporación, como objeto-sistema, cobra una cierta autonomía para vincularse con otros objetos-sistema y retroalimentar su propia existencia como objetos-sistema. La corporación existe para que la corporación exista, no como predicado de sus inversionistas sino como su sujeto (al puro purito estilo de Feuerbach).

3. Hace poco leí un librazo, The Intelligent Investor de Benjamin Graham. Un clásico del ámbito de las finanzas y la inversión. Graham construye toda su metodología de inversiones (“value investing”) sobre una idea básica contraria a lo que se suele creer: él parte, más bien, de asumir que el mercado es fundamentalmente irracional, y no de que es una reunión de compradores y vendedores racionales e informados, donde los precios reflejan la mejor información posible. Graham está en la misma línea que el artículo de Fortune y, por extensión, de Occupy Wall Street, bajo cierta interpretación: cuando las inversiones se han puramente como especulaciones sobre el movimiento del precio de una acción a corto plazo, se incrementa el riesgo y se genera un daño a la economía. El inversionista debe más bien, según Graham, pensar a largo plazo e involucrarse e interesarse por la gestión de la compañía: debe apuntar a generar valor y amplificar el crecimiento real de una empresa, no sólo su valor nominal. La estrategia le sirvió muy bien al propio Graham como inversionista, y también a quien es su discípulo más reconocido, Warren Buffet.

4. Vale la pena apuntar al tema estructural que podría decirse “subyace” a la crisis económica global del momento y que alimenta la frustración del movimiento de OWS. No se trata, me parece, simplemente de un frenazo en la demanda y el consecuente encogimiento de la economía, sino más bien un reacomodo sustancial de las piezas económicas y fuerzas productivas. En esto estoy totalmente influenciado por Race Against the Machine, el libro de Eric Brynjolfsson y Andrew McAfee que salió hace poco. Brynjolfsson y McAfee observan que el cambio tecnológico de las últimas décadas está generando transformaciones sustanciales en nuestra matriz productiva que obligan a un desplazamiento de la fuerza laboral. No se trata, entonces, de reactivas el aparato industrial que alimentaba nuestra economía conocida, sino de redireccionar a la fuerza laboral para un conjunto de nuevas estructuras. Lo que require, por supuesto, que pensemos en nuevos tipos de organizaciones y en nuevas maneras de capacitar a la fuerza de trabajo para un nuevo conjunto de desafíos.

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Carrera contra las máquinas

La semana pasada leí uno de los mejores libros que he leído últimamente: Race Against the Machine, de Eric Brynjolfsson y Andrew McAfee. Uno de esos libros que no se pueden NO terminar en una sola leída, y donde te encuentras resaltando prácticamente todos los pasajes del libro.

El libro es interesantísimo porque está escrito desde una perspectiva tecno-optimista, es decir que parte de la idea de que la tecnología está mejorando nuestras condiciones de vida. Pero los autores, haciendo un muy buen análisis económico, encuentran información contradictoria que más bien apunta a la creciente realidad de que está ocurriendo precisamente lo contrario: la automatización ofrecida por la introducción de nuevas tecnologías de la información está agravando los problemas de desempleo y subempleo a nivel global a medida que más y más actividades productivas pueden verse reemplazadas por nuevas tecnologías. De esta observación desprenden el que creo es el argumento más interesante del libro: aunque hay buenas razones para creer que la tecnología mejora nuestras condiciones materiales y expande nuestras oportunidades, no hay ninguna ley que diga que esta relación positiva es estrictamente necesaria.

At least since the followers of Ned Ludd smashed mechanized looms in 1811, workers have worried about automation destroying jobs. Economists have reassured them that new jobs would be created even as old ones were eliminated. For over 200 years, the economists were right. (…) However, this empirical fact conceals a dirty secret. There is no economic law that says that everyone, or even most people, automatically benefit from technological progress.

De esta idea general desprenden una serie de conclusiones en múltiples niveles. La línea general es que, a pesar de que la introducción de nuevas tecnologías incrementa el nivel de productividad en general de una economía, esto no necesariamente quiere decir que, por lo mismo, incremente el número de empleos disponibles. De hecho, probablemente sea lo contrario. Con lo cual la economía, en conjunto, crece, pero no todos los participantes de esa economía se benefician por igual (o en absoluto).

The threat of technological unemployment is real. To understand this threat, we’ll define three overlapping sets of winners and losers that technical change creates: (1) high-skilled vs. low-skilled workers, (2) superstars vs. everyone else, and (3) capital vs. labor.

El resultado es que aunque las condiciones de vida de un subconjunto de la población mundial mejoran enormemente, las de la gran mayoría se mantienen iguales e incluso empeoran – algo que ilustran con la casi nula variabilidad en la mediana del ingreso familiar en los últimos años en EEUU. La clase media termina siendo progresivamente desplazada por el abaratamiento de costos generado por las nuevas tecnologías de la información, que incrementa la productividad pero deja a un buen número de trabajadores obsoletos.

Digital technologies change rapidly, but organizations and skills aren’t keeping pace. As a result, millions of people are being left behind. Their incomes and jobs are being destroyed, leaving them worse off in absolute purchasing power than before the digital revolution.

Y aún a pesar de esto, el libro consigue ser principalmente optimista. Los autores buscan reformular el discurso en torno a la actual crisis económica global no como una recesión o un estancamiento del cual nos recuperaremos regresando a hacer las mismas cosas que hacíamos antes. Esto lo consideran como la forma equivocada de ver el problema. Estaríamos, más bien, frente a una gran reestructuración de las economías y la capacidad productiva de nuestras sociedades. La misma tecnología que está descomponiendo la vieja tecnología industrial está, al mismo tiempo, abriendo oportunidades para la aparición de nuevas actividades productivas que no se han empezado a aprovechar y que podrían iluminar el camino de salida de esta gran reestructuración.

Sobre todo, estas nuevas tecnologías están abriendo un enorme espacio en el ámbito de las innovaciones en los diseño organizacionales, permitiendo que se formen estructuras operativas mucho más ligeras y dinámicas y a costos infinitamente más reducidos. Esto, en esencia, se convierte en un gigantesco laboratorio de innovación en paralelo en múltiples frentes desde el cual empiezan a surgir las actividades, los productos y los servicios de la siguiente economía, que no son los mismos de la economía que conocemos.

As technology makes it possible for more people to start enterprises on a national or even global scale, more people will be in the position to earn superstar compensation. While winner-take-all economics can lead to vastly disproportionate rewards to the top performer in each market, the key is that there is no automatic ceiling to the number of different markets that can be created.

En esta nota el libro elabora una serie de sugerencias en términos de políticas públicas e incentivos que podrían ayudar a facilitar esta transición, en lugar de dificultarla. Esto principalmente porque, frente a la actual crisis financiera global, la respuesta en general está orientada a la reactivación de la economía en función a las categorías conocidas. Hay que reactivar el aparato productivo industrial a como dé lugar, parecería ser la consigna, y no hay mucho espacio para introducir, más bien, la consideración de que el aparato así concebido está ya obsoleto. La apuesta tiene que ir más bien por un proceso de innovación abierta, rápida e iterativa que inaugure nuevos mercados y posibilidades.

(Hay aquí algo que me gustaría elaborar a partir de mis observaciones en Argentina, pero que dejaré para procesar después: en este mismo contexto, Argentina está haciendo una apuesta fuerte, justamente, por ensamblar un aparato tecnológico-industrial del corte de la industria pesada, principalmente. A través de un control cercano de los intercambios comerciales con el extranjero e incentivando a la instalación de capacidad productiva industrial local, la idea es que se genere un sector local que satisfaga al mercado interno, se vuelva productivo y empiece a exportar al extranjero. Pero el mismo problema que RATM encuentra para la economía estadounidense se aplicaría para este modelo: la viabilidad a largo plazo de este modelo no es fuertemente puesta en consideración y, de hecho, en el caso argentino existen una serie de barreras institucionales a la innovación organizacional que bien podrían impedirle la transición a través de la Gran Reestructuración. Pero eso prefiero dejarlo para comentarlo luego más en detalle.)

En todo este recorrido, la educación, por supuesto, tiene un papel fundamental y, a juicio del libro, una función social que en la actualidad no se está satisfaciendo – lo cual ven, a su vez, como una oportunidad también para que nuevos innovadores entren a transformar el sector por completo. Pero alternativas educativas se vuelven una necesidad estructural para re-acondicionar al aparato productivo para una nueva forma de trabajo y producción, precisamente allí donde el sistema educativo de la era industrial ha pasado también a volverse prácticamente obsoleto.

Con todo, el libro en verdad es una fascinante lectura de las múltiples y contradictorias realidades económicas del cambio tecnológico. La tecnología no nos hace automáticamente más libres a medida que nos hace más productivos, pero tampoco es cierto, como señalan los autores, que estemos simplemente presenciando cómo somos progresivamente reemplazados por máquinas cada vez más eficientes. Se trata, más bien, de plantear el problema de la gran reestructuración en toda su complejidad para verla más allá de la oposición entre humanos y máquinas, sino más bien para buscar los complementos a partir de los cuales surgen nuevas oportunidades para la actividad humana, en lugar de buscar introducir obstáculos artificiales para poder mantener los aparatos y las instituciones que conocemos. El libro además ubica muy bien toda esta discusión en el marco de las discusiones actuales sobre generación de empleos y reformas económicas y financieras necesarias frente a la crisis financiera internacional, y para poder introducirse rápida y efectivamente en la discusión ha sido publicado como e-book. Esto ha hecho posible su rápida difusión y distribución y ampliado el alcance de las ideas en el libro, algo que los autores declaran como su intención explícita al publicar el libro por medios electrónicos en lugar de medios tradicionales.

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Cómo uso Google Reader

La actividad a la que dedico más tiempo cada día es probablemente consumir y digerir información. Todo el maldito día. Y la herramienta más importante que utilizo para eso es Google Reader, un servicio poco conocido de Google que permite suscribirse a las actualizaciones de sitios web y blogs y leerlas todas desde una sola interfase, pudiendo marcar y compartir las más interesantes.

Google Reader está abierto en mi navegador todo el día, y en cualquier momento libre que tengo (y en varios no tan libres) salto a la pestaña y leo más noticias de alguna fuente. A través de Google Reader estoy suscrito a 445 fuentes de información, y desde octubre del 2005 he leído más de 97 mil artículos, noticias o actualizaciones de algún tipo.

Este video explica qué es Google Reader y cómo se utiliza:

Se me ocurrió compartir algunas notas sobre cómo utilizo el Google Reader:

  • Suscribo primero, hago preguntas después. Si encuentro una fuente potencialmente interesante, prefiero suscribirme y probarla durante en tiempo en lugar de leerla en detalle primero. Si luego de un tiempo encuentro que las actualizaciones no me llaman la atención o no las leo, me desuscribo. Pero casi todas las fuentes – a menos que sean claramente malas – reciben el beneficio de la duda.
  • Alterno entre Star, Like, y Share. Por alguna razón GReader tiene tres maneras de destacar contenido: marcarlo con una estrella (Star) para agregarlo a una lista, indicarlo como “me gusta” (Like) como en Facebook, y marcarlo para compartir (Share) que lo publicar a otros usuarios de GReader suscritos a mi fuente. La distinción no tiene mucho sentido para mí. Casi todo lo que marco con una estrella para poder encontrar después lo comparto, y casi nunca uso el like pues no me parece que sirva para mucho.
  • Es cierto, no lo leo todo. De hecho, ni siquiera leo todos los titulares. Paso por encima de los títulos en cualquier fuente, me detengo un poco más en lo que llama mi atención, y todo lo demás lo marco como leído. Incluso lo que leo no lo leo siempre en detalle.
  • Sigo a casi todos los que me siguen. Pero nunca me he molestado en buscar gente para seguir, ni presto mucha atención a lo que comparte la gente que sigo (lo siento). De vez en cuando encuentro cosas interesantes allí, pero de por sí tengo tantas cosas por leer que no me da tiempo para leer lo que leen los demás.
  • Un pequeño grupo de fuentes concentra toda mi actividad de lectura. Según el propio GReader, las fuentes que leo con más frecuencia son:
  • Integro GReader con otras cosas. Utilizo Reeder y Flipboard para leer mi contenido del GReader en dispositivos móviles. Y cuando un artículo es muy bueno, lo envío directamente desde GReader a Twitter.
  • No intento ni por asomo leerlo todo. Leo todo lo que puedo, pero sobre todo me sirve para tener una imagen panorámica de todo lo que está pasando a través de mis fuentes. Además, encuentro que no me sirve para lectura profunda – me cuesta mucho leer ensayos y artículos largos en el GReader, así que normalmente tengo que marcar el enlace para poder leerlo luego.

Parece que pronto habrán algunos cambios en el diseño del GReader, incluyendo la eliminación de algunas de sus opciones sociales. Como señala la reseña de TechCrunch, somos muy pocos los que notaremos la diferencia. Nunca me puse a pensar mucho en cómo son los patrones de uso de otras personas del GReader (que es una herramientas bastante solipsista) hasta que leí esto, así que se me ocurrió compartir mis propias costumbres.

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El Institut

Uno de mis proyectos más grandes se llama “el Institut”, un proyecto a muy largo plazo y que ha pasado por una serie de iteraciones en mi cabeza.

El Institut es un “Instituto para la Investigación Social” inspirado en espíritu por el Institut für Sozialforschung de los años 20s y 30s en Frankfurt – también conocido como la “Escuela de Frankfurt”. El Instituto de Frankfurt ha servido de inspiración para este proyecto tanto como modelo institucional y por su historia operativa, pero este Institut se distingue del de Frankfurt en varios sentidos.

Mi idea es crear un nuevo tipo de institución, uno que permita reunir a grandes investigadores de una variedad de campos y les brinde un espacio donde puedan trabajar tranquilamente con total acceso a recursos. Pero también apunta a ser un modelo organizacional innovador, donde se pueda generar un laboratorio/instituto de investigación de todo tipo, pero que además pueda generar un aparato de sostenibilidad/rentabilidad que garantice su operación, la aplicación de las ideas que genere en el mundo real y el crecimiento y la expansión de la misma institución.

El Institut pretende ser un modelo completamente nuevo de organización de conocimiento, una que se construye sobre la idea de interdisciplinariedad y de investigación teórica y aplicada. Parte de la idea de que si se junta una diversidad de disciplinas, caracteres, temas e intereses, se puede generar una cantidad impresionante de ideas cuyo valor es sumamente alto, y que ese mismo valor puede ser puesto en práctica y utilizado para generar los recursos que retroalimenten la estructura.

El resultado es un centro de investigación de altísima calidad, enfocado en temas de particular relevancia para el país y para la región. Debería poder generarse un espacio y una infraestructura que pueda posicionarse como líder a nivel global en el estudio de una serie de temas. Es ridículo que los mejores centros de estudios e investigación, por ejemplo, sobre estudios latinoamericanos, estén fuera de América Latina. Estamos dejando de aprovechar una enorme cantidad de recursos, oportunidades y posibilidades de vincular estos estudios de alto nivel con la proximidad y conexión directa con las experiencias que se estudian y las ideas que se desarrollan.

El modelo contempla, entonces, una serie de capas. Una primera capa es el aparato de investigación interdisciplinario y colaborativo, que apunta a posicionarse como líder global en sus temas y además empezar a atraer y convocar a los mejores especialistas a nivel mundial para que realicen sus exploraciones aquí, en el mismo Institut. Una segunda capa es el laboratorio de investigación aplicada, que toma los insumos que produce la primera capa y los convierte en ideas aplicables, en proyectos y en modelos experimentales que puedan luego pilotearse, evaluarse y refinarse. Una tercera capa es el aparato de implementación, que toma los experimentos exitosos de la segunda capa y los convierte en productos, procesos y servicios puestos en operación, cuyo funcionamiento genere además los recursos para la sostenibilidad de todo el modelo. De esta manera el Institut funciona como un modelo de punto a punto, que genera ideas, diseña iniciativas, las implementa y las mantiene en operación, integrando diseño, desarrollo, financiamiento de riesgo, investigación, evaluación, etc.

Cuando exista, el Institut va a ser una gran cosa, una institución ejemplar en el país y en toda la región, y un referente a nivel global. Producirá ideas, tecnologías, estudios, proyectos, políticas, organizaciones, redes, etc. Pero será un modelo que tomará muchos, muchos años en implementar, desde las primeras concepciones en el presente, pasando por una larga etapa de lanzamiento y reclutamiento (quizás como organización virtual, al principio) del talento joven intelectual y emprendedor de Perú y América Latina, hasta empezar a cristalizarse en algo tangible y operativo. Es algo así como mi propio emprendimiento intelectual, fuertemente influenciado por modelos como el de la escuela Xavier, incubadoras de negocios, centros de investigación y fondos de inversión de riesgo. Es un poco de todo, sin que por eso pierda su identidad propia o no tenga un sentido articulado. Pero es lo que en mi cabeza funciona como el tipo de institución del futuro que está a nuestra disposición ahora, y que como país tenemos particular interés en desarrollar.

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